Escenario
Interrogantes de "Fondo"
Por Gonzalo Arias
Milei aumentó la recurrencia de "errores no forzados", desprolijidades, excesos de confianza, negligencias, entre otros tantos factores explicativos de la mayor incertidumbre.

Tras el clima de euforia que embargó al presidente y los adalides del experimento libertario en el cierre del primer año de gestión, y en particular a partir del tan destemplado como inoportuno discurso en Davos, Milei -y por ende su gobierno- comenzó a experimentar una suerte de desgaste "por goteo.

Un proceso lento que, aun con avances y retrocesos, "luces y sombras", sin carácter precipitado ni tendencias marcadas ni mucho menos irreversibles o inexorables, sí parece constituir -parafraseando al poeta Ovidio- en una "gota que horada la piedra".

En este camino enlodado que Milei comenzó a desandar en aquel gélido cantón suizo, aumentó la recurrencia de "errores no forzados", desprolijidades, excesos de confianza, negligencias, entre otros tantos factores explicativos de la mayor incertidumbre y las crecientes complicaciones -muchas de ellas evitables- que el propio gobierno ha generado estos meses. El cripto-gate fue una suerte de hito en este camino, con fuerte impacto en lo mediático y simbólico, aunque hubo otros desatinos con potenciales consecuencias institucionales aún más graves, como el de los nombramientos en la Corte, que podrían conducir incluso a un inédito conflicto entre los poderes y una eventual y altamente peligrosa parálisis institucional.

Aún con las evidentes dificultades de hacer pie en este terreno resbaladizo, y la imposibilidad de pretender salir sin máculas de esa ciénaga, ello no implica que en este lento proceso de erosión, el gobierno no encuentre ocasionalmente algunos rellanos de terreno más compacto en los que tomar aire e intentar recuperar iniciativa. Todo ello, siempre con el elemento facilitador de una oposición tan fragmentada como carente de liderazgo, y con una opinión pública que pese a algunos movimientos -según las encuestas más serias- sigue mostrando niveles importantes de apoyo.

Algo de ello sucedió la pasada semana, en la que el gobierno festejó la victoria pírrica (con la mínima de 129 legisladores) por la cual la Cámara de Diputados validó el decreto de necesidad y urgencia (DNU) del acuerdo el FMI, con el apoyo de un puñado de diputados peronistas que responden a gobernadores del interior, y en el contexto de un Congreso blindado tras la dantesca y bochornosa represión de la protesta por los jubilados de la semana anterior.

Precisamente envalentonado por el blindaje legislativo al DNU, y habiendo reactivado la polarización discursiva con Cristina en función del anuncio de la administración Trump de revocarle las visas a la ex mandataria y sus hijos, el gobierno pareció intentar recuperar la iniciativa política que supo hegemonizar durante algo más de un año. Y lo hizo, una vez más, buscando instalar agenda con la "batalla cultural", eligiendo el Día Nacional de la Memoria por la Verdad y la Justicia, nombre al que el gobierno agregó -unilateralmente y de forma inconsulta- la palabra "completa", para patentizar de esta forma su adscripción plena a la "teoría de los dos demonios".

Como era previsible, ante una masiva movilización que si bien contó con la participación de organizaciones de derechos humanos y agrupaciones políticas y sindicales, también movilizó a miles de ciudadanos de a pie, el gobierno recurrió a un anuncio (la desclasificación de secretos de Estado) que, sin embargo, terminó opacada por una maniobra recurrente y cada vez menos efectiva: victimizarse, acusando a la oposición de hacer una utilización política de una marcha. Como mínimo, curioso, a la luz de la línea argumental que plantea el video que el propio gobierno difundió por los canales oficiales.

Más allá de que Milei y su "triángulo de hierro" perciban una oportunidad para recuperar la iniciativa, lo cierto es que el acuerdo con el FMI no llega en el mejor momento para un gobierno que imaginaba estirar hasta después de las elecciones un entendimiento con el organismo financiero internacional que, inexorablemente, requiere de definiciones en torno al régimen cambiario.

