Editorial
6 interrogantes, 6 meses de gestión
Por Gonzalo Arias
Si el gobierno no logra renovar expectativas a partir de logros concretos, la paciencia comenzará seguramente a desinflarse.

A seis meses de haber llegado sorpresivamente al poder, el presidente Javier Milei choca una y otra vez con una realidad que se muestra irreductible no solo a las transformaciones radicales que propugna sino también a las metodologías empleadas para alcanzarlas.

En el contexto de una de las peores semanas del gobierno, marcada por una profunda crisis ministerial que comenzó con la poco explicada salida del jefe de gabinete Nicolás Posse y siguió con el escándalo que todavía salpica a la superministra de Desarrollo Humano, Sandra Pettovello, muchas de estas limitaciones se evidenciaron con particular crudeza, generando una miríada de interrogantes que se ciernen sobre la profunda incertidumbre reinante.

En primer lugar, que el presidente está más empeñado en construir su imagen como referente de la derecha y la "libertad" en el plano internacional, que en erigirse en un gobernante con capacidad y credibilidad para enfrentar la dramática situación argentina. Un problema que se acrecienta si se tiene en cuenta que los altos niveles de aprobación que aún conserva Milei están más anclados en la esperanza en torno a su figura que en la performance de su gobierno.

En segundo lugar, y estrechamente vinculado a lo anterior, se evidencia un hiato cada vez mayor entre el relato presidencial y las realizaciones concretas de su gobierno. Y, es aquí donde se conjugan las concepciones y el estilo de liderazgo de un presidente que se desentiende de los asuntos de la gestión y se aísla cada vez más, replegándose sobre apenas un puñado de personas de confianza con quienes mantiene un trato cara a cara, con la manifiesta inexperiencia y debilidad de un gabinete que nunca terminó de completarse y que, en muchos casos, está paralizado por la falta de directrices políticas, por el miedo a despertar la ira del propio Milei, y por las intrigas y ambiciones desatadas.

En tercer lugar, resulta cada vez más peligrosa e ingenua la visión presidencial de una suerte de transparencia entre economía y política, una concepción que pareciera esperar que el ordenamiento en el plano económico (algo habría de producir automáticamente cambios en lo político. En otras palabras, que una transformación radical de lo económico produciría una especie de "modernización" de la política que habría de acabar finalmente con la dirigencia tradicional, remora del pasado de decadencia que se estaría dejando atrás.

En cuarto lugar, el manifiesto déficit político del gobierno, que se agiganta tanto por lo ambicioso del proyecto como por pretendida intransigencia presidencial. Una limitación que parece derivar tanto de la inexperiencia de muchos de los miembros del gobierno para entender las dinámicas del sistema político, relacionarse con sus principales actores, y construir los necesarios consensos, como de la recurrente manifestación de desdén y rechazo del propio Milei a una actividad que dice repudiar y asociar a la tan mentada "casta".

En quinto lugar, una particular "batalla cultural" que pareciera concebir al Estado como principal enemigo, calificado por el propio Milei como una "asociación criminal". Una flagrante contradicción entre la obsesión y empeño por destruir el Estado, y la evidencia de la vital importancia de las capacidades estatales para afrontar los problemas estructurales del país. Seguramente, ni Adam Smith ni Friedrich Hayek pensaron que alguien llevaría tan dogmáticamente adelante las ideas de la "mano invisible" o el "orden espontaneo", para deslizarse casi a una posición anarquista.

Y, en sexto lugar, los indicios de que aunque todavía cuenta con importantes niveles de respaldo, es altamente probable que las cosas comiencen a complicarse conforme se diluye progresivamente el peso de la dramática herencia recibida y el gobierno de Milei comienza a escribir un pasado propio por cuyos resultados puede y podrá ser evaluado.

Así las cosas, si el gobierno no logra renovar expectativas a partir de logros concretos, la paciencia comenzará seguramente a desinflarse frente a un horizonte en el que la recuperación económica puede ser más larga que lo esperado, y un estancamiento en la caída de la inflación en el contexto de un escenario recesivo podría desarmar la sensación de que "el sacrificio vale la pena".

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