Editorial
Un cuento chino
Por Gonzalo Arias
Milei se trae de Washington no solo la presión de revertir la paliza del 7 de septiembre, sino el mandato de relanzar su gobierno tras el proceso electoral sobre la base de algo que es ajeno al léxico y la praxis libertaria: el diálogo y el consenso.

A apenas 12 días de las cruciales elecciones de medio término, Milei y su equipo económico confiaban en convertir un "salvataje" financiero de contornos y condicionalidades difusas en un hecho político que no solo proyectara confianza hacia los mercados sino que se convirtiera en una suerte de cierre de campaña que le devolviera el control de la agenda en el último tramo del proceso electoral tras la sucesión de escándalos recientes, sino que también impactara positivamente sobre las expectativas de los votantes.

Ese era el objetivo del gobierno para su visita a la Casa Blanca, y todo parecía indicar que la puesta en escena y los actores principales y de reparto estaban alineados: no solo por los repetidos tuits del Secretario del Tesoro y su intervención explícita en el mercado cambiario de la semana pasada, sino también porque se suponía que tras los encuentros que el equipo económico había tenido los días previos en Washington y que Santiago Caputo había celebrado en la Rosada con el estratega trumpista Barry Bennet, los detalles, tanto técnicos como comunicacionales, estaban "acordados".

Es más, a nadie le llamó la atención que durante los días previos al viaje de la nutrida comitiva presidencial, tanto desde usinas oficiales como canales oficiosos del ecosistema libertario, se agitaran mensajes que exudaban euforia y vaticinaban anuncios que presuntamente irían bastante más allá del swap, la intervención en el mercado cambiario y otras medidas que ya se habían confirmado, aunque sin demasiada claridad en lo que respecta a plazos, montos y condiciones.

Sin embargo, lo que sucedió trastocó una vez más los planes de un oficialismo que no logra escapar de un loop autodestructivo en el que se encadenan recurrentes errores no forzados, evidentes improvisaciones, manifiesta mala praxis, y un exceso de confianza que, por momentos, roza con una preocupante ingenuidad.

Más allá de la foto en el salón oval, el almuerzo entre las delegaciones y el intercambio de elogios, no solo no se realizaron anuncios concretos ni se ofrecieron certezas ni detalles sobre el paquete de asistencia que ya se conocía desde el encuentro entre ambos mandatarios en la Asamblea de la ONU, sino que la propia intervención de Trump durante la conferencia de prensa multiplicó los interrogantes y amplificó la incertidumbre respecto a qué puede suceder tras la inminente cita electoral.

Un Trump tan cansado como exultante tras el éxito de su gestión en el conflicto de Medio Oriente, sorprendió a la delegación y los periodistas argentinos al afirmar que el respaldo estaba condicionado al resultado de las elecciones y, sin eufemismos, abogó por que los argentinos acompañaran a Milei en las urnas. Aun con el oficialismo naturalizando el hecho casi inédito de explicito involucramiento estadounidense en un proceso electoral (que solo reconoce como antecedente el "Braden o Perón" de 1946), la incomodidad y sorpresa de la delegación argentina fue evidente.

El día en que el gobierno, mercados, y candidatos libertarios esperaban buenas noticias, pronto se convirtió en una nueva jornada de desconcierto y decepción, en el que volvieron a aflorar no solo las internas palaciegas y los pases de facturas entre diversos sectores sino los manifiestos déficits en la gestión y comunicación oficial, especialmente cuando se refiere a episodios incómodos o situaciones de crisis.

Así, tras el fracaso de los improvisados e infructuosos intentos de hacer una exegesis de las palabras de Trump y aclarar que la condicionalidad electoral se refería a las presidenciales del 2027, y luego de ver cómo los mercados reaccionaban negativamente, el propio presidente estadounidense zanjó la cuestión con una publicación en su plataforma Truth Social, en donde tras repetir los elogios a su par argentino, claramente aludió a las elecciones de medio término.

Lo cierto es que sin perjuicio de que el oportuno anuncio de un salvataje y las intervenciones del tesoro en el mercado cambiario fueron una bocanada de oxígeno para un gobierno que estaba groggy, y que ahora al menos podrá llegar al 26 de octubre sin un terremoto cambiario, está más que claro que Milei no se trajo de Washington lo que fue a buscar. Con el agravante de que fue el propio gobierno el que gestionó una bilateral apenas semanas después de que ambos mandatarios se habían encontrado en Nueva York, y que fue el propio oficialismo el que alimentó las expectativas defraudas en torno a un resultado que no fue el esperado.

Sea por impericia del equipo económico, mala gestión de la cancillería, deficiente comunicación a nivel político-estratégico, por exceso de confianza de Milei o por la conducta impredecible de Trump, no solo no hubo un acontecimiento capaz de generar un impacto en una campaña que viene tornándose cada vez más complicada para el oficialismo, sino que multiplicó los interrogantes respecto al día después de las elecciones.

Es que no obstante la importancia que pueda tener el resultado electoral, los desafíos de cara a los dos próximos años son enormes, tanto por demandas internas como por las exigencias del FMI y, ahora, por los condicionantes estadounidenses. Condicionantes que, por cierto, no solo refieren a la política monetaria o al comercio exterior, sino también a cuestiones sensibles que hacen a la política exterior, la geopolítica y el manejo soberano de recursos naturales.

Así las cosas, además de ayudas comprometidas o "prometidas", y de algunos nuevos anuncios tan imprecisos como condicionados, Milei se trae de Washington no solo la presión de revertir la paliza del 7 de septiembre, sino el mandato de relanzar su gobierno tras el proceso electoral sobre la base de algo que es ajeno al léxico y la praxis libertaria: el diálogo y el consenso.

Por ello, en un contexto electoral donde pareciera que lo máximo a lo que puede aspirar el oficialismo es al tercio en Diputados que le permita blindar vetos, no pareciera que el domingo electoral sea la última estación del vía crucis libertario ni el comienzo de una "nueva era": el riesgo, a todas luces evidente, es que el futuro se parezca mucho a este presente, con el agravante de una sociedad cada vez más cansada, con amplias franjas de la ciudadanía que no llegan a fin de mes, y con una economía en recesión por segundo año consecutivo.

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