24.09.2011
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“Es necesario un plan integral y regional para combatir la inseguridad”
Por Emmanuel OleaEl consultor colombiano y ex subsecretario de Seguridad de Bogotá, Hugo Acero Velásquez sostuvo que "el crimen organizado aplicó la globalización antes que los Estados". "La guerra contra el narcotráfico fracasó, hay que ir a un diálogo entre productores de drogas y consumidores", remarcó en diálogo con LPO. Y afirmó que "Buenos Aires es una ciudad mucho más tranquila que otras de Latinoamérica".  
Delito, violencia, crimen organizado, narcotráfico son palabras que algunas sociedades latinoamericanas tienen incorporadas a su cotidianeidad pero que poco a poco también se van transformando en conceptos comunes en Argentina. Hugo Acero Velásquez es un prestigioso consultor en seguridad colombiano que durante su gestión como subsecretario de Seguridad y Convivencia en la Alcaldía Mayor de Bogotá, a principios del 2000, logró bajar en un 75 por ciento la tasa de homicidios en esa ciudad. “Es necesario un plan regional de seguridad porque el crimen desde hace años que habla de globalización”, le dijo a LPO durante un alto en su presentación en el Congreso Latinoamericano de Observatorio Prácticas Promisorias de la Seguridad Local y Ciudadana que se llevó a cabo esta semana en Vicente López. Y opina que respecto al delito “Buenos Aires no está tan mal como otras ciudades”.

-¿Qué se entiende por seguridad ciudadana?


-En todas las discusiones que tenemos con expertos coincidimos en que la seguridad urbana forma parte del desarrollo del ciudadano. Así como debe haber una seguridad alimentaria, cultural o del medio ambiente, hay una seguridad que tiene que ver con la vida y los bienes de los ciudadanos. En Bogotá hemos definido a la seguridad como la condición y la garantía que el Estado debe establecer para que los ciudadanos puedan disfrutar de sus derechos pero también cumplir con sus deberes. Ahí no hablo de delito, pero qué amenaza lo que debería disfrutar. Por ejemplo, hay ciudades donde uno puede caminar tranquilamente y una sociedad segura es una en la que la gente camina.

Una ciudad democrática es una en la que la gente se encuentra en la calle, donde negros, pobres, ricos, blancos, amarillos, se juntan y viven. Si no, se pierde un derecho a la movilidad. Se convierten en espacios los mall, y la ciudad comienza a perderse.

- Y ese escenario se traduce en una pérdida de derechos también.

-Hay riesgos variados, a perder la vida por ejemplo, que es el derecho más preciado que uno puede tener. Pero también están el derecho a la propiedad, el derecho al libre desarrollo de la personalidad. Hay ciudades que persiguen a los ciudadanos por su elección sexual y a los que son diferentes. Algunos países son inseguros porque se persigue a los inmigrantes. El estado debe garantizar la seguridad para que los ciudadanos tengan en derecho a moverse, a opinar, a caminar y eso se pierde con la inseguridad.

-¿Qué se hizo en Bogotá para atenuar ese escenario de inseguridad?


-Nosotros redujimos la tasa de homicidios de 80 por cada 100 mil, a 23 cada 100 mil, fue una caída muy importante. Llegamos y encontramos no sólo una ciudad violenta e insegura sino que sin solidaridad, sucia, caótica. Nadie daba un peso por esa ciudad, nadie pensaba que se podía cambiar. Y encaramos el tema de distintas áreas, uno de los temas fue la seguridad.

Elaboramos un plan que no sólo incluyó temas preventivos, claro que los pusimos en práctica pero también fortalecimos a los organismos de seguridad y justicia para controlar el delito, para atacarlo, reprimirlo, siempre en el marco de la ley, respetando los derechos humanos.

Construimos cárceles, dotamos a la policía, a los jueces, pero también desarrollamos una cultura ciudadana, en el respeto a las normas y en el reconocimiento a la diversidad. Iniciamos programas para atender a jóvenes involucrados en pandillas que no estaban en la escuela ni en ningún lado, desarrollamos programas para atender poblaciones desplazadas por nuestro conflicto armado y también acciones hacia grupos específicos. En el 2000 creamos un plan para indigentes y en dos años conseguimos que no haya un solo menor en la calle. Esos temas son importantes desde el punto de vista preventivo.

También tuvimos políticas de desarme, hicimos que ningún ciudadano porte un arma en la ciudad y extendimos los controles sobre la droga y el alcohol. Implementamos mucha medida coercitiva.

-Pero al mismo tiempo ¿hubo una atención a la cuestión socioeconómica?

-Claro. Yo invitaría a la gente de Buenos Aires que piense cuál es el lugar más inseguro. Seguramente hay delito, venta de droga, violencia. Ese es un problema de la policía. Pero además, debe haber niños por fuera del sistema educativo. Hay jóvenes que si no los metemos en el sistema escolar van a terminar en las pandillas. Seguramente hay parques que están abandonados, basura, desorden urbanos. La policía no ordena parques, no ilumina, construye escuelas, no hace desarrollo urbano. Hay que trabajar en equipo, intervenir un sitio con violencia supone un esfuerzo de muchas instituciones y eso es lo que hicimos en Bogotá.

"No están tan mal"

-Según el Ministerio de Justicia de Brasil, Argentina tiene la tasa más baja de homicidios (4,3 cada 100 mil habitantes) de América pero al mismo tiempo algunos sectores dicen que el país se parece cada vez más a Colombia en materia de inseguridad. ¿Cuál es su opinión?


