Editorial
Momentum
Por Gonzalo Arias
Es innegable que el escenario tanto a nivel político como macroeconómico cambió radicalmente a favor del oficialismo.

Hay momentos en la vida y en cualquier actividad humana -como la política- en que todo parece salir bien, los planetas parecen alinearse, la fortuna sonríe, las piezas de un difícil rompecabezas encajan, y diversas variables confluyen para impulsar un viento que sopla a favor. Para designar esa suerte de "estado de gracia" la tradición anglosajona apela al término momentum, que condensa significantes como impulso, ímpetu, ventaja, u oportunidad, entre otros atributos de movimiento.

Sin dudas, tras el tan sorprendente como categórico triunfo electoral del 26 de octubre el gobierno parece vivir un inesperado momentum. Un gobierno que venía jaqueado por la larga saga de errores no forzados, improvisaciones, internas, y mala praxis -política y económica-, y que apenas parecía mantenerse a flote por el inédito salvavidas ofrecido por Trump, se encuentra ahora con una segunda oportunidad que parece aún más propicia para los intereses libertarios que la de la "luna miel" que siguió al fulgurante ascenso de Milei al poder en diciembre de 2023.

Por lo pronto, el resultado trajo calma en unos mercados que habían navegado aguas turbulentas desde la derrota del oficialismo en las elecciones bonaerenses de fines de septiembre. Sea por haber exorcizado el tan mentado "riesgo kuka", por haber plebiscitado su gestión, o por haber recreado expectativas, bajo cualquier hipótesis es innegable que el escenario tanto a nivel político como macroeconómico cambió radicalmente a favor del oficialismo.

A nivel macroeconómico y financiero, el dólar volvió a la calma, el riesgo país perforó los 600 puntos y las tasas de interés bajaron significativamente. A nivel político, el recambio del gabinete no solo empoderó a Karina Milei como la gran ganadora de la interna oficialista y reconfiguró un sistema de toma de decisiones mucho más concentrado, sino que incorporó renovadas terminales para la interlocución con el Congreso y los gobernadores. En este sentido, el ingreso de Santilli - de conocidas habilidades negociadoras- marca un cambio importante tras meses de votaciones perdidas en el Congreso y enfrentamientos con gobernadores otrora aliados.

Sin embargo, más allá de los cambios, y de la ventaja que le confiere no solo la contundente victoria sino la realidad de una oposición desconcertada, un peronismo envuelto en nuevas internas, y mandatarios provinciales que por convicción o necesidad están dispuestos a suturar rápidamente heridas y dialogar, la "ventana de oportunidad", este momentum, probablemente no sea muy extenso.

Aunque el gobierno de Milei parece a priori, tanto por factores internos como externos, mejor pertrechado que sus predecesores (Cristina, Macri, y Alberto) para romper con la "maldición del tercer año" de mandato, no puede obviarse que la magnitud de los desafíos que enfrenta y la deficitaria performance en la gestión -además de inocultable mala praxis en algunos aspectos económicos- exhibida hasta el momento no alcanzan para disipar la incertidumbre. El ejemplo de Macri es muy ilustrativo: tras ganar por más de 20 puntos las elecciones de medio término, y gobernando incluso en la provincia y la ciudad de Buenos Aires, llegó sin oxígeno al final y no pudo conseguir su reelección.

Si bien es cierto que, a diferencia de Macri, Milei llega con equilibrio fiscal, una inflación mucho más contenida, un menor nivel de endeudamiento y un apoyo sin precedentes de Washington, no solo las expectativas de muchos de los actores económicos sino las urgencias sociales son de tal magnitud, que la situación podría mutar rápidamente.

Con un ministro que ya comenzó a nutrir su agenda con encuentros con gobernadores y referentes legislativos, y con gobernadores dispuestos a dialogar nuevamente con el gobierno, el gran interrogante gira en torno a cuál es el margen de negociación de que dispone. En otras palabras, si cuenta con recursos para atender las demandas acuciantes de los gobernadores que, como es sabido, incluyen desde deudas pendientes (por coparticipación, o compensación de cajas no transferidas), reactivación de la obra pública, reparto de ATN y de fondos coparticipables, hasta cuestiones específicas del perfil productivo de las diversas regiones (agro, industria, minería, energía, economías regionales, etc.)

Milei se confunde si sigue pensando que las elecciones generan una suerte de "efecto alineamiento" automático y que, por ende, la predisposición de los gobernadores a dialogar implica una rendición y aceptación irrestricta de las condiciones impuestas por el gobierno. Por ello, si Santilli no tiene margen de maniobra para negociar con recursos disponibles y si, peor aún, no puede cumplir las promesas, es muy probable que pierda rápidamente -como le pasó a Francos- la credibilidad como interlocutor válido, más allá de sus atributos personales para el diálogo.

Lo cierto es que el Presupuesto 2026 será, en este marco, un test para evaluar si existe realmente dicha vocación aperturista y cuáles son sus alcances. Una prueba de fuego que, además, marcará el pulso del debate en febrero de las leyes de reforma laboral e impositiva y, probablemente, el derrotero del gobierno en el segundo tramo de gestión.

Así las cosas, un gran desafío para el gobierno es evitar sucumbir a los cantos de sirena del triunfalismo, habida cuenta de que difícilmente este particular momentum pueda extenderse más allá de marzo, en un contexto donde la suerte del gobierno radicará en su capacidad para reactivar una economía que está en recisión por segundo año consecutivo, incentivar las inversiones, generar empleo, estimular el consumo y los salarios. Si ello no se percibe en el mediano plazo, con un respaldo social que siempre es volátil, el camino al 2027 puede volver a tornarse escarpado.

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