Opinión
La obsesión de Evo Morales
Por Augusto Taglioni
La feroz interna en Bolivia que pone en riesgo la continuidad del gobierno. El dilema de los ex presidentes que no quieren resignar los liderazgos y la teoría del jarrón chino.

Evo Morales y Luis Arce protagonizan hace más de dos años una pelea intestina por el control el Movimiento al Socialismo en Bolivia que pone en riesgo la continuidad del gobierno en las elecciones de 2025. 

El ex presidente boliviano no tolera que su ex delfín construyera una lógica propia de gestión y ante esto, es una metralleta constante de críticas que van desde acusarlo de ser el peor gobierno de la historia, un traidor neoliberal o directamente de dejarse manejar por el narcotráfico. 

La estrategia de Evo siempre fue manejar a su antojo a Arce y por eso impuso su candidatura en 2020 desde su asilo en Buenos Aires cuando las bases partidarias debatían entre el dirigente cocalero y presidente del Senado, Andrónico Rodríguez, y el actual vicepresidente, David Choquehuanca. 

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Pero Arce hizo su propio camino, armó su equipo y dejó a su ex jefe peleando contra molinos de viento como Don Quijote. El fondo del problema en Bolivia es la obsesión de Evo en ser candidato en 2025 y una división interna que se instaló en tiempos de Jeanine Añez entre los que se fueron del país y los que resistieron la persecución del gobierno de facto.  

El fondo del problema en Bolivia es la obsesión de Evo en ser candidato en 2025 y una división interna que se instaló en tiempos de Jeanine Añez entre los que se fueron del país y los que resistieron la persecución del gobierno de facto.

La conducción en el exilio y las sistemáticas críticas al gobierno partieron las aguas entre Evo y Arce en una grieta que se vuelve cada vez más profunda. "Es una pena, muchos de nosotros pusimos nuestra sangre para recuperar el gobierno", lamentó una ministra de Arce que sufrió la persecución.

La crisis que no pudo resolver ninguna mediación interna o regional amenaza con configurar un escenario de ruptura con las dos facciones presentándose por separado que podría favorecer a la derecha que hoy no tiene candidato fuerte dados los encarcelamientos de Jeanine Añez y el gobernador Luis Fernando Camacho.

La realidad es que Morales ya no tiene el consenso interno ni la capacidad de movilización para imponer condiciones. Un ejemplo de esto es la derrota de su candidato en las elecciones regionales en ciudades como El Alto contra Eva Copa, una ex senadora y presidenta del Senado por el MAS en tiempos del gobierno de facto de Jeanine Añez por el 67 por ciento de los votos. 

Copa fue una de las primeras en cuestionar al estrategia de conducción centralista de Evo Morales desde Buenos Aires, mantuvo un puente de diálogo con el gobierno y presionó para institucionalizar la fecha de las elecciones de 2020. Copa terminó expulsada y hoy es una de las armadoras territoriales de Arce y el vice Choquehuanca. 

El problema no se limita a Bolivia sino que expone un realidad que trasciende las fronteras del altiplano e involucra a los ex presidentes que supieron tener liderazgos fuertes pero se volvieron un tapón para el recambio. 

Casos idénticos ocurren con Rafael Correa y Cristina Kirchner. El ecuatoriano maneja desde Bélgica los detalles de su partido político y tras la traición sufrida por Lenin Moreno, todos los candidatos pasan por su filtro de lealtad impidiendo que el correismo perfore su núcleo duro para reconciliarse con sectores calves para recuperar el poder como la clase media o las organizaciones indígenas. 

Rafael Correa, ex presidente de Ecuador. 

En Argentina, el rol de Cristina es el eterno dilema del peronismo que no termina de cerrar el ciclo kirchnerismo y construir un liderazgo que puede contener a los sectores distanciados con la experiencia K. 

Algo similar con Mauricio Macri y la jefatura del PRO que no permite liderazgos que se correan de los intereses de su fundador que hoy se limita a ser la rueda de auxilio al liderazgo de Javier Milei. 

Cualquier atisbo de disidencia es traición, la autocrítica está vetada y quien cruza el rubicón está condenado a caminar en el desierto. Comunes denominadores de una realidad regional

Cualquier atisbo de disidencia es traición, la autocrítica está vetada y quien cruza el rubicón está condenado a caminar en el desierto. Comunes denominadores de una realidad regional alimentada por la nostalgia de un pasado que suponen exitoso y que no volverá. 

La excepción a la regla es Lula que logró volver al poder gracias a la construcción de un frente amplio de centro para derrotar a Jair Bolsonaro en las elecciones de 2022, algo que ninguno de su ex colegas está dispuesto a construir. El brasileño es el único que entendió que no hay manera de enfrentar grandes desafíos aferrados a las minorías intensas. Por esto, Lula es Lula.

El caso boliviano parece una versión enajenada de la de sus colegas. Evo, dicen sus allegados, está obsesionado por el poder (un trastorno compartido) y paranoico. "Ve traidores en todos lados, se ha peleado hasta con García Linera. Nadie puede decir nada porque están muy temerosos a la replica de Evo", lamentó un operador que insiste en acercar posiciones. 

Lo cierto es que los ex presidentes cumplen aquel dicho del líder español Felipe González que los compara con un jarrón chino en una casa pequeña, es decir, un objetivo valioso que nadie sabe donde ponerlo y ninguno se anima a tirar y, en efecto, termina siendo un obstáculo.

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  • 1
    totito
    24/05/24
    11:23
    Evo Morales este muchachito que estaba contento porque Rodriguez Zapatero les regaló 20 ambulancias, mientras el pueblo boliviano analfabeto no sabe ni fabricar una bicicleta !!!!! No puedo opinar de Arce porque no conozco su gestión, pero lo de Evo Morales fue de pésimo para abajo !!!!
    Responder
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