-No lo veo así, uno lo siente en Buenos Aires que es una ciudad mucho más tranquila que otras. Pero si a este tema no se le pone la atención debida la violencia tiende a crecer. Por ejemplo, Chile siempre nos ha dicho que tiene una tasa de 2 homicidios cada 100 mil habitantes. Eso es mentira, tiene una tasa de 12 homicidios cada 100 mil y no lo que quieren reconocer. Mientras que no acepte que el problema lo tiene no va a mejorar.

Costa Rica era uno de los países más tranquilos de Centro América con una tasa de 6 homicidios cada 100 mil personas. Hoy la tasa debe estar en 14 y si algo ha deteriorado la calidad en nuestros países es el narcotráfico, que no viene solo. Desde Argentina sale droga a Europa y es droga que viene de Bolivia, Perú. Luego comienza a aparecer la extorsión, el secuestro, el sicariato y así se está deteriorando la seguridad en Chile, Costa Rica y Brasil. Esto dejó de ser un problema de Colombia, Perú, Bolivia y los países consumidores. En Argentina no están tan graves pero si no se cuidan puede crecer.

Problema continental

¿Se puede hablar de un plan regional para combatir la inseguridad?

Sí. El crimen trasnacional antes de que los estados discutieran sobre globalización ya en la práctica la había desarrollado. Los primeros que realmente dieron pautas en temas de globalización fueron los mercados económicos ilegales y eso le plantea un desafío a los estados. Es ver cómo en esas características de mafias que están en todos los países y continentes, porque se puede encontrar mafia yakuza, rusa, los estados entran en políticas de alianzas.

Por ejemplo, el tema del narcotráfico hoy está en un dilema. La mano dura que planteó Ronald Reagan y antes Richard Nixon, esto es golpear los campos, las estructuras, pareciera que fracasó. La evidencia nos muestran que antes eran unas pocas toneladas las que se comercializaban o exportaban. Esa lucha de guerra, liderada por los Estados Unidos fracasó y lo que se debe ver es cómo vamos a una política que integre tanto a los productores como a los consumidores.

En el caso colombiano, éramos productores y comenzamos a ser consumidores. Pero en algunos países consumidores cada vez hay cada vez más productores, al tiempo que crecen los traficantes de armas. Ahí hay que hacer una estrategia global y esa salida es ver si esa política fracasó.

-¿Qué alternativa se podría buscar para esa mano dura que fracasó?

-Las alternativas apuntan a un control al consumo. Se debe buscar la atención al consumidor, no criminalizándolo, pero también debe haber medidas preventivas. Incluso en ese diálogo entre productores y consumidores está el discutir la legalización de la droga. Hay distintas posiciones pero ese mundo de la droga nos planteó un reto grande y es cómo trabajamos entre naciones para enfrentar a un fenómeno.

-De todos modos, es difícil para los países periféricos aunar una política si las potencias no actúan o dejan hacer al crimen organizado…

-Alguien decía que no es nada fácil este tipo de temas. Nos quedamos en la guerra, hay que plantear posiciones distintas y también hay que ver qué hacemos con el comercio ilegal de armas donde los países productores son reconocidos, como el caso de Estados Unidos, Israel, Alemania o Brasil. Tenemos que ampliar la discusión porque no es sólo un tema de tráfico de drogas y armas, la trata de personas. En eso nos metieron, hay que combatir el contrabando, no son sólo narcóticos.
El perfil del delito cotidiano cambió. Antes se hablaba de robos menores y hoy vemos cada vez más violencia.

-¿Entonces hay que buscar más posibilidades de intercambio?

- El hecho de que además de la experiencia argentina se presenten experiencias de España, México, Colombia, Perú o Canadá, nos está diciendo algo muy particular: estamos siendo afectados por fenómenos de violencia y delincuencia que no son comunes. Siempre he dicho que desde Canadá hasta la Patagonia se vende droga de la misma manera, con mayor o menor violencia, pero se vende la misma droga, se consume. En muchos países hay un fenómeno de extorsión que se viene generalizando y tenemos hechos de violencia que van desde lesionados hasta muertos.

Nos convoca el crimen que hoy ya no es tan local, tan nacional. Debemos enfrentarlo desde todos los ámbitos, desde todos los estados

-Está clara la conexión entre delito y fuerzas policiales, día a día aparecen ejemplo y en la Provincia existe la Policía Bonaerense que es prácticamente ingobernable. ¿Cómo se hace para controlar a una fuerza de 50 mil hombres?

-Para no referirme a ninguna fuerza, porque no conozco a la Bonaerense, voy a contar lo que sí conozco, que es la policía colombiana. En 1991 la policía tenía una credibilidad del 17 por ciento, es decir que 63 personas de cada cien no le tenían confianza. Tenía problemas de violación de derechos humanos, de corrupción y vínculos con el narcotráfico. Eran corruptos y estaban vinculados con el crimen.

Hubo una decisión del presidente César Gaviria de reformarla, y hasta el momento han salido uno 15 mil policías. En un primer momento fueron unos 10 mil, hubo un proceso de depuración muy fuerte y un cambio radical. Al que se comportaba mal se lo sacaba, no había posibilidad de que el policía se quedara. Además, comenzó un proceso de transformación importante con cinco elementos: la vinculación de la mujer con la policía, se abrió la puerta a profesionales formados y se atendió la cuestión de la corrupción. Sí se mejoraron los salarios pero lo más importante se mejoró la seguridad social con lo cual no hay razón para la corrupción. Cuando un policía es echado por corrupto, pierde toda la familia

-¿No cabe allí la posibilidad de que pasen a ser mano de obra desocupada para el delito?

-Cometimos un error. La verdad es que muchos terminaron en bandas y debió haberse hecho un proceso de reconversión laboral. Luego se hizo pero luego terminaron con el narcotráfico y los militares. Si se quiere hacer una reforma es necesario ver a dónde van esos policías que se echan.
 
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