La derrota deja herida la conducción de Rafael Correa y abre el debate sobre los nombres de los nuevos liderazgos. |
El correismo recibió una nueva derrota, la tercera desde 2021. La bronca interna existe aunque hoy este tapada por la zanahoria que le permite al partido de Rafael Correa ganar centralidad con las denuncias de fraude.
Ningún observador serio como la Unión Europea o la OEA detectó irregularidades significativas y Brasil, el gigante de la región, pasó de página y felicitó a Daniel Noboa. Si es cierto que México y Colombia operan como ruedas de auxilio de esta maniobra que busca sacarle legitimidad al gobierno que asumirán su segundo mandato.
La jugada de Sheinbaum excede su amisad con el correismo y está signado a una relación diplomática rota con un paÃs que tiene nulo flujo comercial con México. Poco costo. Mientras que Petro, en su afan de querer liderar lo que no puede y pasar demasiado tiempo en X, salió a denunciar algo que su propia canciller, Laura Sarabia, negó al reconocer el resultado de las elecciones. Una sintesis fenomenal de su gobierno.
El asunto del fraude puede durar algunas semanas y el correismo construirá la narrativa que vive bajo un regimen dictatorial y autoritario que no tiene ninguna legalidad pero es una frazada corta que terminará una vez que los gobernadores y alcaldes de la Revolución Ciudadana tengan que negociar una polÃtica pública con el gobierno central.
No es casualidad que los únicos que insisten con el fraude son Luisa González, el secretario general de Revolución Ciudadana Andrés Arauz y el propio Rafael Correa desde el exilio. Nadie con responsabilidad institucional y de gobierno.
Porque el árbol del supuesto fraude no puede tapar los constantes errores de conducción de Correa. "En el arte de la conducción hay sólo una cosa cierta: las empresas se juzgan por los éxitos, por sus resultados", reza el manual de conducción polÃtica de Juan Domingo Péron. Si la conducción se mide por el éxito, lo de Correa estarÃa desaprobado.
Es cierto que la Revolución Ciudadana es el partido con más desarrollo territorial, gobierna estados importantes y ciudades como Quito o Guayaquil que hace una década eran bastiones de la derecha. Sin embargo, eso no logra trasladarse en la construcción de un proyecto nacional.
Justamente es la materia donde Correa más incidencia y menos paciencia tiene. "El conduce o pretende conducir a control remoto y desde Bélgica una fuerza muy compleja sin delegar en nadie y desconfiando de todos", afirma una fuente que trabaja cerca del ex jefe de estado.
Esto se traduce en como Correa levantó y bajó candidaturas por el simple hecho de considerarlos no lo suficiente leales. Primero levantó a Andrés Arauz, luego lo bajó, después coqueteó con Carlos Rabascall, a quien acusó de traidor y finalmente bendijo a Luisa González con el simple hecho de ser leal a la causa y su liderazgo.
La estrategia del tuiteo constante que conspira contra la polÃtica real como la radicalización constante del discurso, como el que se le vio a González en el debate presidencial, no le permite romper un techo cada vez mas difÃcil de perforar.
Aquà conviven dos realidades, la institucional y la ideológica. La primera es lo que marca el capital polÃtico construido por el correismo durante los últimos años y lo segundo lo que le impide volver a gobernar. En el primer grupo aparecen referentes que pueden ser parte de la construcción de lo que viene como el alcalde de Quito, Pabel Muñoz o la gobernadora de Pichincha, Paola Pabón pero que hoy no cuentan con la confianza de Correa.
Lo que muchos dicen en privado pero en público niegan es que Correa pasó a ser un problema para la estrategia de poder de su partido. En el fondo, reconocen que no quiere a nadie que le haga sombra y su idea es imponer un candidato tÃtere para poder volver al paÃs y al poder, como Perón con Campora en 1973.
Es cierto que Correa fue el mejor presidente de la historia reciente del Ecuador y su proyecto fue garante de estabilidad, inclusión y seguridad y su figura es vÃctima de una feroz persecución polÃtica y judicial pero su versión fuera del gobierno es un ancla a toda posibilidad de retorno de una fuerza con capilaridad, gestión y poder parlamentario pero que está presa de la nostalgia y el personalismo.
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