Panorama
La víctima
Por Diego Genoud
La asunción de Batakis marca una tregua frágil para sostener al Presidente y muestra una Cristina que se involucra como nunca. Guzmán no renunció por Twitter.

Aunque el relato resulte funcional a la tregua en el Frente de Todos, Martin Guzmán no renunció por Twitter. El jueves 30 de junio, dos días después del regreso del Presidente de Alemania, se reunió con Alberto Fernández durante dos horas en la residencia de Olivos y le advirtió que, si no había cambios inmediatos, iba a dejar su cargo.

El todavía ministro estaba preocupado como nunca antes por la deriva del gobierno de coalición y afirmaba que, sin el control de todos los resortes de la economía, no iba a poder hacer frente a una nueva corrida cambiaria. Guzmán había experimentado en las últimas semanas el despoder ante el colapso de su gran apuesta, el mercado de deuda en pesos, y no quería volver a vivir lo mismo. 

Fernández estaba en Los Ángeles, la mañana del viernes 10 de junio, cuando su ministro pretendía sin éxito que Miguel Pesce siguiera sus órdenes para evitar el derrumbe de los bonos: tuvo que hablar con Santiago Cafiero para que ubique a un presidente que actuaba de líder regional ante Joe Biden mientras su gobierno hacía agua por los cuatro costados.

Con la inflación fuera de control, sin acumular reservas, con la ofensiva de los mercados por una devaluación, las versiones de reperfilamiento de la deuda en pesos y los Fernández sin diálogo, el economista de Columbia estaba desgastado al máximo y le reclamó al Presidente más poder que nunca: quería el control de la política energética y la política cambiaria.

En Olivos, le pidió a Fernández reemplazar a todos los funcionarios del área energética: el secretario Darío Martínez, los cuatro subsecretarios -en especial, el de Energía Eléctrica Federico Basualdo-, la interventora del ENRE Soledad Manin, el interventor del Enargas Federico Bernal y el gerente general de Cammessa Sebastián Bonetto. Al santacruceño Agustín Jerez no pedía echarlo, pero sí arrebatarle la construcción del gasoducto Néstor Kirchner. Para eso, había designado al encargado del área: era Antonio Pronsato, el ex funcionario de Julio De Vido que figuraba como titular de la Unidad Ejecutora de Enarsa y renunció a mediados de junio enfrentado con La Cámpora. Guzmán ya se había reunido varias veces con él y tenía en marcha su proceso de contratación y el de siete colaboradores suyos que pasarían a depender de Economía.

Pese a que IEASA lanzó el viernes la licitación para la construcción del gasoducto, Guzmán le dijo a Fernández que su información indicaba que el cristinismo no iba a terminar la obra para la fecha prevista, el 30 de mayo de 2023. De ser así, el Frente de Todos llegaría al año electoral sin inauguración alguna y con una nueva sangría de dólares producto de las importaciones de energía.

Guzmán le pidió a Fernández la renuncia de todos los funcionarios de Energía y el control del gasoducto. Para eso, había designado a Pronsato, el ex funcionario de Julio De Vido que se enfrentado con La Cámpora. Tenía en marcha su proceso de contratación y el de siete de sus colaboradores que pasarían a depender de Economía.

Desde que, en abril de 2021, el ex ministro chocó con la pared de hormigón que la vicepresidenta había levantado para sostener a Basualdo, la relación no había hecho más que empeorar. Guzmán daba órdenes que no se cumplían, decía que se enteraba de las decisiones de sus supuestos subordinados por los medios, no tenía la información que pedía y, sobre todo ahora, no lograba avanzar con la reducción de subsidios del "sistema pro-ricos" que figuraba en el pacto con el Fondo.

