Editorial
El espejismo de la victoria
Por Gonzalo Arias
El presidente y sus más leales adláteres parecen minimizar la magnitud de los desafíos, justificando el activismo de algunos gobernadores y legisladores otrora aliados a las necesidades electorales.

En las filas del oficialismo nacional están convencidos no solo de que en las elecciones legislativas nacionales de octubre conseguirán un contundente triunfo que ratificará el rumbo y generará las condiciones para la profundización del proyecto libertario, sino también de que dicha victoria oficiará como el revulsivo definitivo para la demorada reorganización y reconfiguración del sistema político argentino a pedir de los intereses libertarios.

Una mirada a todas luces tan voluntarista como ingenua y peligrosa. No solo porque ni siquiera el triunfo más contundente en las urnas le dará al oficialismo libertario una mayoría legislativa en las dos cámaras del Congreso Nacional, sino porque es muy poco probable que la victoria tenga una suerte de efecto ordenador, menos aún disciplinador, de la oposición en un contexto donde no solo el escenario macroeconómico sino más aún el micro amenaza con complicarse.

Si hablamos de la relación entre oficialismo y oposición el presente ya luce por cierto bastante complicado, algo que difícilmente cambie sustancialmente luego de las elecciones de octubre, sumando más incertidumbre y amplificando los interrogantes de cara al segundo tramo del mandato de Milei.

Desde hace ya varias semanas, no solo la oposición más dura desafía al presidente en el Congreso, sino que incluso los sectores otrora más dialoguistas se le animan al gobierno. Y ya no solo el Congreso Nacional es el escenario privilegiado de esa disputa, ya que ahora los gobernadores comienzan a jugar fuerte, y no solo indirectamente por los legisladores que les responden, sino a través de un inédito acuerdo para redistribuir fondos coparticipables.

¿Qué fue lo que pasó? En el caso del peronismo, y más aún en los sectores del pankirchnerismo, la condena de Cristina Fernández tuvo una suerte de efecto galvanizador, reforzado por la inminencia del proceso electoral, y el inevitable proceso de reorganización de cara a un 2027 que ya no parece tan lejano, ni temporal ni políticamente hablando. En el caso de la oposición más dialoguista, más allá de la necesidad de posicionarse frente al escenario electoral y blindar sus territorios, parece haber comenzado a tallar el desgaste y la fricción al que constantemente los ha sometido una estrategia libertaria caracterizada por el destrato y la poca generosidad para sus aliados, y que ahora se materializa en la exclusión de cualquier política de alianzas en el plano provincial.

La prepotencia libertaria se consolida de la mano de la intransigencia de una estrategia electoral del "karimenemismo" que parece imponerse definitivamente al pragmatismo del consultor presidencial Santiago Caputo. El objetivo es claro: consolidar La Libertad Avanza como "marca" nacional, proyectando la imagen de un espacio con identidad propia y contornos nítidos, aún a expensas de sacrificar alguna potencial victoria en algunos distritos, lo que implicaría además resignar posibles legisladores propios en un contexto en donde lo que suceda en el Congreso será cada vez más gravitante.

La mira de Milei y los armadores que ya parecen hegemonizar la estrategia electoral nacional de LLA parece apuntar de lleno al 2027. El problema es más que evidente: para pensar en 2027, primero hay que llegar. Un desafío en absoluto menor, con muchas aristas y complejidades crecientes, que lejos estará de distenderse tras el resultado del próximo 26 de octubre.

Paradójicamente, no será la victoria en octubre lo que esté en riesgo -aún frente a ciertas desprolijidades fruto de la voracidad libertaria e improvisaciones producto del amateurismo de algunos armadores- , sino la propia gobernabilidad y sostenibilidad del proyecto libertario de cara al segundo tramo de la gestión. Una victoria que seguramente podrá ser explicada por el importante apoyo que el gobierno mantiene en amplias franjas de la opinión pública, pero al que también habrá coadyuvado una oposición todavía muy desconcertada, fragmentada y carente de liderazgos aglutinantes.

Pero, más importante aún, una victoria que no le despejará a un gobierno poco afecto al diálogo y la construcción de consensos, el camino en un Congreso que será central para darle sostenibilidad al proyecto libertario. Es que ya sin la recurrente herramienta de la "emergencia" a la que han apelado los sucesivos gobiernos, con la motosierra ya casi sin material que destruir, y con la delegación de facultades de la ley de bases ya agotada y con muy escasas probabilidades de ser restituida en un escenario futuro, el gobierno necesitará del concurso del Congreso para aprobar leyes que le den institucionalidad al proyecto.

Leyes que no solo necesitará para afrontar los desafíos de un modelo de estabilización macroeconómica que ya comienza a mostrar sus límites (dólar barato como anclaje inflacionario y sin acumulación de reservas), sino para lograr acomodar una microeconomía que no arranca y horada las condiciones de vida de millones de argentinos. Leyes que, además, el propio gobierno comprometió en el acuerdo con el FMI (impositivas, laborales y previsionales), y que parecen ser también la "prueba de fuego" de los grandes inversores que, aun elogiando entusiastamente las políticas de liberalización, desregulación y apertura del gobierno, han sido reacios a apostar en "oportunidades" de inversión más allá del cortísimo plazo.

Sin embargo, el presidente y sus más leales adláteres parecen minimizar la magnitud de estos desafíos, justificando el activismo de algunos gobernadores y legisladores otrora aliados a las necesidades electorales y a cierto "malestar" producto del avance libertario en sus distritos y la restricción de fondos provenientes de las arcas nacionales. Según esta tesitura, estas desavenencias y escaramuzas son entonces producto de las tan lógicas como transitorias fricciones preelectorales.

Lo cierto es que el oficialismo ya está en modo "resistencia" en el Congreso, con iniciativas que difícilmente pueda parar, y con potenciales vetos que en algunos casos no lograría blindar legislativamente. Esto, en el marco de un proceso de profunda degradación del debate, creciente radicalización, e intransigencia -casi convertida ya en intolerancia- ante quienes piensan diferente, que no solo tiene efectos concretos sobre la institucionalidad presente, sino que proyecta un escenario de mayor incertidumbre y creciente conflictividad de cara al futuro. En este marco, parece difícil no imaginar que las bochornosas y dantescas escenas que se vieron en el Congreso por estos días no se multipliquen, aún con una nueva configuración legislativa con mayor representación libertaria.

Así las cosas, difícilmente un gobierno que aún ante los enormes desafíos de corto y mediano plazo acelera con una peculiar y arbitraria batalla "cultural" que no solo exacerba los antagonismos y aleja potenciales aliados, sino que genera condiciones para que una potencial crisis económica acelere y espiralice el rechazo ciudadano, parece confiar ciegamente en el poco probable escenario de que una victoria electoral, aún una contundente, diluya resistencias y discipline a los hoy díscolos aliados, derrumbado las ultimas barreras del "viejo orden" para consumar el sueño hegemónico de Milei.


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