Editorial
Un cogobierno fraternal
Por Gonzalo Arias
Las tensiones que habían dominado las semanas previas al domingo electoral se disiparon, aunque el vértigo que ha caracterizado desde el comienzo a la gestión de Milei no se detiene.

Pasaron las elecciones de medio término con un sorprendente resultado que insufló nuevos bríos a un gobierno que, tras varios meses de escándalos, turbulencias financieras, batallas internas, y daños autoinfligidos que lo tenían contra las cuerdas, no solo fue salvado por "la campana" (en este caso manejada por Trump), sino que tras el mensaje de las urnas pareció renacer de las cenizas y recuperar la iniciativa política y el control de la agenda.

Las tensiones que habían dominado las semanas previas al domingo electoral se disiparon, aunque el vértigo que ha caracterizado desde el comienzo a la gestión de Milei no se detiene. Cuando parecía que la prometida reestructuración del gabinete ya no era tan urgente como se esperaba en la previa a la cita electoral, la salida del Jefe de Gabinete precipitó -una vez más- un volantazo de un Milei tan impulsivo y eufórico ante las victorias como poco previsible y mesurado ante la magnitud de los desafíos que aún enfrenta.

Es que la "renuncia" de quien fuera probablemente el funcionario más dialoguista del gobierno nacional, tras la categórica victoria en las elecciones de hace dos domingos, habilitó lo que -al menos hasta ahora- parece ser la transformación más profunda en lo que respecta al mecanismo de toma de decisiones y administración del poder al interior del gobierno libertario.

La prometida y reclamada apertura, que fuera incluso señalada sin eufemismos como condicionalidad para el salvataje financiero por los "amigos americanos", no solo luce acotada sino también controlada por la integrante del otrora "triángulo de hierro" que parece haber salido más fortalecida del proceso electoral. Karina Milei, la armadora libertaria que se había visto salpicada por casi todos los escándalos que venían jaqueando al gobierno en la previa al convite electoral, parece haber inclinado significativamente a su favor el fiel de la balanza que sostenía el precario equilibrio de la interna que protagonizaba con el asesor presidencial Santiago Caputo.

Tanto el ascenso de Adorni a la Jefatura de Gabinete como el nombramiento del revitalizado Diego Santilli como Ministro del Interior son evidencias palmarias de ello: en el primer caso, porque se trata de un funcionario de inocultable filiación karinista; en el segundo, porque el desembarco del otrora referente bonaerense del PRO pareció no solo obturar la muy comentada posibilidad del nombramiento de Caputo en un "superministerio" con amplias competencias políticas sino porque también le disputa al joven consultor la interlocución privilegiada con los gobernadores y legisladores aliados, una instancia clave a la luz de los desafíos de la nueva etapa.

De oxigenación poco, de apertura casi nada. Es que pese a las promesas y reclamos tanto en el frente interno como externo, el gobierno parece haber sucumbido nuevamente ante los cantos de sirena de la opinión pública y, envalentonado ante una tan sorpresiva como contundente victoria electoral, parece cerrarse aún más, no solo desterrando cualquier hipótesis coalicional y reafirmando su identidad propia, sino limitando aún más el manejo del poder interno de mano de un experimento de cogobierno entre el presidente y su hermana.

Es más, la magnitud de la victoria volvió a enfriar una relación con el macrismo que parecía está vez encaminarse fruto más de la necesidad que de la vocación de compartir poder y abrirse a las propuestas del ex mandatario. Reapareció así el inocultable anhelo de los Milei: el de sepultar definitivamente al PRO para hegemonizar el espectro del centro a la derecha y representar el antiperonismo. En este contexto, la incorporación de Santilli es sin dudas producto de una estrategia de cooptación y no una decisión consensuada a nivel de partidos ni líderes.

Habrá que ver, entonces, si esta nueva fisonomía que parece adoptar el oficialismo es efectiva para afrontar los desafíos que vienen y despejar algunos grandes interrogantes de cara a los próximos dos años. En primer lugar, habrá que esperar la reacción de Caputo para ver si aceptará este nuevo formato interno que pareciera darle mayor centralidad a Karina o si, por el contrario, recrudecerán las internas. En segundo lugar, si la evidente transformación discursiva y hasta estética que el presidente viene ensayando desde finales de septiembre (más moderación, mayor autocontrol, menos exabruptos), es acompañada también por una transformación política que incorpore dimensiones de diálogo y acuerdos a la praxis libertaria.

Y, sobre todo, si un Santilli cuyo perfil dialoguista y habilidades negociadoras son ampliamente conocidas, tendrá margen de maniobra para avanzar. Por lo pronto, le esperan varias misiones de importancia definidas por el propio Milei para las sesiones extraordinarias de diciembre: aprobar un Presupuesto sin déficit, sancionar una reforma laboral e impositiva, y modificar el Código Penal.

Así las cosas, habrá que ver si la confluencia entre la inclinación dialoguista y capacidad negociadora del ministro, y las demandas insatisfechas y urgentes de los gobernadores encuentra plafón en un Milei poco acostumbrado a ceder, a aceptar condiciones, y abrazar estrategias gradualistas. Sabiendo que aún con el mayor volumen parlamentario tras las elecciones intermedias el oficialismo necesitará ineludiblemente de cierto nivel de consenso con los gobernadores, cabe preguntarse si el presidente estará dispuesto a flexibilizar su política fiscal. Es que a esta altura ya no hay dudas de que no hay negociación posible con los gobernadores (incluso los aliados) que no sea una negociación que involucre fondos y partidas presupuestarias.

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