Hacemos por Córdoba
La compleja misión de enterrar al cordobesismo
Por Gabriel Silva
La búsqueda de su propia épica y los dardos al pasado con una convivencia incómoda, la de Schiaretti.

Hace exactamente un año en esta columna el disparador fue si el 2025 iba a ser el año de la emancipación del cordobés Martín Llaryora con respecto al peso de su antecesor y uno de los socios fundadores del cordobesismo, Juan Schiaretti. Y, de alguna manera, el desenlace del año electoral dejó al heredero con más volumen político que el del exgobernador que terminó expuesto con el duro traspié de octubre y que, además, fracasó en su intento de convertirse en el ingeniero y líder de esa tercera fuerza que es Provincias Unidas.

Una cooperativa de centro que aún ensaya de qué manera tallará en las discusiones que se vienen dentro del Congreso para el 2026.

Por lo que no fue raro la manera en la que Llaryora aceleró en el último trimestre del año con el control absoluto del joystick y que se reflejó con profundos cambios en la Justicia, con una reforma jubilatoria en cuyo discurso de presentación el propio gobernador aprovechó para enviar dardos al pasado -de propios y extraños- y con un reseteo en los nombres que tienen la misión de darle una inyección política a la gestión.

Quizá, por eso la contundencia en el mensaje de la última reunión del gabinete del 2025: "el tiempo de la gestión y la velocidad están bien, ahora viene la hora de la política, del territorio. El que no entienda que no alcanza con acelerar un trámite apretando un botón en el escritorio y que es necesario salir a la calle y estar cerca de la gente, se tendrá que ir". Palabras más, palabras menos ese fue el mensaje y la cuenta regresiva para todos los funcionarios cordobeses ya arrancó y lleva un asterisco en la agenda en el mes de marzo.

Mano dura de Llaryora: prohíbe trapitos y limpiavidrios, e impone multas a los antivacunas

Ahí será el relanzamiento de la gestión del cordobés y donde, además, tendrá un panorama más claro en su relación -financiera, en política lo tiene claro- con Casa Rosada. Es decir, Llaryora sabe que el último tramo de lo que pretende sea su primera gestión le tocará gobernar con la propia, sin ayuda de Nación.

Pero allí, en la búsqueda de su reelección hay algo que asoma como el escollo de mayor dificultad: enterrar al cordobesismo, sepultarlo. Desde su época de intendente el gobernador detesta el término y, en confianza, siempre fue detractor del alambrado que tejieron De la Sota y Schiaretti. Sin embargo, sabe que, a diferencias de ambos, a él aún le falta encontrar el hito de su gestión; y así como para De la Sota fueron los boletos sociales y educativos del transporte, o para Schiaretti la obra pública, Llaryora todavía busca su narrativa, su épica.

La que escudriña mientras pretende instalar el relato de que su era arrancó en 2023 y ya, con menos peso en la mochila por la emancipación a la que se hizo referencia antes, desliza la gravedad en los costos de la herencia. Por ejemplo, con el manejo de la Caja de Jubilaciones tanto en gestiones del radicalismo como del peronismo.

Sin embargo, la búsqueda de verticales propios se hace con un Schiaretti en silencio, pero no estático. Dicen, comentan, que al exgobernador no le cayeron bien las movidas en la Justicia ni el exceso de llaryorismo con los últimos cambios de gabinete y que amaga con una tensión que inquieta: el control de los diputados cordobeses en el Congreso. "En Nación van a empezar a observar a quién responden los que den quórum, si a Llaryora o a Schiaretti", dijo un peronista. Que, además, asegura que tiene detalles de una comida antes de fin de año con Schiaretti y Vigo como anfitriones de mujeres del peronismo.

La oposición, entre agazapada y desesperada, espera. El libertario Gabriel Bornoroni empezó a divertirse y mira todo en retrospectiva, recuerda cuando Juez y De Loredo, los mismos que lo ninguneaban para darle un lugar en la mesa de los opositores, hoy están a los codazos entre ellos para ver qué casillero tienen y cómo se concreta una gran alianza opositora.

Mientras, un radical de buen diálogo con el llaryorismo lanzó una hipótesis que incomoda al Panal y es la comparación entre Llaryora y Ramón Bautista Mestre, el último gobernador que tuvo la UCR en Córdoba a fines de los '90 y que cerró un ciclo que había comenzado con un todopoderoso Angeloz. "Llaryora tiene que evitar convertirse en ‘el Chancho' Mestre que quiso enterrar el modelo y concepto de la isla con el padre de la criatura todavía vivo. Que no vaya a pasar lo mismo que le pasó al radicalismo...". 

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