Trump Presidente20.01.2017
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Trump, el presidente de los blancos enojados
Por Ignacio Fidanza
Una mayoría blanca monopolizó la ceremonia de asunción del magnate.

El cliché alcanza ese status porque suele reflejar una realidad. El acto de asunción de Donald Trump permitió tomar una fotografía en primer plano de sus seguidores. La enorme, casi absoluta, mayoría de los que se acercaron National Mall de esta ciudad, eran blancos, como las planchas de plástico que protegían el pasto.

Gente de clase media en su mayoría la que estaba en la Free-Ticket Zone, el famoso hombre común, ese que no cuenta con pases de prensa ni acceso a los espacios vip que incluían un bien muy preciado: sillas. Una diferencia importante en una ceremonia de más de dos horas, como bien remarcó el simpático senador Roy Blunt, que ofició de maestro de ceremonias: “Los que tengan silla, pueden sentarse”.

Allí bajo una persistente llovizna que se agravó en el preciso momento que comenzó a hablar el presidente 45 de los Estados Unidos, entre restos de cajitas de vianda preparadas por los distintos contingentes que se acercaron al Capitolio, se pudo realizar una primera aproximación al votante de Trump.

El rencor y la sensación de revancha prevalecía en la inmensa mayoría de blancos que se acercaron al Capitolio a escuchar a Trump. El odio al establishment de Washington prevalecía incluso sobre el racismo.

Correctos, educados, pero transpirando enojo contra lo que consideran es una minoría elitista que capturó el poder de “su” Estados Unidos. Una minoría que los dejó de lado y los hizo sentirse en falta, pidiendo permanentemente disculpas, en su propio país. Al límite del racismo y la discriminación, en algunos casos.

“¿Qué es eso, español?”, le dijo un joven de lentes gruesos a una de las escasas personas que protestaban al paso de la multitud que cruzaba el militarizado centro gubernamental del DC. El perfil de los que protestaban también era de una homogeneidad notable. Los típicos norteamericanos progresistas de clase media, blancos, educados y políticamente correctos. La mujer sostenía un cartel de cartón –en inglés- denunciando la discriminación de Trump, cuando recibió la broma del adolescente. Notable ausencia de minorías como afroamericanos o latinos, como si se guardaran para una demostración un poco más contundente que un cartel de cartón.

Hombres blancos altos, grandes, de pies gigantes. Nada de hípsters delgados y barbas de recorte artesanal. Termino la era cool de la diversidad bienpensante.

El sentido de revancha se palpaba en el aire. Trump conoce a la perfección a su audiencia, que parece arrastrar un enojo incluso más visceral hacia la elite de Washington que por las minorías. Por lo menos, eso es lo que surge si se sigue la escala de aplausos y silbidos, ante las apariciones de las principales figuras políticas del país que participaron de la ceremonia, transmitida en vivo en alta definición en los video-wall ubicados cada cien metros a la largo de esa inmensa planicie que va desde el Capitolio hasta el monumental Obelisco. Trump finalmente tuvo el mejor de los reality shows posibles: la Presidencia de Estados Unidos.

Trump parece peronista: proteccionismo, política industrial y obra pública; pero también propone al estilo de la derecha clásica reaganiana, bajar los impuestos a las corporaciones y quitarle de encima regulaciones.

El demócrata Berni Sanders fue uno de los más aplaudidos. “Está todo bien con Bernie”, repetían algunos. Se entiende, es tan o más antisistema que Trump. Y se confirma que la arrogancia del aparato demócrata que impuso a Hillary, acaso se haya perdido la oportunidad de derrotar a Trump con el viejo Bernie. Está bastante claro que el rechazo al establishment de DC, supera las viejas divisiones partidarias.

Y en esa misma línea fue muy sugerente los aplausos que se llevo Michelle Obama, incluso por arriba de su marido, que se va con un histórico 60% de aprobación, pero en la plaza de Trump recibió algunos silbidos.

