reforma tributaria11.08.2017
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Menos peso de los impuestos sin más rojo fiscal
Por Walter Agosto
Reformar el sistema tributario con récords de gasto público y un severo desequilibrio fiscal es complejo, pero impostergable en pos de que la economía crezca.

Entre 1998 y 2016 la presión tributaria total -nación, provincias y municipios- pasó de 21,4% a 34% del PIB, involucrando un incremento de 12,6 puntos porcentuales. El piso mínimo de presión se registró en 2002 (20% del PIB) y el máximo, en 2015 (34,8%).

En 2016 la presión tributaria registró una caída de 0,8 puntos porcentuales respecto del año previo, aunque esa reducción se amplía si se excluye el efecto del sinceramiento fiscal, en cuyo caso la carga tributaria del año pasado fue de 33% del PIB.

Más allá de la leve baja del último año, desde 1998 la presión tributaria ha crecido sistemáticamente como consecuencia de la creación y suba de impuestos en la crisis de la Convertibilidad -el llamado impuesto al cheque y las retenciones-; la recuperación de la actividad económica y el empleo; la suba de los precios internacionales de las materias primas; la estatización de los fondos de pensión; y la falta de actualización de los parámetros del impuesto a las ganancias.

Los aportes y las contribuciones a la seguridad social fueron el rubro de mayor incidencia en el aumento global de la presión tributaria a lo largo del período, con un incremento de 3,5 p.p. del producto. El impuesto a las ganancias se ubicó en segundo lugar, con un aumento de 2,4 p.p., seguido por el impuesto al cheque, las retenciones, Ingresos Brutos e IVA.

El problema no es sólo el peso de los impuestos sino también la complejidad, ineficiencia, la falta de equidad y la alta evasión que caracteriza al sistema. El escenario fiscal se completa, en los últimos años, con un gasto público en niveles récords y un severo desequilibrio fiscal, que exige financiamiento inflacionario vía emisión monetaria, endeudamiento o una combinación entre ambas cosas.

Además, si bien la Argentina tiene indicadores de gasto público y presión tributaria similares a los de los países desarrollados, la calidad y cantidad de bienes públicos que provee difieren notablemente de las de esas naciones.

El gobierno debe impulsar una reforma gradual que baje la presión tributaria de forma coherente y consensuada con las provincias. El desafío es avanzar en la reforma sin empeorar el sendero fiscal trazado por el gobierno para los próximos años.

Para ello, se debe fortalecer el impuesto a las ganancias, ampliando la base tributaria, revisando exenciones y dotándolo de mayor progresividad. Además, en pos de alentar la inversión y la creación de empleo, habría que reducir la carga sobre las pymes y las empresas nuevas. También resulta inevitable la reducción gradual del impuesto al cheque hasta su definitiva eliminación.

La reforma además tiene que simplificar el sistema: hay muchos impuestos, aunque el 90% de la recaudación está concentrada en seis impuestos nacionales y en tres provinciales. El carácter federal del país otorga potestades tributarias a las provincias. Los recursos propios de las jurisdicciones representan el 7% del PIB, aunque solo financian el 45% de los gastos totales provinciales. En particular, Ingresos Brutos, principal impuesto provincial, mientras en 1998 era el 56% de la recaudación provincial, actualmente representa el 75% y demanda una urgente revisión. En este sentido, una reforma exitosa necesariamente debe ser federal: la nación y las provincias tienen que compartir los mismos objetivos para rebalancear la estructura tributaria.

Aunque encarar una reforma tributaria de fondo es un desafío complejo, por la coyuntura fiscal y los consensos necesarios, no puede postergarse si se pretende que el país transite un nuevo sendero de crecimiento económico sostenido y mayor equidad.

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