Editorial
Un peligroso gatopardismo
Por Gonzalo Arias
La derrota fue estrepitosa. Un resultado que se magnifica por las expectativas que el propio oficialismo había generado y por las metas autoimpuestas.

Un gobierno que vaticinaba que en las elecciones bonaerenses iba a colocar "el último clavo en el ataúd al kirchnerismo" acabó profundizando una crisis de consecuencias aún impredecibles. La derrota fue a todas luces contundente, pero las consecuencias de la verdadera catástrofe que golpeó -una vez- en la "línea de flotación" del oficialismo eran en parte evitables.

Es que no solo el gobierno había generado amplias expectativas para una inédita elección desdoblada en la que los primeros sondeos lo mostraban como favorito, sino que también había decidido nacionalizar la campaña, convirtiendo una elección a legisladores provinciales, concejales y consejeros escolares en una suerte de plebiscito nacional.

Y aunque en el tramo final intentó torpemente matizar esas expectativas al hablar de un escenario de "empate técnico" que contemplaba incluso una "derrota digna" por pocos puntos, la magnitud del aplastante resultado hizo añicos cualquier intento de disputar las interpretaciones por el sentido del resultado de las urnas.

La derrota fue estrepitosa, tanto por las diferencias a nivel provincial (13 puntos), como por la performance en varias secciones electorales donde LLA esperaba imponerse (apenas se impuso en 2 de las 8). Un resultado que, además, se magnifica por las expectativas que el propio oficialismo había generado y por las metas autoimpuestas.

Lo cierto es que en este contexto que pone nuevamente al gobierno ante una situación de extrema fragilidad y que amplifica la incertidumbre reinante, en gran medida como consecuencia de "heridas autoinfligidas", excesos de confianza e importantes dosis de improvisación, el gobierno lució nuevamente desconcertado, extraviado e incapaz de reaccionar. Una actitud, por cierto, análoga a la que experimentó tras la filtración de los audios de Spagnuolo.

Ya sea por los manifiestos déficit estratégicos, las gigantescas y habituales disociaciones de Milei y su equipo respecto a la realidad, o la marcada improvisación, desde la misma noche de la derrota hubo desinterés o incapacidad por avanzar en el imprescindible control de daños ante una situación de evidente crisis. Algo que quedó muy claro cuando el propio presidente, tras admitir el resultado adverso, prometer una profunda autocrítica, y hablar de "corregir errores", rápidamente retomó el habitual tono desmesurado e intempestivo para no solo ratificar el rumbo de su gestión, sino para anunciar que avanzará en su profundización.

No sorprenden, entonces, las escasas reacciones en las 48 horas posteriores al discurso presidencial. Pese a la magnitud de la catástrofe y las esperables reacciones de unos mercados que jamás imaginaron una derrota que excediera los 5 puntos, la respuesta oficial consistió esencialmente en la multiplicación de reuniones de gabinete y la puesta en marcha de varias mesas políticas. No solo no se anunciaron las modificaciones importantes que esperaban gobernadores y opositores dialoguistas, sino que ni siquiera saltaron los "fusibles" que esperaban connotados representantes del núcleo duro del mileismo.

La foto con la que el lunes el Ejecutivo intentó proyectar una imagen de unidad y optimismo para procurar dar vuelta la página rumbo a octubre no hizo más que multiplicar las dudas y suspicacias. La única novedad de peso en esta sucesión de reuniones (gabinete y mesa política) fue la presencia del propio Milei, habitualmente ausente en esos convites, lo que contrastó además con la confirmación de que todos los cuestionados por la performance electoral (los Menem y Pareja) fueron ratificados.

A esta altura, cualquier promesa de autocrítica o declaración en el sentido de haber escuchado el mensaje de las urnas quedaba desdibujada no solo por las fotos y reuniones, sino por los hechos. No solo porque el comunicado de prensa del gobierno ratificó el rumbo económico, y cargó nuevamente contra opositores, empresarios y medios, sino porque trascendió que Milei definió que no habrá vuelta atrás con los nuevos vetos ya anunciados, y que judicializará la emergencia en discapacidad. En otras palabras, un renovado desafío a los gobernadores, un gesto que suma más tensión en el Congreso, y una decisión -como la de los discapacitados o la emergencia pediátrica- que genera rechazo en amplias franjas del electorado.

Tras el anuncio de una convocatoria al diálogo con los gobernadores que fue ignorada por muchos mandatarios ya frustrados por la intransigencia del gobierno nacional para incluir temas de la "agenda federal", y que en algunos casos derivó directamente en enojo y abiertas críticas, como los Maximiliano Pullaro y Gustavo Sáenz, el gobierno finalmente tomó la decisión hasta ahora más importante tras la derrota: nombró a Lisandro Catalán como flamante Ministro del Interior.

Sin embargo, una decisión que, hasta el momento, deja sabor a poco y que no logra disipar el escepticismo o el malestar entre los gobernadores. Es que, al menos por ahora, se trata de un gesto ante todo simbólico, más aun teniendo en cuenta que el funcionario designado (que fungía como vicejefe de gabinete) ya venía encargándose junto a Guillermo Francos del vínculo con los mandatarios provinciales. De esta forma, más que volver a darle rango ministerial a la cartera tradicionalmente encargada de manejar el vínculo de la Nación con las provincias y la Ciudad de Buenos Aires, en el interior se espera que el "gesto" vaya acompañado por una hoja de ruta clara.

En definitiva, vuelve a quedar más que claro que para Milei el problema es "político", por lo que las "correcciones" deberían venir exclusivamente por ese lado, aún sin que ello implique cambiar nombres ni desplazar figuras cuestionadas. Con el agravante, además, de una concepción muy restrictiva de lo que Milei entiende por "política", y que queda en evidencia cuando desde las principales terminales libertarias se ensaya como autocritica el haber subestimado el aparato del peronismo en la provincia de Buenos Aires.

Un panorama difícil para un gobierno que parece no tomar nota del impacto de la situación económica en amplísimas franjas de ciudadanos que atraviesan necesidades cada vez más acuciantes. Una situación que no tiene que ver tanto con la macro -que por cierto tampoco está tan ordenada- sino con la microeconomía, la economía del bolsillo, o -como ha comenzado a señalarse en muchos análisis- aquello que incide en el "metro cuadrado" de cada ciudadano.

Por lo pronto, el gobierno sigue aferrándose al objetivo de llegar al 26 de octubre con la misma estrategia económica, a como dé lugar, y haciendo lo que haga falta: equilibrio fiscal e inflación contenida, aún a costa de crecientes restricciones monetarias, turbulencias cambiarias y tasas incompatibles con una actividad económica que según estimaciones privadas acumularía 6 meses de caída, ingresando en la segunda recesión en 2 años.

Así las cosas, Milei con sus pretendidos y anunciados "cambios" parece tan desacoplado de la realidad como ese aristócrata Príncipe Salina frente al ascenso incontenible de la burguesía en la Italia del siglo XIX , que con tanta prosa describiera Lampedusa en El Gatopardo: "si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie". 

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