Editorial
Empanadas, colchones y consumo
Por Gonzalo Arias
La polémica por los dichos de Darín expuso un problema clave del programa económico: la pérdida de poder adquisitivo real de los salarios es palpable en amplias franjas de la ciudadanía.

Ricardo Darín, invitado hace unos días a la tradicional mesa de Mirtha Legrand para continuar con la promoción de la exitosa adaptación para Netflix del Eternauta, la genial historieta de Oesterheld, se refirió a la situación económica del país y, más concretamente, a lo caro que resulta vivir en la Argentina y lo poco razonable de algunos precios que no solo parecen alejados de cualquier estructura de costos sino que incluso no resisten la más mínima comparación con los estándares internacionales.

Lo que siguió después de la alusión de Darín a la sorpresa e indignación que le había generado pagar $48.000 por una docena de empanadas fue, sin lugar a dudas, una evidencia no solo del crispado clima político y de la naturaleza y degradación del debate, sino de algunos límites del programa económico del gobierno nacional.

Más allá de que el consagrado actor argentino eligió un ejemplo que, quizás, no haya sido ni el más contundente ni el más preciso, ni el observador más desprevenido de la realidad argentina podría aducir que no entendió lo que quiso decir. Que a un porcentaje importante le cuesta llegar a fin de mes, que muchísimas familias han recortado o restringido gastos básicos y que, aunque resulte innegable la importantísima baja de la inflación, muchos trabajadores informales, jubilados, autónomos, monotributistas o de ingresos fijos no perciben ese alivio en sus economías domésticas.

En definitiva, un segmento de la población que no es la que paga ni va a pagar ese precio por una docena de empanadas que, por cierto, Darín está en todo su derecho de disfrutar con lo obtenido por su exitosa carrera electoral. Por eso, la cuestión no pasa por el absurdo debate generado en algunos medios con respecto a cuál es el "precio" de la docena de empanadas, ni por la elección del actor de "validar" lo que muchos puedan percibir como un precio absurdo para un producto caro a las tradiciones argentinas.

¿No es eso acaso la ley de oferta y demanda que defiende el liberalismo?, más aún, ¿no es esa la libertad de la que se jacta ser defensor el propio presidente? O, lo que es más inquietante aún, ¿hay un doble rasero en términos de libertades, no solo según quien sea el que hable, sino incluso de si se trata de libertad económica o libertad política?

No fue casual, en este marco, la destemplada, peyorativa y displicente respuesta del ministro de Economía, Luis "Toto" Caputo, en una entrevista concedida a un periodista "amigable" para, supuestamente, conversar sobre el paquete de medidas para sacar los "dólares del colchón". En primer lugar, porque viene de un funcionario que no se ha destacado nunca por sus habilidades comunicativas, pero que desde el acuerdo con el FMI luce envalentonado y procura replicar el estilo agresivo del presidente en general, y sus diatribas contra periodistas, intelectuales y artistas en particular. Y, en segundo lugar, porque fue obvia la simultaneidad entre la crítica de Darín y el anuncio de medidas que, más allá de la narrativa oficial, no solo han sembrado dudas sino que iluminan algunos aspectos del proyecto oficialista que el gobierno pretende -como mínimo- "camuflar".

En este marco, tras la aparente reacción espontánea en las redes sociales, y las posteriores intervenciones de Caputo y otros referentes del gobierno, subyace la intención de desviar el debate hacia temas como el precio de las empanadas o el rol de los artistas (asimilados implícita o explícitamente al kirchnerismo), para eludir el impacto del mensaje de fondo: no solo los efectos de la crisis económica y social en el presente, sino sobre las perspectivas y expectativas del futuro económico.

Es que aún con la inflación nuevamente a la baja -y que al decir del propio presidente va camino a "colapsar"- como gran activo para encarar la campaña electoral de cara a octubre, la pérdida de poder adquisitivo real de los salarios es palpable en amplias franjas de la ciudadanía. No porque lo diga Darín, ni porque el precio de la docena de empanadas esté por las nubes, sino por la erosión de los salarios en términos reales, el tope a las paritarias, la política previsional y, sobre todo, por una reactivación económica que es muy desigual según los sectores y que no "derrama" en muchísimos segmentos de la población.

Por ello, las medidas que buscan incentivar la salida de los dólares del "colchón" tienen un objetivo mucho más urgente que el de robustecer las reservas del Banco Central que reclama el FMI: incentivar un consumo que no arranca, porque muchos no llegan a fin de mes con los salarios e ingresos que perciben, aún en el escenario de desinflación. La solución, entonces, no pasa por mejorar salarios o incrementar la competitividad de la economía, sino por "facilitar" que los pequeños ahorristas puedan reventar los magros ahorros que pudieron preservar de las recurrentes crisis y turbulencias.

Lo cierto es que al gobierno parece molestarle que se lo señalen, como parecen molestarle las críticas de cualquier índole, a tenor de los renovados y cada vez más virulentos ataques a los periodistas que se multiplicaron en los últimos días desde las cuentas en las redes sociales del presidente y varios referentes libertarios. En esa línea se entiende la desmesura contra Darín, en una deriva de inocultable tufillo autoritario que el propio arzobispo porteño, García Cuerva, abordó en su homilía en el tedeum del 25 de mayo, cuando denunció que se han "pasado todos los límites", en un contexto en que "la descalificación, la agresión constante, el destrato, la difamación, parecen moneda corriente".

Así las cosas, mientras el discurso del gobierno se endurece para potenciar la narrativa de cara a las elecciones, se alimenta el círculo vicioso que vincula un dólar barato que ayuda a mantener a raya la inflación y crear una ilusión de salarios comparativamente altos en dólares, pero a costa de procrastinar una necesaria, más amplia y mejor distribuida (entre sectores, y al interior de estos) reactivación económica que evite la erosión de los salarios, la destrucción del tejido productivo, y la emergencia de problemas de empleo. 

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