Consciente de que el Presidente no quería prescindir de su amigo Pesce, Guzmán exigió controlar la mesa de dinero del Banco Central a través de gente propia y con el objetivo de lograr la reacción rápida que el gobierno no había tenido hasta entonces y que, decía, iba a ser imprescindible de cara al proceso que venía. A esa hora del jueves 30 de junio, mientras Fernández hablaba con el que todavía era su funcionario más importante, el presidente del Central posaba a pura sonrisa en el cóctel de la embajada de Estados Unidos por el Día de la Independencia con el titular de la Asociación de Bancos de la Argentina, Claudio Cesario.

Temeroso de que la crisis se desbordara y se lo llevara puesto, el amigo de Joseph Stiglitz fue a fondo como nunca antes. Le dijo al Presidente que no podía seguir gestionando en esas condiciones y que la situación era insostenible. "Si no hacemos un conjunto de cambios esta misma noche, sería una irresponsabilidad de mi parte continuar porque sé que conduciría a la Argentina hacia una crisis económica y social de magnitud", afirmó. Le recordó la corrida de septiembre de 2020, cuando Fernández le dio una cuota adicional de poder y le permitió ser algo más que el coordinador del gabinete económico que se reunía en Casa Rosada y en Olivos. Esa vez, Guzmán se impuso y la brecha bajó de 150% a 60% en cuatro meses. Tres veces le dijo: "Alberto, yo no quiero que haya sorpresas. Si no me podés dar esto, no voy a continuar un día más".

Fernández no dijo que sí, ni tampoco que no, pero los hechos hablaron por él. El viernes no llegaron los anuncios que quería el economista, los cambios en Energía habían mutado hacia la creación de un ministerio que no iba a depender de Guzmán y la reunión que se iba a hacer el sábado para avanzar sobre la mesa de dinero del Central se suspendió. Entonces, el ministro quiso ir a Olivos, pero el Presidente no estaba. Más tarde, mientras la vicepresidenta hablaba en Ensenada, le avisó por WhatsApp que iba a cumplir con su advertencia. Fernández pidió sin éxito que no lo hiciera, pero también Guzmán había dejado de creer en el que era su jefe.

Guzmán fue a fondo como nunca: "Si no hacemos los cambios ahora, vamos a una crisis económica y social de magnitud", le dijo. Tres veces le repitió: "Alberto, no quiero que haya sorpresas. Si no me podés dar esto, no voy a continuar un día más".

El resto está a la vista. Desde el sábado a la tarde, el entorno del Presidente vendió la idea de que Alberto estaba muy enojado y sorprendido. En un movimiento que tuvo similitudes con la renuncia de Matías Kulfas, Fernández apareció como víctima de sus funcionarios más leales, los que encarnaron el sueño imposible del albertismo.

A diferencia de Kulfas, Guzmán había tenido una relación estrecha con Cristina durante más de dos años. La vicepresidenta lo apoyó en la pulseada con los bonistas y hasta llegó a elogiarlo por una aparición en TN. "Martín Guzmán, clarito como el agua", escribió. Aún después de la derrota de las PASO y la carta en la que Cristina denunció el ajuste de Guzmán, el diálogo entre ellos se mantuvo. El ahora ex ministro la visitó casi todas las semanas entre agosto de 2021 y marzo de 2022, salvo en la quincena de enero que CFK pasó en El Calafate, cuando hablaron por teléfono. La vio en su casa, en el Senado y también en el Sur sin que trascendiera casi nunca. El cristinismo no quería difundir esos encuentros y, cuando en el Congreso había periodistas, Guzmán debía salir por una puerta de emergencia para que no lo vieran. Cristina recibió los detalles de la negociación con el Fondo casi hasta que el acuerdo se materializó: cuatro días antes, dejó de atenderle el teléfono y desde entonces el funcionario quedó atado a la debilidad del Presidente.

Salvo que estuviera dispuesto a romper definitivamente con su vice, Alberto no podía cumplir con las exigencias de Guzmán. Pero la renuncia lo dejó desnudo en su fragilidad y aturdido como nunca antes. El autor de la reestructuración de la deuda y el acuerdo con el Fondo era su pararrayos, el que evitaba que gran parte de los misiles impactaran en su cuerpo.

