Editorial
Milei y la trampa de Donald
Por Gonzalo Arias
La situación venezolana podría alterar fuertemente las prioridades de la administración estadounidense.

El gobierno de Milei pasó rápidamente de la euforia tras la captura de Nicolás Maduro en territorio soberano venezolano por parte del aparato militar estadounidense, a la cautela una vez conocidas no solo las primeras definiciones con respecto a la compleja transición que comienza con la salida del heredero de Chávez sino por las estribaciones de la decisión de Trump en materia geopolítica y su impacto regional.

Para empezar, la rápida y exultante reacción del presidente a horas de la operación lo dejó muy pronto en un grosero offside. Es que más allá del previsible respaldo a su "amigo" Trump, Milei abogó por la asunción de González Urrutia, el opositor que ganó las elecciones de 2024, nunca reconocidas por el régimen chavista. Por cierto, un dirigente poco conocido, que fue candidato ante la proscripción de María Corina Machado, quien se había impuesto ampliamente en la interna de la oposición.

A Gonzalez Urrutia, a quien Milei recibió con honores e hizo salir a saludar al histórico balcón de la Casa Rosada, Trump ni el Secretario de Estado ni siquiera lo mencionaron. Y a la referente opositora que ganó hace poco el Nobel de la Paz, directamente la desairó señalando que no tiene el "apoyo ni el respeto del país" para liderar una transición que, de modo inesperado, la Casa Blanca confió a la otrora vice venezolana, hoy confirmada al frente del Ejecutivo, Delcy Rodríguez.

Ni Trump ni Rubio dieron aun precisiones sobre la modalidad que tomará ese gobierno de transición, aunque Trump señaló que Rodríguez se habría comprometido con el Secretario de Estado a hacer lo que Washington "necesite" para estabilizar el país en esta nueva etapa. En las últimas horas, el propio Trump habló incluso del inminente envío de crudo venezolano a los Estados Unidos.

Todas promesas no solo alejadas de las expectativas de una rápida y clara transición democrática en el país caribeño y que por ahora contrastan con las primeras señales de la nueva presidenta y la continuidad de otros "duros" del régimen chavista (Cabello y Padrino López), sino que desnudan que las motivaciones detrás de la intervención tienen más que ver con consideraciones geopolíticas e intereses económicos que con la democracia, las libertades y la vigencia de los derechos humanos.

No llama la atención en este punto que los primeros "logros" que el propio Trump subrayó tras la operación hayan tenido que ver con el petróleo. No habló del retorno a la democracia, de la liberación de los presos políticos, del final de la represión o de la restauración de libertades como las de expresión o prensa, sino del viejo y conocido "oro negro". Por el contrario, descartando por ahora el llamado a elecciones, cifró explícitamente sus expectativas en el petróleo, fijando como prioridad la inversión en infraestructura para aumentar la producción, algo que podría ocurrir rápidamente si se recompusieran las deterioradas capacidades de dicho sector en el que el país del norte cuenta con varias ventajas estratégicas: en primer lugar, Chevron ya produce 250 mil barriles en Venezuela, tiene contratos firmados, y podría escalar rápidamente su producción; en segundo lugar, aún con un país que producto de la adopción del fracking ya no tiene la dependencia de antaño del petróleo convencional, cuenta en la costa del golfo de México (Texas y Lousiana) con refinerías preparadas para procesar este tipo de crudo pesado con altos márgenes de rentabilidad; y en tercer lugar, interrumpiría el flujo de dicho recurso a Cuba (aumentando la asfixia sobre la isla) y a China, el enemigo comercial estadounidense.

Lo cierto es que una vez superado el desaire ante el desdén de Trump respecto a la oposición venezolana y la revelación de los intereses concretos tras la intervención, Milei volvió en las últimas horas a referirse a la situación venezolana, señalando que está "profundamente alineado geopolíticamente con Estados Unidos". Una definición que no es menor ante la explicitada intención de trumpista de abrazar una nueva versión de la Doctrina Monroe, que implicaría no solo restaurar la influencia de Washington en la región, sino incluso arrogarse la facultad de intervenir militarmente en resguardo de sus intereses y -no obstante el carácter inequívocamente autocrático del régimen en cuestión- avasallando el derecho internacional y los propios acuerdos multilaterales vigentes a nivel continental.

Por lo pronto, habrá que evaluar las potenciales consecuencias de este acontecimiento no solo a nivel de la geopolítica regional sino incluso en un mercado energético al que Milei viene apostando como eje de una reactivación económica que aún no se siente. Es que más allá del impacto que el control estadounidense sobre el crudo venezolano pueda tener en los precios internacionales, no debería descartarse una caída en el valor de las exportaciones del petróleo liviano de Vaca Muerta y el pesado de Chubut -el más parecido al venezolano-, ni una merma en las perspectivas de inversiones estadounidenses en el sector que aparejara una menor entrada de los codiciados dólares al país.

Así las cosas, las declaraciones de Milei parecieran evidenciar con claridad que la alianza es más con Trump que con Estados Unidos, lo que sin perjuicio de las consideraciones relativas al derecho internacional y el respeto a la soberanía territorial que el presidente avaló sin reparos, expone al gobierno libertario a las vicisitudes de una figura tan impredecible y oscilante como la del presidente estadounidense.

En este marco, no debería perderse de vista que la situación venezolana podría alterar fuertemente las prioridades de la administración estadounidense, y no solo en lo que respecta a las ya mencionadas inversiones en el sector energético: el 2026 ya arrancó y aún no se conocen los detalles, las condiciones de implementación, ni los plazos de vigencia de un acuerdo comercial que se anunció como un triunfo el pasado año; el otrora "salvador" Scott Bessent no apareció más y ni siquiera intervino para destrabar el también anunciado swap que debía servir para afrontar los vencimientos de deuda; todo ello en un contexto donde la situación de Venezuela escala en las prioridades y donde el propio Trump es interpelado internamente por su "ayuda" a Argentina, el crecimiento de la inflación, y la falta de compromiso con el "America First".

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