Sin la posibilidad de mostrar resultados concretos y palpables en el bolsillo de los ciudadanos de a pie antes de las elecciones, el problema radica en la credibilidad del propio presidente. |
La efectividad de una estrategia electoral no se mide exclusivamente por su consistencia, su originalidad, su creatividad, el carácter potencialmente persuasivo de sus mensajes, las emociones que moviliza, o la adecuada coordinación entre medios y fines, entre otros factores intrÃnsecos a todo buen diseño estratégico.
Es que jamás deberÃa nunca perderse de vista que sobre esa suerte de "hoja de ruta" que marca que es lo que deberÃa hacerse para conseguir los objetivos, que es lo que conocemos como la "estrategia", van a intervenir otros múltiples actores, con diversos posicionamientos y aspiraciones, todos ellos con sus propias estrategias, en un contexto en el que, además, permanentemente aparecerán circunstancias y elementos no previstos. Alguna de estas contingencias, como evidencia el proceso electoral actual, pueden tener potencialmente impactos decisivos.
Por ello, suele decirse que la lógica de la estrategia es "dialéctica", en tanto las acciones a implementar por una campaña para alcanzar los objetivos planteados deben siempre contemplar no solo las reacciones de los adversarios que pueden potencialmente obstaculizar los resultados buscados, sino también contemplar "ajustes" frente a la aparición de hechos o temas originalmente no previstos, circunstancias inesperadas y desplazamientos en la agenda y los temas gravitantes.
Resulta evidente que en la campaña electoral que en apenas 25 dÃas confluirá en una votación crucial para el gobierno y el paÃs, las principales campañas se vieron interpeladas por este carácter dialectico de la estrategia, viéndose obligadas a reconfigurar o ajustar aspectos claves, lo que en algunos casos -fundamentalmente en el caso del oficialismo- llevó caso a una reformulación integral de la estrategia original. Una decisión drástica y no exenta de altÃsimos riesgos ya avanzado el calendario electoral, aunque muchas veces inevitable.
Un gobierno que venÃa envalentonado tras el contundente triunfo porteño de mayo, aún ante una situación económica que no terminaba de estabilizarse, decidió profundizar la estrategia de polarización con el kirchnerismo, con un doble propósito. Por un lado, azuzar el temor ante el potencial retorno de dicha expresión polÃtica, lo que motivaba declaraciones altisonantes como la de "poner el último clavo en el ataúd del kirchnerismo", "kirchnerismo nunca más", y otras exageraciones habituales en el repertorio libertario. Por otro lado, al tiempo que buscaban apelar al miedo como factor de movilización electoral, la "construcción" de un adversario excluyente resultaba funcional para el despliegue discursivo del denominado "riesgo kuka" como supuesto factor explicativo de las turbulencias cambiarias y la incertidumbre económica.
Este dispositivo narrativo implosionó con la debacle electoral en la provincia de Buenos Aires. Una derrota que, tanto por las altas expectativas que el oficialismo habÃa cifrado en esos comicios locales como por la magnitud de la derrota (casi 14 puntos), impactó fuertemente en los mercados, profundizando ya no solo la incertidumbre y volatilidad que suele registrarse en escenarios preelectorales, sino generando desconfianza respecto a la gobernabilidad, la sostenibilidad del programa económico e, incluso, la capacidad del gobierno para afrontar los vencimientos de deuda en 2026.
El efecto de dicha derrota espiralizó un clima negativo para el gobierno que lo ponÃa contra las cuerdas a escasas semanas de las elecciones legislativas nacionales. A la previsible reacción de los mercados (presión sobre la banda superior del sistema de flotación del dólar, desplome de bonos y acciones, marcada suba del riesgo paÃs), se sumaban la caÃda de los niveles de aprobación del gobierno, la imagen presidencial y la erosión de expectativas, el impacto de los presuntos escándalos de corrupción, la proliferación de internas al interior del oficialismo, la evidencia de una larga saga de errores no forzados y daños autoinfligidos, y, sobre todo esto, el profundo deterioro objetivo de la situación socio-económica.
Lo cierto es que tras varios amagues de autocrÃtica y las declaraciones de ratificación del rumbo económico, las turbulencias cambiarias se profundizaron a tal punto de que el equipo económico activó contactos en los Estados Unidos que derivaron en un inusualmente rápido respaldo polÃtico de dicho paÃs, que, tanto a través del propio Trump como el Secretario del Tesoro, Scott Bessent, incluyó la promesa de una asistencia financiera cuyos alcances, condiciones y plazos aún no están claros.
