Futbol20.07.2014
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M & M, lo que dejó el Mundial
Por Martín Rodríguez
Maradona o Messi, parece una revitalización desesperada por esa dialéctica con la que cada dos por tres se intenta dar sentido a nuestra vida nacional.

Pasó el Mundial, quedaron los sociólogos. La resaca de cuando el Mundial se va es un fondo de olla también para los famélicos que se quedaron con ganas de hacer el último pungueo de sentido. Garrapiñemos, entonces.

Empecemos por una constante: la sombra de Maradona sobre el infante Messi. En un plano, parece una revitalización desesperada por esa dialéctica con la que cada dos por tres se intenta dar sentido a nuestra vida nacional. Civilización o barbarie. Maradona, claro, según muchos, sería el bárbaro, “el otro”, en esa apelación extenuante. Y Messi sería un civilizado, un producto del mercado, un transgénico con una historia borroneada, del que no se conoce demasiado la respuesta a la primera pregunta de la literatura clasista y combativa: ¿de dónde viene: de una familia de clase baja, de clase media, de clase media-baja? Messi no nos da esa precisión. No trabaja para Manu Chao ni Kusturica, esos que nos quieren pobres, siempre.

Maradona está sobre-narrado y sobre-auto-narrado. Con justicia, con exceso. Maradona fue algo más que un jugador, y es algo más que un ex jugador. Fiorito, la Tota, Boca, las “nenas”, Nápoles, el gol con la mano, doping positivo, la adicción, la noche, Cocodrilo, la recuperación, el DT… Una película que se hace sola. Hipótesis del sociólogo Pablo Alabarces leída en el Le Monde Diplomatique dedicado al mundial: con menos Estado, en la era neoliberal, Maradona fungía de preservación del relato nacional y popular. Era una lengua moral adentro de un cuerpo inmoral que representaba un peronismo contracultural de la década menemista. Algo así. Diego era portador recio del relato de una forma de dignidad nacional en esa década distraída, según esas cristalizaciones. Maradona sabía que estaba siendo encumbrado como Mito, era autoconciente y por eso también codeó para estarse bajo la lluvia de las regalías de su negocio. En eso anticipó las formas de izquierda populista de esta década. Millonario insolente en la guerra cuerpo a cuerpo de poder contra poder. Si se dice la palabra “negocio” al revés, se dice hoy(oi) cogen. Bueno, Maradona hizo carne la letra de cumbia: “si nos organizamos cogemos todos”. La prolongación de su juego, fuera de la cancha, fue inédita, y está hecha también de sorpresa y habilidad. En los “me cortaron las piernas”, “la pelota no se mancha” o “la tenés adentro” había lírica y agua del molino para los Dolina/Apo de este mundo, en ese paisaje desforestado y retroalimentado donde todo es “ilusión y caída”, esa autopista asfaltada por sociologías y literaturas del deporte para hacer del Deporte un teatro griego, el gran cuento de la aldea que pinta el mundo. Y “el mundo nos odia”, según el rezo maradoniano. (¿Y qué le hicimos al mundo para que nos odie, si somos agro-exportadores?)

Messi no sacia ninguna sed de sentido, más que en el juego. Se gambeteó a esos también. Actúa con la sombra de Diego, porque si Messi no tiene relato, hay que hacerlo espejarse todo el tiempo con Diego. ¿Quién conoce su pensamiento íntimo? El fútbol es un juego. Como todo juego, está hecho de invisibles (¿inconscientes?) repeticiones. Messi hizo un gol con la mano, al Españyol. E hizo “el gol de Maradona a los ingleses” al Getafe. Su educación sentimental incluyó mirar una y mil veces esos goles religiosos, los momentos en los que el fútbol, con Diego Armando Maradona, alcanzó su mayor cima. Es un “hablado” del cuerpo de Maradona, en algún sentido. Y es en esa parte, en esa parte en donde el cuerpo de Messi muestra sus “grabaciones”, donde brilla un sentido para todo esto. La parte menos dicha de la educación maradoniana que también vale la pena: la parte en donde Diego fue, en su genio futbolístico, una clase de perfección.

Lío nació un miércoles 24 de junio de 1987 en la ciudad de Rosario. Vivió sólo trece años en el país, y en el 2000 se mudó a la ciudad catalana “para siempre”. Barcelona pagó el alto precio del tratamiento que garantizara el desarrollo de Messi. En 2004, decidió no ser español. Ergo: ser argentino.

Se dice con prejuicio y también con cierta verdad, que encarna “la generación play station”. Lío sin relato, sin héroe colectivo, depende su genio del juego y de la estructura del equipo. La carencia de relato, de tragedia, ese déficit narrativo me gusta. Lo hace más liviano. La ciencia puso su cuerpo a la altura de la historia del fútbol. Horror. ¿Horror? Es bárbaro que así sea. 

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