Editorial
La dimensión desconocida
Por Gonzalo Arias
Milei desterró varios mitos electorales que arrastrábamos como una carga atávica desde hace décadas.

El largo y extenuante proceso electoral presidencial de este complejo y conflictivo 2023 terminó con la demostración palmaria de que en un contexto de altísima incertidumbre y de un "humor social" marcado por la negatividad, todos los escenarios -incluso los que a priori parecían más descabellados- podían convertirse en realidad.

En este contexto, el fulgurante ascenso del libertario Javier Milei desde los sets de la televisión porteña a la Casa Rosada es tan sorprendente como previsible en función de cómo se venía perfilando la elección de cara al segundo ballotage de la historia electoral argentina. Un salto al poder que no tiene precedentes en la historia reciente: con un partido fundado en 2019 (el Partido Libertario), y tras un debut auspicioso en las elecciones legislativas de 2021, Milei rompió el sistema político tal y como lo conocíamos hasta hoy.

Es que no solo derrotó al oficialismo (el peronismo) sino también a lo que hasta hace muy poco entendíamos como la oposición, nucleada en Juntos por el Cambio. A la coalición opositora la derrotó en las generales, acelerando su previsible implosión y provocando el realineamiento interno que comenzó a consumarse con el denominado "Pacto de Acassuso". Al oficialismo le propinó una fuerte paliza electoral con una diferencia de 11,5 puntos porcentuales en el ballotage, muy por encima de la mayoría de los pronósticos previos, y con diferencias muy abultadas en algunos de los principales distritos del país.

El corolario de este asombroso desenlace será un gobierno encabezado por un candidato que hasta aquí explotó un posicionamiento "anti-sistema" y que, más allá de algunas propuestas extravagantes y polémicas, lo cierto es que llega al poder con la promesa de realizar una profunda reforma de impronta liberal como receta para abordar la profunda crisis económica y social que atraviesa nuestro país desde hace ya varios años.

A partir de hoy nos adentramos en una dimensión desconocida, un terreno aún inexplorado y que, más allá de ciertos "parecidos de familia" -y algunos nombres propios repetidos- con el primer menemismo, no tiene parangón. Es que más allá de la certeza de quién será el nuevo presidente, y qué piensa sobre economía, política, relaciones internacionales, y otros temas centrales de agenda, "su" gobierno -a apenas 20 días de su asunción- no solo es una gran incógnita sino también una suerte de "modelo para armar" que pareciera ir delineando sus aún difusos contornos con el transcurso de las horas.

Una incógnita que no radica tanto en los "nombres" de quienes integrarán el gabinete, algo que como era previsible ya comenzó a tomar forma, sino fundamentalmente en cómo se reconfigurará el tablero político tras el tsunami libertario. No es un tema en absoluto menor, en tanto el gran fantasma que deberá exorcizar rápidamente el flamante presidente electo es, sin lugar a dudas, el de la gobernabilidad.

Milei desterró varios mitos electorales que arrastrábamos como una carga atávica desde hace décadas. Que alguien sin una estructura o inserción territorial no podía llegar al poder, que un candidato con propuestas claramente orientadas hacia la derecha del espectro político no podía interpelar con éxito a los sectores populares, que en la provincia de Buenos Aires se libra la "madre de todas las batallas", entre otros supuestos axiomas que su victoria pareciera haber desmentido.

Ahora bien, como siempre alertamos, una cosa es "ganar", y otra muy distinta es "gobernar". El libertario llegó al tan codiciado "sillón de Rivadavia" con el apoyo clave de los votantes de JxC y de Schiaretti. Pero sería muy poco inteligente si pensara que esos votos "prestados" son una fuente de legitimidad inagotable para avanzar con las reformas prometidas.

En ese plano residen la mayoría de las incógnitas de un gobierno que llega con muchas promesas que podrían encontrar serios obstáculos ante un Congreso en el que se encuentra en abrumadora minoría. Una situación adversa que no podría revertirse ni con un acuerdo con el PRO, y mucho menos con una facción del partido fundado por Macri.

El riesgo pareciera ser más que evidente. El triunfo de Milei se puede explicar por múltiples causas, como la persistente y profunda crisis económica, el patrón de frustración acumulado tras sucesivos gobiernos que no pudieron o no quisieron mejorar la calidad de vida de la gente, por la bronca y la angustia respecto a la falta de expectativas de futuro, por la necesidad de aferrarse a la idea de un "cambio" profundo que permitiera salir del desasosiego y el hastío, entre otros.

Un triunfo que simboliza más esa voluntad de cambio que un apoyo sólido a propuestas extremas. Más aún en el caso de esos 6 millones de votos "prestados" que fueron claves para alzarse con la victoria final. Sus propuestas rupturistas pueden haber sido funcionales durante la campaña para generar atención, patentizar la idea de un cambio radical, y desmarcarse de lo que él bautizó como "casta", pero difícilmente sean plausibles para generar gobernabilidad. El caso de Meloni en Italia es el claro ejemplo de esto: llegó al Palazzo Chigi de la mano de propuestas extravagantes y extremas -como su prédica antieuropea-, pero gobierna pragmáticamente pivoteando en el centro.

Así las cosas, en un contexto en el que la apelación al miedo y el riesgo democrático que implicaría un triunfo de Milei no fue suficiente para camuflar la ineficacia y eficiencia en materia económica de un gobierno que se va con más de 150% de inflación, 40% de pobreza y una moneda destruida, parece claro que la gran mayoría de los que optaron por el libertario lo juzgarán por los resultados que pueda obtener en el corto plazo en materia económica (sobre todo, en la economía real), y no tanto por su vocación de aferrarse a las propuestas ampulosas, polémicas y exóticas que están plasmadas en la plataforma que LLA presentó oportunamente ante la Cámara Nacional Electoral. 

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