Guzmán era un debutante en la función pública, que había llegado al gobierno producto de las diferencias en el Frente de Todos y el vacío en un área estratégica. La pesadísima herencia de inflación, deuda y recesión que dejó la aventura de Mauricio Macri obligaban a discutir a fondo un programa económico, pero la cúpula de la alianza no lo hizo. Un verdadero acto de irresponsabilidad, a esta altura casi imperdonable. De ese desdén temerario que avaló con liviandad, es víctima el Presidente. Cuerpo extraño a la política, Guzmán sobrevivió dos años y medio gracias al abismo que separaba a sus múltiples detractores. También a que no sobraban voluntarios para poner la cabeza en la picadora de carne, como demostraron las horas frenéticas en las que Fernández comenzó a buscarle un sucesor de manera desesperada.

En las conversaciones interminables del domingo 3, Sergio Massa le pidió al Presidente garantías para asumir como interventor del gobierno, más que un primer ministro. Parado en las antípodas de Guzmán, Massa reclamaba para sí lo mismo que el recién renunciado: funcionarios propios en el BCRA, la AFIP, Energía y las áreas estratégicas por donde pasan las decisiones. Para semejante desembarco, Massa contaba entre sus sponsors con varios de los empresarios que consultan a Emmanuel Álvarez Agis. Los demás estaban bajo la órbita del presidente de la Cámara de Diputados: Marco Lavagna, Martin Redrado, Miguel Peirano; por algo, todos dijeron que no.

La versión de Massa es que Fernández no quiso relanzar en serio su gobierno y se quedó a mitad de camino. La versión de Olivos es que Alberto le pidió a Sergio que él asumiera en Economía o consiguiera la venia de Cristina para los cambios que proponía. Massa, dicen, no quiso lo primero ni pudo lo segundo. La cadena de oraciones por un Massa todopoderoso redundó en un derroche de energía hasta nuevo aviso. Al ex intendente de Tigre pueden fastidiarlo las dudas de Fernández y la extraña sonrisa de Daniel Scioli en la cubierta del Titanic, pero quienes lo conocen saben que, cuando el fuego de la crisis vuelva a trepar alto, peleará otra vez por su gran objetivo.

En Olivos, había especial interés en sumar a Álvarez Agis. Algunos dicen que Leandro Santoro intentó convencerlo, otros afirman que el encargado de llamarlo por pedido de Cristina fue Axel Kicillof. Producto de la emergencia múltiple que abrasaba al gobierno, Kicillof debería haber dejado a un lado para eso las diferencias que lo alejaron de su ex viceministro desde que abandonaron la gestión conjunta en 2015. Uno como delfín de CFK para la provincia de Buenos Aires, otro como consultor estrella de empresarios como Marcelo Mindlin, José Luis Manzano o Jorge Brito. Sin embargo, el director de la firma PxQ lo niega de manera terminante.

Cuando los hombres de Massa y Fernández dijeron que no, se impuso el nombre de Silvina Batakis. Al Presidente le había llegado la propuesta de parte de Pesce, el enemigo más o menos diplomático del ministro que se fue y hoy se luce en el bando de los ganadores en pleno naufragio. 

Ex ministra de Scioli, número dos de Eduardo De Pedro y militante de muchos años, Batakis se hizo cargo en un momento de extrema debilidad para el gobierno y no está claro si podrá gobernar la tormenta con este equilibrio precario. Mientras algunos en las cercanías del cristinismo se entusiasman con haber reencontrado una épica insospechada de la mano del sciolismo, la ministra da señales de sostener algunos criterios básicos de Guzmán. La necesidad de mantener la disciplina fiscal, la segmentación para el aumento de tarifas y el intento de acumular reservas. 

