Editorial
Pronóstico incierto
Por Gonzalo Arias
El vértigo en el plano macroeconómico y financiero contrasta paradójicamente con una campaña electoral muy mediocre.

Las últimas semanas fueron vertiginosas, en el marco de un país sumido en una profunda crisis económica, política y social que no da respiro, que multiplica los interrogantes y amplifica la incertidumbre con respecto a lo que pudiese suceder tras las elecciones legislativas del próximo domingo.

A apenas horas del comienzo de la veda, la presión cambiaria no cede, la divisa estadounidense desafía una vez más el techo de la banda, el Banco Central sigue obligado a vender, y no hay tuit de Bessent ni intervención de Trump que calme las turbulentas aguas. Aunque el gobierno siga insistiendo que esta presión se explica por la cobertura electoral de los mercados e inversores, ni el observador más desprevenido se arriesgaría a apostar que todo volverá a la normalidad tras la jornada electoral.

El vértigo en el plano macroeconómico y financiero, matizado por un inédito y aún poco claro -en términos de condicionalidades y plazos- salvataje de Trump, y azuzado por la recurrencia de escándalos, improvisaciones, errores no forzados y daños autoinfligidos, contrasta paradójicamente con una campaña electoral muy mediocre.

Más aún, si hablamos de una elección de medio término en la que no solo el oficialismo había cifrado -promediando el año- altísimas expectativas convirtiéndola en una suerte de plebiscito nacional para profundizar el modelo, sino que tras coquetear con el abismo terminó por transformarse a priori en una condición relevante para la asistencia del "amigo americano".

Una campaña sin debates, sin propuestas acordes a la magnitud de la crisis, sin estrategias creativas, casi sin movilización, y con actos y mítines convertidos en meros actos protocolarios carentes de cualquier intención persuasiva. Previsiblemente, los principales espacios confluyeron en una estrategia de fuerte polarización: desde las filas libertarias, cuando parecía que tras la derrota bonaerense se ensayaba un discurso más autocritico y moderado, se volvió a la confrontación abierta con el kirchnerismo y la agitación del miedo al pasado; desde el peronismo nucleado en Fuerza Patria se alimentó la idea de que ese espacio es la única alternativa para frenar las políticas de Milei. Luchando por romper esa polarización, se erige el nuevo espacio de Provincias Unidas, que aspira a romper con el maleficio de las terceras fuerzas.

Una campaña negativa, aunque no basada en el contraste de propuestas o modelos, sino en el estímulo de emociones negativas, centradas en apelaciones al miedo o la amenaza, en un contexto social de por sí ya cargado de desinterés, desasosiego, frustración, y desafección política. Un combo, a todas luces, preocupante.

Pese a ello, tanto en las usinas y principales terminales del oficialismo como la principal oposición parece primar un moderado optimismo.

Del lado de Fuerza Patria, es bastante lógico, ya que hasta hace cinco meses ni el más voluntarista hubiese imaginado estar en una situación competitiva, en un contexto en donde Milei prometía arrasar y pintar el mapa "de violeta". Con una campaña de bajísima intensidad, con varios dirigentes polémicos solapados del debate, internas en stand by, y la idea de que los errores y traspiés de Milei eran el mejor activo electoral, cuesta recordar un peronismo tan parsimonioso y frugal en la liza electoral.

Aunque nadie en este heterogéneo espacio opositor se anima a vaticinar un triunfo en el agregado de votos a nivel nacional, entienden que pueden hacer una buena elección que aun sin ser la fuerza más votada le permita ser la que conquiste más distritos de los 24 en juego.

Paradójicamente, en las huestes libertarias también parece haberse instalado un cauto optimismo. Obviamente lejos quedaron los ambiciosos objetivos de arrasar en las urnas, pero en un contexto de crisis, luego de la apabullante derrota bonaerense y tras el impacto de los escándalos de Spagnuolo y Espert, entienden que la aprobación del gobierno detuvo su caída y que con el protagonismo de Santilli podrían descontar algunos puntos en provincia.

En este sentido, si bien los más optimistas se entusiasman con conseguir ser la fuerza más votada a nivel nacional, y dar el batacazo en algunas provincias como Santa Fe y Córdoba, el propio Milei fijó públicamente objetivos más modestos: blindar el tercio en la cámara baja que le permitiera sostener los vetos y evitar el rechazo de los DNU.

A priori, y más allá de las esperables disputas interpretativas que generarán los resultados, seguramente será difícil de hablar de ganadores y perdedores claros. Lejos del mapa violeta que imaginaba Milei, probablemente veremos un mapa variopinto, pintado de celeste, violeta, los colores de Provincias Unidas, y de otras fuerzas distritales.

Lo cierto es que en este escenario de equilibrios es donde resuena con fuerza la demanda externa e interna de inaugurar una nueva etapa de dialogo y construcción de consensos. Los signos, más allá de los resultados, no son por ahora alentadores. Con la confirmación de que Milei reorganizará su gabinete se recalentaron las crudas internas palaciegas en el oficialismo, y ya se adelantaron algunas renuncias como la del canciller Werthein.

Además, Macri, por el momento, pausó los contactos a lo que suceda el próximo domingo, mientras trasciende que la idea predominante en el PRO sería mantener un bloque propio. Y del lado de los gobernadores, persiste la incógnita de cómo se reconstruye el vínculo tras el fallido armado libertario en el interior y el debate por los fondos coparticipables.

Así las cosas, con Washington y los mercados expectantes, no solo será clave un resultado que difícilmente contemple una victoria clara del gobierno, sino cómo reacciona el presidente el día después. En concreto, si los cambios y reacomodamiento serán significativos e implicarán una nueva dinámica en la toma de decisiones, o si serán más bien cosméticos. Y, más aún, si esos cambios tendrán como objetivo inaugurar un período de mayor apertura política en la búsqueda de consensos para reformas estructurales, o si solo perseguirán el objetivo de asegurar el tercio para gobernar por decreto.

El domingo y, más aún, el día después, tanto en las reacciones del gobierno como en la percepción de los mercados y la Casa Blanca respecto a lo sucedido, se juegan en gran medida las perspectivas y posibilidades del segundo tramo del mandato de Milei.

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