Editorial
Claves del nuevo Congreso
Por Gonzalo Arias
La aprobación del Presupuesto demostró la dicotomía que tiene el oficialismo entre el pragmatismo y la batalla cultural.

Tras la manifiesta mala praxis y los sorprendentes daños autoinfligidos en la Cámara de Diputados en ocasión del debut del "nuevo" Congreso, un oficialismo que lució más pragmático y ordenado en la cámara alta consiguió finalmente aprobar el primer presupuesto desde la llegada de Milei a la Casa Rosada.

La holgura en la votación en el Senado (46 votos a favor, 25 en contra), así como la mayor previsibilidad en el trámite legislativo, y lo que pareció ser una mejor capacidad negociadora y mayor prestancia en materia de gestión política, contrastó fuertemente con lo sucedido en Diputados, donde un oficialismo que tuvo incluso dificultades para conseguir el quorum mostró una llamativa incapacidad para interpretar los escenarios, contener aliados y trazar los límites de lo posible.

No es una diferencia menor, ni tampoco una consecuencia imputable exclusivamente a los atributos y aptitudes de liderazgo de quienes condujeron los procesos en las dos instancias, sino una situación que desnuda dos caras de un oficialismo que, aún luego de la contundente victoria electoral, no solo no termina de delimitar con nitidez los contornos del espacio ni definir y consensuar una estrategia adaptada a las necesidades y las urgencias de un contexto desafiante, sino que se debate entre una actitud más pragmática y gradualista y otra tesitura más intransigente que da cuentas de una voluntad de avanzar a como dé lugar.

En este sentido, lo ocurrido con el presupuesto desnuda diferencias tácticas y estratégicas aún no saldadas en un oficialismo que pareció sobredimensionar los efectos de la victoria electoral de octubre y abrazar aspiraciones hegemónicas y visiones totalizantes. Solo así se explica la actitud tan temeraria como irracional que pareció materializarse en Diputados, al pretender incorporar en el texto de la iniciativa la derogación de las leyes de emergencia pediátrica y de financiamiento universitario que el Congreso ya había sancionado, que habían sido vetadas por el Ejecutivo y, finalmente promulgadas tras la insistencia de ambas cámaras.

Un exceso de confianza y desacople con la realidad que pareció más fruto de un revanchismo por las sucesivas derrotas legislativas del 2025 y una "extorsión" rayana a la humillación para con los hoy aliados que en su momento apoyaron dichas leyes, que una decisión meditada y ajustada a las necesidades concretas del gobierno y a las prioridades de la administración libertaria.

¿Realmente el oficialismo estaba dispuesto a sacrificar su primer presupuesto en el altar de una "batalla cultural" que luce cada vez más ajena a los intereses de la inmensa mayoría de los ciudadanos? Si, como anunciaron voceros del gobierno, el equilibrio fiscal que el oficialismo no está dispuesto a resignar puede garantizarse mediante adecuaciones de partidas realizadas a través de decisiones administrativas no sujetas a control del Congreso, ¿quién y por qué decidió ir por todo, atropellando incluso a quienes estaban dispuestos a colaborar con el oficialismo apoyando un presupuesto de ajuste y recortes, comprometiendo potencialmente una primera victoria legislativa que el presidente necesitaba mostrar como puntapié para una nueva etapa?.

Lo cierto es que los errores no forzados cometidos por el oficialismo en Diputados fueron finalmente enmendados en el Senado, donde un renovado oficialismo bajo la conducción de Bullrich, complementada por el trabajo de Santilli con un puñado de gobernadores, adoptó una estrategia más pragmática que no solo le permitió a los libertarios cerrar un año legislativamente muy difícil con una victoria, sino incluso mostrar que con el volumen parlamentario robustecido por el resultado de las urnas más cierta capacidad de maniobra y disposición para la negociación puede conseguir resultados.

Una actitud, claro está, que implica abandonar o al menos relegar la narrativa anti-casta que tanto rédito le granjeó, a la vez que atemperar el imaginario rupturista y refundacional. En este contexto, frente a una agenda de reformas estructurales que empezará en febrero nada más ni nada menos con la reforma laboral, cabe preguntarse si habrá de imponerse esta lógica que se evidenció en la cámara alta, o si Milei volverá a escuchar a los corifeos de la batalla cultural y los exegetas de la cruzada contra una casta que cada vez está más adentro del propio oficialismo. En concreto, ¿tendrá el oficialismo la misma predisposición que tuvo al acordar con gobernadores peronistas para negociar con sectores del sindicalismo?

Así las cosas, un oficialismo que aun con una oposición fragmentada y desacreditada, con una Cristina presa, asediada por nuevas causas judiciales y casi fuera de juego, y con inédito apoyo de los Estados Unidos, a duras penas pudo aprobar su primer presupuesto, necesitará recalibrar su estrategia y reperfilar su capacidad de gestión en materia política si pretende ya no solo avanzar en su agenda reformista sino enfrentar las consecuencias de un casi inexorable cambio en el humor social frente a una economía que en el 2026 difícilmente pueda experimentar una recuperación a la altura de las expectativas de amplias franjas de la ciudadanía.

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