No solo funciona en línea con Pesce, otro de los apuntados en el Instituto Patria por haber dilapidado el superávit comercial de U$S 30.000 millones en dos años. También mantiene en el cargo a Sergio Chodos, uno de los responsables de la llegada de Guzmán al ministerio, aliado principal de Kristalina Georgieva y de larga relación con Batakis. En un contexto global de fuerte crisis potenciada por la guerra, con el aumento de las tasas de interés, la amenaza de la recesión y la inflación global que escala, la sucesora de Guzmán debutó con una brecha que se disparó, un festival de remarcaciones de precios que escalaron hasta 50% en una semana y faltante de productos debido a la dificultad para reponer mercadería. A su favor, tiene lo que su antecesor no tuvo: el respaldo político provisorio de los socios principales de la alianza.

 La victimización de Fernández que hicieron tras la renuncia de Guzmán los entusiastas que desde los medios buscan sostener al Presidente no lo ayuda. Tampoco la que propagaron desde Sergio Massa en privado hasta Máximo y Cristina en público 

Tras la renuncia de Guzmán, Cristina vio al presidente sin rumbo en plena emergencia y dio señales de distensión que facilitaron el llamado que Alberto se negó a hacer durante los últimos cuatro meses. Casi tres años después de haber llegado al gobierno y en medio de una corrida fenomenal, el Frente de Todos se predispone a ejecutar finalmente un ensayo de coalición y a lograr un nuevo modo de funcionamiento. ¿Queda tiempo?

Cerca del Presidente ahora advierten el comienzo de una nueva etapa en la cual será el propio Fernández el que tendrá que encontrar un lugar nuevo en relación a Cristina: que sea con ella y no contra ella. No es producto de la generosidad sino de una constatación que nace de la debilidad.

La victimización de Fernández que hicieron tras la renuncia de Guzmán los entusiastas que desde los medios buscan sostener al Presidente no lo ayuda. Tampoco la que propagaron Massa en privado y Máximo y Cristina en público. Fernández está al mando del país porque decidió aceptar el dedazo de CFK y después de haber estado sin hablarse con ella durante una década. 

Sin haber conducido nunca nada, ni haber construido nunca poder propio, hasta el sábado 2 de julio pretendió gobernar casi sin consultar a su vice y se recostó sobre la comodidad de que lo victimicen los enemigos de su socia. Pero esa imagen de consumo fácil para el circuito cerrado del establishment contrastaba con las cartas y mensajes de la gran electora que se declaraba impotente, marginada de su propia creación.  

Ahora, se supone, se ingresa en una nueva fase. Entre los ministros que le quedan a Fernández son conscientes de que Cristina se involucró para sostener a Alberto en su peor momento y lo ven como parte de un movimiento más general. En apenas un mes, CFK vio consumarse dos objetivos que perseguía sin éxito desde hace por lo menos un año: la renuncia de los dos ministros que más desafiaban las tesis del cristinismo.

Pasó de sugerirle a gobernadores, intendentes y funcionarios "armen algo" para convocarlos personalmente a reuniones y actos. Así, Cristina busca reconstruir un armado defensivo para proteger las bases de su poder con eje en Buenos Aires con el intento de reelegir a Kicillof y también en Santa Cruz, con la posibilidad -hasta hoy negada- de que Máximo recomience su carrera electoral en la provincia que gobernó su padre.

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  • 2
    sapito
    11/07/22
    04:50
    Este gobierno está terminado
    Responder
  • 1
    observador
    10/07/22
    20:22
    Guzmán todo esto lo debio plantear muchos meses antes y renunciado mucho antes.

    Fernández comete el error que le puede costar el puesto al no haber hecho lo que pedía Guzman

    Bataquis no va a arreglar nada, salvo que ahora que la Colifata se quedo agarrada solo del pincel no tenga otra que hacer exactamente lo que decía Guzman. Lo dudo. Y dudo tengan tiempo y credibilidad.

    El presidente esta mucho mas flojo que antes y CFK también. Se hunde uno se hunden todos.
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