Si ya todo año electoral, para cualquier gobierno, en todo momento y lugar, es una inevitable fuente de incertidumbre, el contexto que se avecina tiene el potencial para amplificar los lógicos interrogantes que se desprenden de un acuerdo cuyas condiciones específicas aún se desconocen, que encara un Milei cada vez más crispado y dispuesto a tensar los límites de la institucionalidad, con un gabinete que deja en evidencia cada vez más debilidades en materia de gestión en tiempos de turbulencias, y en el marco de un contexto de conflictividad social creciente.

Aunque Milei siga jactándose de haber "domado" la inflación y de haber puesto en marcha el plan de estabilización "más exitoso de la historia" lo cierto es que la incertidumbre está lejos de disiparse. Ni las señales del gobierno a los mercados, ni la cercanía con el "amigo" Trump, ni la predisposición del FMI para el acuerdo, ni la ayuda de diputados del PJ para "blindar" el decreto que autoriza al gobierno a negociar, ni los gestos de lideres europeos como Macron, son suficientes para disipar las grandes incógnitas que comenzarán a develarse en los próximos meses.

El mercado cambiario vuelve a tensionarse ante la desconfianza y las expectativas de los mercados: en el corto plazo, respecto a la continuidad del crawling peg, y en el mediano plazo, sobre cuál será la fórmula "acordada" con el FMI para salir de la "trampa cambiaria". A la peor racha vendedora para el Banco Central desde que Milei se sentara en el "sillón de Rivadavia" (con la promesa precisamente de eliminar esa institución), se le suman las presuntas desavenencias o desinteligencias entre el propio Milei y el equipo económico ante lo que sería una inminente modificación del esquema cambiario: flotación sí no y, en caso de flotar, de qué tipo de flotación hablamos y en qué bandas.

Y, de más está decir, que estos interrogantes no solo adelantan un inevitable clima de turbulencia cambiaria y de incertidumbre en un contexto ya teñido de clima electoral, sino que vuelven a agitar el fantasma de la devaluación cuya sola mención fastidia al gobierno o, alternativamente, un salto abrupto producto de la reacción de los mercados al propio cambio de régimen.

Lo cierto es que aunque al gobierno y a un presidente que no ahorra fanfarronerías no le guste, el escenario que avizoraba a principios del año, donde confiado en el éxito contra la inflación y en el logro del equilibrio fiscal, sin grandes presiones externas, con una oposición aletargada, y picos de popularidad altísimos, creía que no había apuro alguno para recurrir a el FMI ya que la supuesta solidez de su programa le permitiría desmontar el cepo con tranquilidad y en un escenario económico y político propicio, ya no existe. En otras palabras, era un tema a abordar tras las elecciones legislativas.

Sin embargo, pasaron cosas. Primero, el retorno del "amigo" Trump, con sus políticas proteccionistas, restricciones arancelarias y guerras comerciales, son factores que inevitablemente ponen presión sobre las mermadas reservas, como garantía frente a las vulnerabilidades externas. Segundo, el terreno farragoso inaugurado en Davos, con varios hitos como el cripto-gate, la polémica decisión de nombrar jueces por decreto, la represión en el Congreso, y otras heridas en la inmensa mayoría de los casos autoinfligidas, no parecen ser buenos indicadores de confianza para capear los temporales. Tercero, y quizás lo más importante para un presidente susceptible a las "heridas narcisistas", una tendencia que comienza a vislumbrarse en los estudios de opinión pública: una situación en la que si bien no hay un declive pronunciado del apoyo al presidente, se registra un aumento sostenido e importante del pesimismo respecto al futuro.

Así las cosas, un presidente que cimentó su poder y construyó gobernabilidad a partir de la generación de expectativas positivas respecto a un "futuro" que prometía alejarnos del patrón de frustraciones acumuladas, las recurrentes promesas incumplidas y la profunda decadencia de los que gestionaron el "pasado", hoy comienza a padecer un "presente" en el que se multiplican los conflictos a la par que se amplifican los interrogantes respecto a cómo podría impactar lo cambiario sobre una economía real que, aún pese a la caída de la inflación, se percibe cada vez más tensionada.

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