Editorial
Ecos del silencio
Por Gonzalo Arias
Pareciera difícil pensar en que el escenario de octubre sea tan diferente al que se viene planteando en la gran mayoría de las elecciones provinciales.

El ausentismo sigue siendo una constante conforme avanza el extenso cronograma electoral en las provincias, sembrando grandes interrogantes con respecto al impacto que ello podría tener sobre las elecciones legislativas nacionales del todavía lejano 26 de octubre.

El pasado domingo fue -nuevamente- el turno de la provincia de Santa Fe, donde se registraron los peores niveles de participación desde el retorno de la democracia: solo el 52% del padrón provincial acudió a las urnas, en un fenómeno que fue aún más marcado en las principales ciudades como Rosario y la capital santafesina. Y, algo más preocupante aún: no solo fue más bajo que en las elecciones constituyentes de abril, sino incluso que en la previa elección primaria abierta, simultánea y obligatoria (PASO) realizada el 19 de abril, donde la concurrencia alcanzó el 55%.

Un escenario tan inédito como preocupante por donde se lo mire, no solo por el récord histórico, que se consumó tras una sorprendente caída de tres puntos porcentuales respecto a la participación de las PASO, sino también por su especial impacto entre los jóvenes de 20 a 30 años, y que encendió las alarmas entre los distintos sectores políticos, no solo de la provincia santafesina.

Es que el fenómeno de la baja participación viene replicándose en todos los distritos con respecto al registro de las elecciones legislativas de 2021: en la Ciudad de Buenos Aires, con una caída de 20 puntos en las elecciones de mayo; seguidas por Chaco, con 14 puntos, San Luis, con 12 puntos, y Salta y Jujuy, con 5 puntos.

En este marco, no llama la atención que lo ocurrido en Santa Fe haya sido seguido muy de cerca por los estrategas libertarios que operan desde las entrañas de la Casa Rosada. Un interés que denota la preocupación en relación a la alta probabilidad de que un escenario similar se replique no solamente en las elecciones bonaerenses anticipadas de septiembre, sino también en las legislativas de octubre.

Y, lógicamente, el interrogante vinculado al impacto que esto podría tener sobre los resultados y la definición de ganadores y perdedores frente no solo a la ya consolidada tendencia a una bajísima concurrencia a las urnas en este 2025, sino frente a unos resultados porteños y rosarinos que parecen contradecir la vieja y extendida máxima electoral que reza que la baja participación es funcional a los oficialismos locales (lo que se registró en las otras citas electorales provinciales), que se apalancan en la capacidad de movilización de aparatos partidarios y el control de los resortes estatales para sacar ventaja frente a la apatía y desinterés de los votantes independientes.

Sobre estos datos y antecedentes porteños y rosarinos se monta el optimismo del oficialismo nacional de cara a las elecciones bonaerenses de septiembre y unas generales de octubre que el propio gobierno convirtió en un plebiscito de su gestión. Respecto a los comicios bonaerenses, en las terminales libertarias se ilusionan con que una potencial persistencia del abstencionismo, en un escenario que -a diferencia del de "tercios imperfectos" santafesino- se perfila marcadamente polarizado, no solo puede ser favorable a sus objetivos electorales sino que podría conspirar contra las chances de "supervivencia" para terceras fuerzas. Y ello, en el marco de las "negociaciones" en curso con el PRO, implica "bajarle el precio" a los intendentes del partido fundado por Macri en función -siempre según con esta lectura- de lo que asomaría como un devaluado poder territorial.

Si en octubre, por el contrario, aumentara el nivel de participación de la mano del éxito de la estrategia plebiscitaria oficialista o el poco probable reverdecer de un peronismo atravesado por las internas, llegara a subir la participación, habrá que analizar en profundidad lo que podría ser una apatía que potencialmente impactaría más a nivel local que nacional, y que podría interpretarse como un emergente más complejo cuya explicación no estaría únicamente vinculada al rechazo a la política asociada al fenómeno de Milei, tal como suele pensarse mayoritariamente hoy.

Lo cierto es que a priori pareciera difícil pensar en que el escenario de octubre sea tan diferente al que se viene planteando en la gran mayoría de las elecciones provinciales, más aun teniendo en cuenta que al cada vez más magro interés que generan las elecciones legislativas se podría sumar la poco atractiva oferta de candidatos, un malestar con la política que no parece menguar, y una economía real (la del bolsillo) que comienza a horadar expectativas y puede convertirse en una variable de desmovilización electoral.

Habrá que ver, de perfilarse este escenario, si Milei es quien sigue capitalizando el descontento a nivel nacional, o si la persistencia de la apatía y el enojo en un contexto de degradación de las expectativas económicas de los votantes, no acaba por generalizar la crisis de representación y afectar a un oficialismo que hasta ahora ha azuzado las emociones negativas respecto a la política como activo político-electoral.

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