Arabia Saudita es el banco central del petróleo global. No solamente porque posee una de las mayores reservas del planeta ni porque integra el podio de productores mundiales. Su verdadero poder consiste en algo bastante más importante: tiene capacidad para guardar producción y volcarla al mercado cuando faltan barriles.
Durante décadas, ese excedente funcionó como la reserva de última instancia del sistema energético global. Cuando una guerra, una sanción o una crisis sacaba petróleo del mercado, Riad podía abrir las canillas. Esa capacidad de intervenir sobre la oferta convirtió a Arabia Saudita en una especie de banco petrolero mundial y explica buena parte de su peso geopolítico.
Pero un banco puede tener reservas y no tener cómo entregarlas. Y eso es exactamente lo que está ocurriendo ahora. La guerra no sólo golpeó la producción petrolera de Medio Oriente: está rompiendo el sistema construido para transportar el petróleo saudí hasta el resto del mundo.
Ese sistema tenía una primera puerta: el estrecho de Ormuz. Antes de la guerra, por esa garganta circulaban alrededor de 20 millones de barriles diarios de petróleo y derivados, cerca de una quinta parte del consumo mundial. El conflicto redujo brutalmente ese tránsito. Las estimaciones que circulan en el mercado ubican el flujo actual en torno del 20% de los niveles previos.
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Arabia Saudita tenía previsto ese riesgo. Por eso cuenta con el East-West Pipeline, una enorme tubería que atraviesa el reino desde Abqaiq, en el este, hasta Yanbu, sobre el Mar Rojo. Es el bypass de Ormuz: permite sacar el petróleo de los yacimientos orientales, transportarlo por tierra hasta la costa occidental y embarcarlo sin atravesar el estrecho. Con Ormuz estrangulado, ese Plan B dejó de ser una alternativa y se convirtió en la arteria principal. Hasta que también la atacaron.
Los ataques con drones obligaron a cerrar el East-West Pipeline. Antes del golpe transportaba entre 2,6 y 4 millones de barriles diarios y tiene capacidad para mover alrededor de 7 millones. La tubería diseñada para salvar al sistema saudí de un bloqueo de Ormuz quedó fuera de servicio precisamente cuando Arabia Saudita más la necesitaba.
Ahí aparece la dimensión extraordinaria de lo que ocurrió. No atacaron simplemente otro oleoducto. Atacaron el mecanismo de redundancia del mayor amortiguador petrolero del mundo. Primero quedó comprometida la ruta principal y después golpearon la salida construida para reemplazarla.
Pero todavía quedaba una tercera puerta. El petróleo que llega a Yanbu tiene que salir del Mar Rojo hacia el océano Índico. Y para eso debe atravesar Bab el Mandeb. Los hutíes avanzaron sobre la costa yemení y sobre posiciones estratégicas alrededor de ese estrecho. Antes de la guerra, Bab el Mandeb llegó a canalizar más de 9 millones de barriles diarios de crudo y derivados.
La gravedad reside en que rutas alternativas del mismo sistema están siendo comprometidas una detrás de otra. Ormuz está estrangulado en el este. El oleoducto que debía evitarlo fue atacado en tierra. Y la salida del Mar Rojo enfrenta el avance hutí en Bab el Mandeb.
El reloj corre. Las estimaciones de traders y compradores indican que los inventarios almacenados en Yanbu permitirían sostener el actual ritmo de exportaciones durante apenas cinco a siete días. Si el East-West Pipeline no recupera capacidad, los tanques comienzan a vaciarse.
La producción saudí ya muestra el tamaño del shock. El reino informó a la OPEP unos 6,2 millones de barriles diarios en agosto, frente a 10,9 millones en febrero. Son alrededor de 4,7 millones de barriles diarios menos provenientes del país que debía aportar producción adicional precisamente cuando el mercado mundial más la necesita. Por eso el Brent llegó a la zona de los 110 dólares.
El mercado está descontando una restricción física de oferta y, sobre todo, la pérdida del productor que históricamente funcionaba como reserva de última instancia cuando faltaban barriles. Y el efecto puede propagarse mucho más. Petróleo arriba de 100 dólares significa combustibles, transporte marítimo y aéreo, petroquímica y fertilizantes más caros. Presión sobre los costos industriales y los alimentos. O sea, un nuevo impulso inflacionario mundial.
La crisis obliga a mirar los inventarios. En las últimas horas circuló un gráfico atribuido a JPMorgan que proyecta una caída extremadamente acelerada de las existencias mundiales hasta niveles incompatibles con el funcionamiento normal de oleoductos y refinerías.
Lo concreto es que la discusión que plantea ya está instalada: cuánto tiempo puede compensarse con stocks una interrupción de semejante escala. Porque los inventarios compran tiempo. No producen petróleo. Si las reservas se consumen para reemplazar barriles que dejaron de llegar desde Medio Oriente, el problema se desplaza unas semanas hacia adelante pero no desaparece.
El corazón del conflicto energético está ahí. Arabia Saudita no es solamente otro gran productor. Durante medio siglo fue el país que podía abrir las canillas cuando el mercado mundial se quedaba corto. Esa capacidad convirtió al reino en el amortiguador de las crisis petroleras. Ahora el amortiguador recibió el golpe.
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