Tras el respiro inicial que produjo el anuncio estadounidense, a lo que se sumó el rápido ingreso de dólares por la polémica baja transitoria de retenciones, el oficialismo -tras varios dÃas de desconcierto- pareció reaccionar con un viraje estratégico. Lógicamente, una operación en absoluto fácil, no solo por el complejo escenario socioeconómico, sino también por obstáculos insalvables, fundamentalmente una deficiente arquitectura electoral que llevó a privilegiar armados propios en provincias donde hubiesen podido acordar con los gobernadores y, adicionalmente, la selección de candidatos que -en la inmensa mayorÃa de los distritos- no solo son poco conocidos sino también poco atractivos a los ojos del electorado.
En este marco, aunque sin resignar elementos polarizadores, la dicotomÃa "kirchnerismo o libertad" -y sus variantes- dio lugar a una narrativa que pretende mostrar a un presidente más empático o comprensivo con los cada vez más ciudadanos que no llegan a fin de mes. AsÃ, con la apelación a votar para que "el sacrificio valga la pena" y "Argentina no retroceda", el oficialismo busca recrear expectativas, volver a acercarse a los votantes blandos frustrados por las perspectivas económicas pero refractarios al peronismo, y proyectar la imagen de que -como señaló el propio Milei- "lo peor ya pasó".
Una operación que incluye, además, la decisión de que sea el propio Milei quien asuma la centralidad de la campaña, ya no con la intención de apuntalar a los desconocidos candidatos locales, sino directamente para procurar convertirse en el factor gravitante de la elección.
El escenario se avizora complejo para el oficialismo, máxime si se cotejan las perspectivas con las altÃsimas expectativas que habÃa generado un gobierno que esperaba que el 26 de octubre el paÃs se "pintara de violeta" con una meta autoimpuesta de votación bastante por encima del 40% que gatillarÃa lo que Milei calificó en repetidas oportunidades como "efecto alineamiento". En otras palabras, un resultado tan contundente que, más allá de la aritmética en lo que respecta a la integración de las cámaras, generarÃa una suerte de disciplinamiento u ordenamiento de lo polÃtico que, siempre según el razonamiento libertario, es el responsable exclusivo de las turbulencias e incertidumbres reinantes.
El problema para Milei es, entonces, mayúsculo. No solo porque resulta difÃcil una mayor tolerancia al sacrificio tras dos años de brutal ajuste y porque para muchos votantes resulta poco convincente la afirmación de "que lo peor ya pasó", sino fundamentalmente porque resulta difÃcil asignar la responsabilidad de muchas de las cosas que han venido sucediendo -improvisaciones, mala praxis, excesos de confianza, errores de cálculo, contradicciones, internas a cielo abierto, denuncias de presunta corrupción, recortes en áreas sensibles y con alta legitimidad ciudadana y, lógicamente, la situación socioeconómica- a factores externos, cuando el presidente ya lleva casi 20 meses de gestión.
Con la confianza en el gobierno, la aprobación del gobierno y la imagen presidencial en una tendencia a la baja sostenida, y sin la posibilidad de mostrar resultados concretos y palpables en el bolsillo de los ciudadanos de a pie antes de las elecciones, el problema radica en la credibilidad del propio presidente. El riesgo de asumir el protagonismo excluyente de la campaña en ese escenario de erosión de confianza es a todas luces evidente: movilizar el voto protesta, ofreciéndole a los votantes la posibilidad de castigar directamente al gobierno en la figura de un Milei que -en la mayorÃa de los distritos- parece sustituir a los diversos candidatos locales.
Asà las cosas, un gobierno tan afecto a los prematuros triunfalismos como proclive a la improvisación constante, encara el último tramo de la campaña hacia unas elecciones legislativas a las que el mismo presidente se encargó de subirle el precio convencido de una segura victoria, con escaso margen de maniobra y una merma importante en la credibilidad que pareciera necesaria para apuntalar el mencionado viraje estratégico, aferrándose al salvataje del amigo americano no solo como recurso para poder sortear la volatilidad actual sino como un dudoso activo electoral.
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