Elecciones 2025
Resistir... ¿y después?
Por Gonzalo Arias
Aun reconociendo que será imposible alcanzar mayorías propias, en el gobierno creen que la legitimidad que emane de las urnas le permitirá profundizar la agresividad e intransigencia con la que se maneja hoy.

Por estas horas parece evidente que el gobierno nacional se aferra a un único plan: resistir. Una estrategia tan riesgosa como voluntarista con la que buscará ganar tiempo y "aguantar" hasta que el contundente resultado del próximo 26 de octubre que en las terminales del oficialismo dan por descontado, y la nueva composición del Congreso Nacional a partir del 11 de diciembre, reconfiguren un sistema político a merced de la agenda presidencial, alineando a los díscolos, y disciplinando a otrora opositores.

Un escenario peligroso, en tanto entiende que la resistencia no solo sería una herramienta temporal (cinco meses), sino que no tendría consecuencias perjudiciales a nivel político, económico, social e institucional. Y, a su vez, un escenario a todas luces ilusorio, aún ante un potencial triunfo arrollador en octubre.

En primer lugar, resistir durante tanto tiempo, sin revisar ni el fondo ni las formas, no será tarea en absoluto fácil. No solo por la magnitud de los desafíos -económicos, políticos, sociales- que deberá enfrentar en paralelo a la campaña electoral, y la heterogeneidad de actores e intereses diversos que representan, sino por la profunda desconfianza, tensión e incertidumbre que desborda incluso el sistema político y permea entre los grandes inversores y los más conspicuos representantes del establishment financiero internacional.

En este marco, ni las maniobras y tácticas dilatorias del oficialismo para demorar los vetos a las leyes previsionales y de discapacidad o avanzar en la judicialización de la sesión en que fueron sancionadas, ni los intentos por reabrir alguna vía de negociación con gobernadores "amigables" que sirva para romper el inédito acuerdo transversal alcanzado por todas las jurisdicciones, parecen ser herramientas suficientes para surfear en aguas turbulentas.

Y, en segundo lugar, porque ese 11 de diciembre, que oficia como el "Segurola y Habana" donde Milei se jacta de que estará esperando a sus adversarios, no solo queda aún muy lejos, sino que muy difícilmente logre desbloquear el camino hacia a la hegemonía con la que sueñan Milei y sus adláteres.

Más allá de que es innegable el favoritismo con que el oficialismo encara el proceso electoral, no solo es demasiado pronto para avizorar la magnitud que podría alcanzar una potencial victoria en las urnas, sino que aún en el escenario más optimista en el que LLA superara los 40 puntos porcentuales a nivel nacional no lograría alterar significativamente la relación de fuerzas en ambas cámaras del Congreso Nacional.

Es que como Milei llegó al poder con una magra representación parlamentaria, aún con una gran elección podría llegar a aspirar a contar con poco más que 80 diputados y 12 senadores, que no le alcanzan ni para el quorum propio ni mucho menos para impulsar las reformas estructurales en materia laboral, previsional e impositiva acordadas con el FMI y que el gobierno imagina para darle mayor "seguridad" a los grandes inversores. Es más, ni siquiera le alcanzaría para garantizar el blindaje a los probables vetos o los decretos de necesidad y urgencia a los que seguramente deberá apelar con asiduidad.

A lo sumo las elecciones y el resultado servirán para dotar de mayor nitidez a los contornos de un oficialismo y una oposición que hoy dan cuenta de fronteras lábiles y difusas. Y aunque ello pueda aportar a la construcción de un "oficialismo" que hasta hoy ha estado ausente en los planes de un presidente que no oculta ni su desprecio por los legisladores ni su desdén por los acuerdos, estará muy lejos de representar la anunciada reconfiguración del sistema político en torno a la figura de Milei.

En otras palabras, aún con algunos aliados más decididamente "pintados" de violeta y algunos posicionamientos más estables, nada muy diferente a lo que ocurre hoy en un Congreso donde el oficialismo tiene ineludiblemente que negociar proyectos y garantizarse los votos necesarios para blindar vetos y decretos.

Sin embargo, en las terminales del oficialismo prima el optimismo a la hora de analizar los posibles escenarios postelectorales: aun reconociendo que será materialmente imposible alcanzar mayorías propias, creen que la legitimidad que emane de las urnas le permitirá profundizar la agresividad e intransigencia con la que se maneja hoy, y despejarle definitivamente el camino para avanzar. Casi como si el resultado electoral produjera automáticamente gobernabilidad.

Si la narrativa anticasta ya no es una herramienta eficaz para disciplinar a opositores que ya le perdieron el miedo a Milei y su arbitrario uso del "principio de revelación". Por qué, entonces, el modus operandi de maltrato, intransigencia y desprecio con quienes piensan diferente, sean opositores duros, "blandos", periodistas, intelectuales o ciudadanos comunes tendría efectos diferentes en esa "nueva" etapa. Y más aún, en un contexto en donde el gobierno de Milei ya comenzará a acarrear inevitablemente el lastre de sus propias deudas, fracasos y promesas incumplidas.

Así las cosas, con una macroeconomía que Milei concibe como escudo protector que ya comienza a mostrar sus evidentes limitaciones en razón de sus efectos recesivos, y una economía real que sigue denotada y sin signos evidentes de que la relativa recuperación fruto del rebote tras la caída en las profundidades se convierta en un crecimiento real y sostenible, resulta improbable que la "política" claudique ante el hipotético resultado de las urnas y se someta a la "rendición incondicional" que parece ser la única alternativa que está dispuesto a ofrecer Milei.

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