El magnate explotó sin complejos esa fibra y prometió que “right now, right here”, se termina el gobierno de los políticos de Washington para su propio beneficio y empieza el gobierno de “ustedes”, la gente. El manual básico del populismo proclamado por un billonario que armó un gabinete de billonarios. Parece contradictorio pero hay que entender que esto es Estados Unidos, un país que cree en su “excepcionalidad”. Escuchemos a Trump: “Somos el mejor país sobre la tierra, cuando queremos algo nada nos detiene”.

Esa excepcionalidad es la que justifica casi todo y explica lo que quizás desde afuera se ve como contradictorio. Trump es un republicano que no cree en el libre mercado y que impulsa un proteccionismo que haría empalidecer a cualquier populista latinoamericano: “Compremos norteamericano, contratemos norteamericanos”. Es “la derecha”, pero propone terminar con las guerras en el exterior que alimentó Bush y mantuvo Obama: “Tenemos que dejar de defender fronteras de otros países y gastar miles de millones en equipar otras fuerzas armadas”.

Trump es un republicano, que llevó a su partido a olvidarse de su desesperación ante el déficit de la administración Obama que iba a lastrar el país, para pedirles que gasten muchísimo más y le aprueben el mayor plan de obra pública que se recuerde desde el New Deal. Y Paul Ryan y todos los halcones de la disciplina fiscal lo harán. Parece peronista: proteccionismo, política industrial y obra pública; pero al mismo tiempo promete bajar los impuestos a las empresas y eliminar las regulaciones (derecha clásica estilo Reagan). Claro, son lujos que uno puede darse cuando imprime dólares.

Pero hay un hilo que une esas puntas: el postergado Estados Unidos blanco, los trabajadores de los estados industriales del Rust Belt a los que la globalización los dejó sin fábricas y Obama y Hillary ignoraron.

Muni Jensen, que acaba de lanzar el libro “El triunfo del showman” junto a Manuel Erice, lo explica mejor: “Trump supo conectar con el hombre blanco abandonado por el ex presidente y Hillary. Ella buscó repetir la fórmula que llevó a Obama al poder dos veces, a través de conformar una coalición de minorías: afroamericanos, hispanos, jóvenes, mujeres, intelectuales y elites de las dos costas. Se olvidó de los que llevaron a Bill Clinton al poder, los trabajadores de los pueblos medianos de Estados Unidos que se convirtieron en clase media con el crecimiento industrial”.

El racismo como problema de regreso.

Pero hay un subtexto inquietante que con Trump vuelve a la superficie: el racismo. Nunca se fue, pero estuvo aplacado. El magnate intentó evitarlo: “Seamos marrones, blancos o negros, por las venas de todos corre la misma sangre patriota”. Pero mantiene a su lado a figuras que han coqueteado más de la cuenta con el racismo. Y esto ocurre en un momento que el problema resurge por las brutales represiones y asesinatos cometidos por la policía, que alimentaron el surgimiento del movimiento “Black Lives Matter”.

O mejor dicho: Trump les da a los racistas, un entorno cultural más propicio. Enarbola un discurso del orden y defensa de la Policía a cómo dé lugar, junto a una condena a los inmigrantes, que propicia ese deslizamiento.

Esto se veía claramente entre sus seguidores, que al retirarse del National Mall se acercaban para agradecer a los militares que custodiaban el lugar. "Gracias por cuidarnos", era una de las frases que se repetían.

El regreso del problema del racismo no es un chiste en los Estados Unidos y basta pararse frente al escaparate de cualquier librería de Washington para confirmar que el tema está de vuelta. Libros y libros analizan las “raíces” de un drama que en rigor nunca se fue. Es acaso el costado más oscuro del proceso que se inicia. Lo otro es política económica y ahí sí se ve brillar en Trump en toda plenitud, el viejo y querido pragmatismo norteamericano.

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Blancos enojados?
Me suena de algún lado eso...
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GRACIAS POR NO PUBLÑICAR EL COMENTARIO
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Que analisis mas ridiculo. Hay gente que lleva 25 años sin laburo, un negro viene de ganar dos elecciones seguidas