Editorial
El voto negativo
Por Gonzalo Arias
La apelación a votar "contra" la casta ha logrado ofrecerle a muchos ciudadanos desencantados, hastiados, enojados o frustrados, una "razón de voto".

Por más de medio siglo, la indagación sobre las "razones profundas" del voto ha obsesionado a la sociología política, que desde la década de 1940 ha intentado infructuosamente aproximarse a una explicación omnicomprensiva del comportamiento electoral a través de diversos modelos y teorías que pretendían identificar cuál era el factor determinante que estructuraría la decisión electoral.

Sin embargo, hoy sabemos que el voto, el más igualitario de los mecanismos de participación política, refleja y expresa una multiplicidad de emociones, argumentos, demandas, necesidades, pasiones, anhelos, deseos y expectativas: no sólo preferencias partidarias, lealtades políticas o identificaciones ideológicas, ni exclusivamente condicionantes socioeconómicos o determinaciones "clasistas", sino también -por cierto, en cada vez mayor medida- emociones como el miedo, el optimismo o, incluso, frustración, enojo, bronca y desasosiego.

En este marco, la experiencia histórica da cuentas de que en determinadas coyunturas, el voto puede dejar de ser la expresión de una decisión afirmativa para convertirse en un vehículo o herramienta para canalizar emociones asociadas a la negatividad. Así, tras estudiar las campañas presidenciales estadounidenses entre 1952 y 1980, los politólogos Michael Gant y Dwight Davis (1984) formulan el concepto de "sufragio negativo" para describir aquellas decisiones de los votantes que no están orientadas o motivadas por la simpatía hacia alguien o algo (candidatos, partidos o propuestas) sino precisamente por el sentimiento contrario. En este caso, señalan los autores, el voto sería "contra" y no "por".

En momentos en que el "fenómeno Milei" ha conmovido los cimientos del sistema político que emergió en nuestro país tras la recuperación de la democracia, y el desconcierto se generaliza en muchos actores, esta categoría puede erigirse como una herramienta analítica que -junto a otras- puede coadyuvar a una comprensión de por qué casi 7 millones de argentinos votaron por el libertario en las PASO, y por qué seguramente se sumarán varios más.

Aquí es donde gravita el concepto de "casta", probablemente la construcción discursiva más potente en estas elecciones, mucho más relevante a la hora de procurar explicar el voto a Milei que sus propuestas como la dolarización y otras ideas más o menos descabelladas e impracticables. Así las cosas, esta narrativa centrada en un concepto que no es en absoluto nuevo -ya en 1915 Michels acuñaba la "ley de hierro de las oligarquías" para describir el "alejamiento" de los dirigentes de la socialdemocracia alemana respecto a sus representados-, pero que se resignifica a la luz de nuevos acontecimientos que generan un verdadero clima de "fin de ciclo", sin dudas se ha revelado como muy efectiva.

Es que, independientemente del resultado final que consiga el outsider autoproclamado "libertario", la apelación a votar "contra" la casta ha logrado ofrecerle a muchos ciudadanos desencantados, hastiados, enojados o frustrados, una "razón de voto" que se ha revelado como muy potente en el contexto actual.

Joseph Napolitan, quien asesora a Kennedy y decenas de presidentes y candidatos en campañas en todo el continente americano, y considerado el decano de la consultoría moderna, señalaba -haciéndose eco de su propia experiencia- que "es más fácil conseguir que la gente vote en contra de alguien o algo, que lo haga a favor de algo o de alguien". Un axioma que, cuando el contexto da cuentas de una inflación que ya supera el 120% anual, con una moneda devaluada, un Banco Central sin reservas para enfrentar las inestabilidades cambiarias, una inseguridad que no da respiro, y los dos candidatos alternativos son el actual ministro de Economía y una ex funcionaria de la también fracasada gestión anterior, resulta muy revelador.

Aunque pueda resultar tan perturbador como peligroso, lo cierto es que en escenarios de esa naturaleza muy a menudo los candidatos cumplen un papel limitado. No es que no importen, pero más allá de lo que digan o dejen de decir, son la emergencia de algo que va más allá. En otras palabras, es más lo que representan para muchos de los votantes que lo que realmente son. Y cuando, además, esa representación se asienta en conceptos tan amplios, cada individuo le atribuye diferentes significados, lo que permite aglutinar a sectores heterogéneos bajo un mismo paraguas discursivo.

Ello ayudaría a entender no solo la notable transversalidad socioeconómica y sociodemográfica del voto a Milei, sino también el hecho de que muchos de sus votantes lo voten aún sin preocuparse por los alcances de algunas de sus ideas anarcocapitalistas.

Si bien Milei está lejos de tener el camino despejado hacia la Casa Rosada, es indudable que está en una posición inmejorable: domina el centro de la escena, en un contexto de deterioro económico creciente que lo favorece, tiene una narrativa que se ha revelado como muy eficaz, y su candidatura ofrece "razones de voto" que conectan con las emociones de diversas franjas de la población.

A poco más de 30 días de las elecciones generales parece ostentar un posicionamiento privilegiado que será difícil de desarmar, máxime ante un clima en el que el patrón de frustraciones acumuladas ante los sucesivos fracasos de la dirigencia tradicional pareciera marcar una suerte de "fin de época", en el que ni la apelación al miedo de un "salto al vacío" ni la argumentación racional respecto a la impracticabilidad de algunas de las propuestas del libertario parecieran tener ya un efecto significativo.

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