Editorial
A todo o nada
Por Gonzalo Arias
El gobierno escapó transitoriamente de la situación de extrema fragilidad, pero parece no preguntarse seriamente cómo llegó a esta situación apenas 5 meses después de haber acordado con el FMI.

 Â¿Un "conejo de galera" o un "manotazo de ahogado"? ¿ Un "as bajo la manga" o una jugada desesperada? Estas son, por estas horas, algunas de las interpretaciones con las que oficialismo y oposición se disputan el sentido del "golpe de efecto" que el gobierno consiguió tras el contundente respaldo del gobierno de Trump y el anuncio de la eliminación temporal de las retenciones.

Sin dudas, Milei consiguió oxígeno ante una situación que se había tornado critica, y la respuesta rápida de los mercados insufló bríos de relativa calma en un gobierno que lucía desconcertado y sin capacidad de respuesta.

El dólar bajó y dejó de presionar la banda superior del sistema de flotación, los bonos y acciones subieron y el riesgo país volvió a caer por debajo de los 1000 puntos básicos. El fuerte respaldo político de la administración republicana fue bien recibida por los mercados, aunque más allá de la contundencia del apoyo manifestado por Trump y el Secretario del Tesoro de Estados Unidos, aún se esperan los detalles concretos sobre montos, plazos, modalidades de asistencia y, sobre todo, condiciones.

La ayuda del "amigo americano" no solo llegó casi sobre la hora, sino que expone la gravedad de la situación económica y política que atravesaba -y aún atraviesa- el gobierno. Por eso no deja de llamar la atención como, muy pronto, el alivio dio lugar a manifestaciones de júbilo y euforia por una asistencia que -aunque importante para el gobierno- está lejos de ser la solución a los problemas que enfrentan Milei, su programa económico, y su proyecto político.

Es que más allá de la "letra chica" que habrá de conocerse en los días sucesivos, parece claro que el principal objetivo de esta ayuda excepcional del gobierno de Trump es la de exorcizar el fantasma de un potencial default que se había instalado en el ambiente. Las declaraciones de Caputo respecto a que el Banco Central defendería la banda superior del dólar y las tres jornadas consecutivas en que se quemaron más de 1.000 millones de las ya exiguas reservas, ya no solo generaban dudas sobre la viabilidad de la política monetaria y el esquema cambiario del gobierno, sino sobre la disponibilidad de dólares suficientes para afrontar los importantes vencimientos de la deuda que operarán el año próximo. Eso es lo que vino fundamentalmente a despejar la intervención de Trump, más allá del tranquilizador efecto en el corto plazo sobre un mercado cambiario que estaba bajo tensión extrema.

En este marco, las reacciones de Milei y de Caputo ante el nuevo entendimiento con Estados Unidos son, como mínimo, un tanto desmesuradas. Hablar del comienzo de una "nueva era" es entre temerario e ingenuo: no solo porque aún restan importantes detalles del acuerdo a dilucidar sino porque está más que claro que el apoyo estadounidense podrá tener un impacto positivo en el plano macroeconómico y financiero, pero que nada cambiará en lo que respecta a la economía real. En otras palabras, a poco más de 30 días de unas elecciones nacionales en las que el gobierno -y los mercados- tienen cifradas altas expectativas, nada de lo anunciado impactará en el metro cuadrado de los ciudadanos de a pie, con una economía que no muestra señales de reactivación, sino todo lo contrario.

En este marco, resulta difícil pensar en que esta búsqueda del gobierno de salir "por arriba" del laberinto en el que se había encerrado, pueda tener una traducción directa en el plano electoral. Lógicamente, para los estrategas del gobierno es mucho mejor encarar lo que queda de la campaña sin la tensión cambiaria y las turbulencias en los mercados que venían acechando a Milei tras la derrota en las elecciones bonaerenses, pero pensar que este golpe de efecto pueda generar un shock que renueve expectativas en votantes desilusionados, frustrados o hastiados a solo 30 días de las elecciones parece difícil.

El gobierno escapó transitoriamente de la situación de extrema fragilidad a la que se había deslizado, pero parece no preguntarse seriamente por qué y cómo llegó a esta situación apenas 5 meses después de haber acordado una asistencia extraordinaria del Fondo Monetario Internacional. Nada se dice de las improvisaciones, los errores no forzados, los excesos de confianza, y las heridas autoinfligidas de un gobierno que se obsesionó en mantener el dólar barato para mantener a como dé lugar una inflación baja, que el oficialismo entendía era la "carta de triunfo" en octubre.

Obsesión que llevó al gobierno a implementar un apretón monetario de proporciones gigantescas, a desprenderse de reservas que no se robustecieron cuando estaban dadas las condiciones para comprar, a convalidar tasas de interés incompatibles con la actividad económica e, incluso, a enfriar la economía para conducirla a las puertas de una nueva recesión por segundo año consecutivo. La inflación esta pisada, y muchos electores lo reconocen como un logro del gobierno, pero las expectativas cambiaron en un escenario en donde cada vez más argentino no llegan a fin de mes.

Sin embargo, no solo no hay autocritica ni corrección del rumbo, sino que aún ante el test de la dura realidad, el gobierno proyecta la imagen de que lo asiste una supuesta "razón", de que el presidente tiene una misión de naturaleza casi "mesiánica", y que la profundización tanto del modelo económico como de la gestión política habrán de conducir a los argentinos a la "tierra prometida".

Lo cierto es que en apenas un mes se conocerá cual es el nivel de adhesión de LLA a nivel nacional y cómo se configurará la nueva dinámica de fuerzas en ambas cámaras de un Congreso que hoy viene golpeando con dureza al gobierno. Y lo peligroso en términos de gobernabilidad es que el oficialismo, al igual que lo hizo en las elecciones bonaerenses, sigue subiéndole el precio a lo que podría ocurrir en las urnas, aun cuando las encuestas comienzan a mostrar una erosión de las expectativas ciudadanos, una caída en los niveles de aprobación gubernamental e imagen presidencial, y un escenario de intención de voto mucho más disputado que el que se avizoraba hace apenas unos meses atrás.

Así las cosas, el gobierno seguramente intentará aprovechar el golpe de efecto para recuperar la iniciativa e intentar desplegar una narrativa que transmita la idea de que volviendo a apoyar electoralmente a LLA, aunque aún haya más "sacrificios" que hacer, habrá de traer mejoras futuras en la calidad de vida de los argentinos. En definitiva, un intento de recrear expectativas como herramienta para volver a movilizar y alinear a los votantes que el 7 de septiembre se quedaron en sus casas: una apuesta de riesgo que implica repetir la lógica de convertir las elecciones en un escenario de "todo o nada", con el agravante de que esta vez el gobierno pretende jugar agresivamente en una mesa en donde cada vez es más evidente que se queda sin fichas.

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