Bolivia atraviesa una profunda crisis que pone en jaque al gobierno. La combinación de errores de un presidente que expuso su inexperiencia. |
Bolivia vive momentos de fuerte convulsión. Las organizaciones sindicales, campesinas y mineras profundizan las medidas de fuerzas con una huelga que inicia su segunda semana, marchas y bloqueos.
La respuesta del gobierno de Rodrigo Paz Pereira no fue más que una denuncia de un intento de golpe de estado orquestado por fuerzas antidemocráticas. Pero eso puede servir para aglutinar a los gobiernos de derecha de la región, conseguir un comunicado de apoyo de Estados Unidos o convencer a militantes digitales sobre los males de la izquierda, pero no para descomprimir un bloque interno que se está resquebrajando.
Paz Pereira fue el gran cisne negro de la elección en Bolivia en un contexto de debacle del MAS tras el estrepitoso fracaso del gobierno de Luis Arce por la guerra sin cuartel con Evo Morales.
El actual presidente logró consolidar un perfil moderado, centristas y pragmática que combinó el acuerdo con los otros candidatos de la derecha boliviana para conseguir gobernabilidad en el Parlamento con un diálogo con los sectores sociales para mantener la calle tranquila.
El difÃcil equilibrio de Rodrigo Paz en Bolivia
Lo anticipamos en esta columna en octubre del año pasado cuando dijimos que Paz ganó gracias a los electores que eligieron al MAS en la elección anterior y lo eligieron como alternativa moderada ante la polÃtica de shock que buscaba implementar el ex vicepresidente y arquitecto del golpe de estado de 2019, Jorge Tuto Quiroga.
Por eso, prometió no eliminar subsidios a los más humildes ni privatizar todas las empresas públicas. Otro punto importante es que los sectores sociales ligados a Evo Morales se derrumbaron en términos de polÃtica institucional pero siguen siendo fuertes en las bases y tiene mucha capacidad de movilización.
Era un hecho antes de la victoria de Paz que sindicatos, movimientos sociales e indigenas serÃan actores importantes y podrÃan dar inicio a nuevos liderazgos si el gobierno fracasa.
Meses después, Paz hizo todo mal. Rompió el pacto con los votantes de Evo que le dieron la victoria y decidió gobernar para los sectores más pudientes con medidas como la derogación de la ley 1.720 abre las puertas a la mercantilización de la tierra, eliminó el impuesto a la riqueza, propuso privatizaciones, desatendió reclamos salariales en medio de la suba de la inflación y quiso compensar la falta de combustible comprando nafta adulterada que generó un sin de daños materiales.
Para colmo de males, rompió con el vicepresidente Edman Lara, figura clave para su victoria. El resultado está a la vista: caos social, crisis económica y los cimientos para que su gobierno no fracase están a punto de desmoronarse.
Fuera de Bolivia la idea instalada es que Evo Morales es el gran arquitecto de este caos, una narrativa fácil para el gobierno y que le da centralidad y oxigeno a un Evo deteriorado polÃticamente y que expresa una porción cada vez más chica de bolivianos.
Desde la mirada fronteras los actores centrales son los que están bajo el radar del evismo sino la Central Obrera Bolivia, los sindicamos mineros y los campesinos que no reclaman contra el imperialismo sino que buscan mejorar su rentabilidad y producir la tierra.
En efecto, la ecuación es más sencilla. Como lo definió el periodista y escritor boliviano Julio Peñalosa, estamos frente a un gobierno Frankestein que se quedó sin rumbo porque no supo manejar con inteligencia las tensiones sociales y rompió rápidamente el contrato electoral con los sectores populares.
La derecha con la que Paz pretender congraciarse haces sus propios cálculos y entre las declaraciones de apoyos públicos aparece la posibilidad de un adelantamiento de las elecciones para noviembre. Por eso, el problema no es la democracia en riesgo, sino la polÃtica o la falta de ella.
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