Defender el salario no es repetir consignas vacÃas ni firmar porcentajes maquillados. |
Durante décadas, buena parte del sindicalismo argentino construyó poder en base a estructuras cerradas, acuerdos silenciosos y prácticas alejadas de las bases que decÃa representar. Esa lógica, que pudo sostenerse mientras existÃa estabilidad relativa, hoy se muestra cada vez más insuficiente frente a un contexto de ajuste, inflación y descomposición del salario real.
La defensa del salario -esa bandera histórica- ha sido degradada al punto de convertirse, en muchos casos, en un trámite. Se cierran acuerdos a espaldas de los trabajadores, sin consulta ni justificación. Se convalidan aumentos muy por debajo de la inflación, sin siquiera comunicar con claridad qué se negocia y por qué. Y se naturaliza la pérdida del poder adquisitivo como si fuera inevitable. Pero no lo es. Lo que falta, muchas veces, es voluntad de dar la pelea.
Defender el salario no es repetir consignas vacÃas ni firmar porcentajes maquillados. Es sostener el valor del trabajo, enfrentar polÃticas regresivas con argumentos y firmeza, y garantizar que ninguna mejora venga a costa de la dignidad de quienes hacen funcionar cada dÃa el Estado, las empresas públicas o los sectores estratégicos del paÃs.
Pero no alcanza con discutir el presente. También hay que construir futuro. Y ahà aparece una deuda estructural: la carrera administrativa. En muchos sectores del Estado, las reglas de ascenso siguen siendo opacas, arbitrarias o directamente inexistentes. No hay planificación de perfiles, no se reconocen trayectorias ni formación, y la estabilidad depende más de la cercanÃa con los jefes que de los méritos reales. Recuperar la noción de carrera pública es esencial para motivar, profesionalizar y sostener a quienes eligen dedicarse al servicio público.
A esto se suma la necesidad urgente de invertir en capacitación. No como gesto simbólico ni como privilegio para unos pocos, sino como polÃtica activa y federal. Las transformaciones tecnológicas, la digitalización de procesos y la complejidad creciente de muchas tareas exigen un sindicalismo que mire más allá del reclamo puntual y piense en el largo plazo. Prepararse es una forma de protegerse. Y capacitar no es un lujo: es una inversión en soberanÃa, en eficiencia y en equidad.
Pero para que todo esto ocurra, hay que cambiar la forma de representar. Hoy muchos trabajadores sienten que el sindicato no los escucha, que está lejos, que responde a intereses propios o que no rinde cuentas. Recuperar la confianza implica cambiar las prácticas: abrir canales reales de participación, recorrer los lugares de trabajo, rendir cuentas, construir decisiones colectivas.
Un sindicalismo presente no es el que acumula poder en silencio, sino el que pone el cuerpo. No el que repite frases hechas, sino el que escucha y actúa. Y no el que se encierra en oficinas, sino el que recorre el paÃs, reconoce las realidades diversas y construye respuestas concretas desde la cercanÃa.
Porque al final del dÃa, la representación no se declama: se ejerce. Con transparencia, con coraje y con responsabilidad. Es tiempo de volver a construir un sindicalismo que esté a la altura de su historia, pero, sobre todo, del futuro.
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