Editorial
La nueva etapa
Por Gonzalo Arias
Al gobierno de Milei se le abrió una etapa de fortaleza política pero de fragilidad económica.


El gobierno de Milei comienza formalmente a ingresar en una nueva etapa, signada por el fuerte respaldo electoral, un liderazgo reforzado, y un volumen parlamentario que le permite avizorar un horizonte bastante despejado para avanzar con su agenda de reformas en el renovado Congreso de la Nación.

Más aún en un escenario sin grandes obstáculos desde lo político, tanto en el frente interno como externo. En el interno, un Milei que luce más ordenado políticamente, con su empoderada hermana al mando del dispositivo de poder, con una interna - por ahora- aplacada, y con una representación parlamentaria mayor que la esperada (140% de crecimiento en Diputados y 237% en Senado), y que contrasta con la profunda crisis y fragmentación del peronismo. En el externo, un gobierno que, fruto de la confluencia entre urgencias propias y necesidades geopolíticas de un Trump que parece buscar revitalizar una nueva versión de la Doctrina Monroe, goza de un apoyo estadounidense con pocos precedentes en la historia. En definitiva, hay un contexto único, casi inédito, que parece altamente favorable para los objetivos libertarios.

Lo cierto es que un Milei que parece ser consciente de que ante la inédita segunda oportunidad tras coquetear durante meses con el abismo, gracias en gran medida al oxígeno financiero y cambiario de los Estados Unidos que llegó en los momentos más críticos, no puede dilapidar las chances para impulsar su agenda de reformas, se apresta a comenzar a desandar ese camino en el Congreso con dos iniciativas que marcarán el pulso de esta nueva etapa: el Presupuesto y la reforma laboral.

Está claro que el gobierno aún debe convencer sobre la sustentabilidad de su proyecto y proyectar confianza hacia los mercados. Sin perjuicio de la habitual jactancia y excesos triunfalistas con la que suele defender su "plan" económico, no fueron pocas las alarmas que se encendieron en las principales terminales del establishment financiero internacional, tanto respecto a la falta de acumulación de reservas (aún más bajas que cuando asumió) como la política cambiaria. Mientras Caputo, festejado por Milei, sigue insistiendo en que no hay atraso cambiario y celebra el retorno al mercado de capitales (aunque con un bono local), tanto el FMI como la OCDE, y bancos como Barclays o JP Morgan, muestran cautela frente a decisiones que evidencian que la economía argentina no está en absoluto a salvo de los riesgos de una nueva volatilidad.

Sin embargo, más allá de las discusiones que en Wall Street y la city porteña se generan en torno a la sostenibilidad del programa económico sin cambios en el esquema cambiario y sin una estrategia clara ni voluntad concreta de acumulación de reservas, hay otro debate más concreto y mundano que atañe a la economía real y los castigados bolsillos de casi la mitad de los argentinos que hoy no llegan a fin de mes.

Aquí es donde aparecen los grandes interrogantes y sus demoradas promesas, y en donde paradójicamente hoy aparecen más nubarrones que en una gestión política que padeció durante sus dos primeros años y hoy luce más alineada, y que en una macro que aún sin llegar a exorcizar fantasmas de volatilidad e incertidumbre está lejos de las turbulencias anteriores al salvataje estadounidense.

La destrucción del entramado productivo y social es ya evidente, con cierre de empresas y un horizonte para el empleo que comienza a complicarse. Sin embargo, donde muchos ven las consecuencias inexorables de un modelo excluyente, con una apertura indiscriminada y desregulación masiva que acabará por tornar inviables muchas actividades, Milei habla de reconversión productiva.

Un Milei que saca el manual del liberalismo clásico: el proteccionismo perjudica a los trabajadores y sus salarios, porque los obliga a comprar bienes más caros y de peor calidad que los importados, por lo que si pudiese acceder a bienes más baratos habría un ahorro que podría destinar a comprar otros bienes más competitivos y, al consumir más, serían eventualmente más felices. Los empleos que se perderían, siempre según esta tesitura, se compensarían en otros sectores más competitivos que se adaptarían a la apertura y la libre competencia. La verdad, algo muy difícil de ver en la realidad: no queda claro en que punto de la cadena de consumo habría empresas de capital nacional beneficiadas que pudiesen compensar las que potencialmente cierren, más aún frente a una invasión de productos chinos con los que es imposible competir.

Si a ello le sumamos una economía que pese a las promesas recurrentes no repunta, y que en casi el único sector que muestra cierta capacidad de reacción es en el de la intermediación financiera (toda una postal de la Argentina de Milei) de escasa mano de obra, y una inflación que no logra perforar el 2% cuando había prometido que para agosto estaría en cero, el panorama resulta a todas luces preocupante.

La reforma laboral podrá seguramente prosperar, sobre todo con un sindicalismo muy desprestigiado, fragmentado y golpeado por la crisis del peronismo; pero más allá del "gesto" hacia los mercados, la experiencia argentina de la década del noventa y la de otros países arroja sobradas evidencias empíricas de que la flexibilización (en rigor el "abaratamiento" del empleo entendido exclusivamente como "costo" empresarial) no redunda en mejoras en el empleo, la registración, ni los salarios.

Así las cosas, despejado el camino en lo político y sin excusas en quienes descargar responsabilidades, una vez que Milei consiga las reformas, habrá que ver cómo se procesan -en el gobierno, en la oposición, y en la calle- las consecuencias económicas y sociales de un modelo que ya tendrá un importante nivel de formalización normativa.

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