educación
Es tiempo de otra Reforma
Por Mariano Lanouguere
A cien años de la Reforma Universitaria, la educación superior necesita actualizar su función social y hacer cumplir los principios revolucionarios postergados.

Hace exactamente 100 años, mil jóvenes estudiantes de la Universidad de Córdoba, que significaban dos tercios del total de los alumnos de esa casa de estudios, irrumpían con furia en el salón donde sesionaba la Asamblea Universitaria que elegía al nuevo rector, proveniente del sector conservador de la UNC, y declaraban la huelga general de estudiantes.

Este día en particular se convirtió en el más simbólico del suceso que conocemos como la Reforma Universitaria de 1918, un hito a nivel latinoamericano, que transformó para siempre la Universidad en diversos aspectos. Una semana después, la Federación Universitaria de Córdoba, publicó el Manifiesto Liminar, denunciando el régimen anacrónico que reinaba hasta entonces en el ámbito universitario, alejado de la ciencia, autoritario y ''fundado en el derecho divino del profesorado''.

La gran victoria de la Reforma Universitaria en nuestro país fue el legado que dejó en la estructura de nuestra educación superior, fundado en los principios fundamentales por los que estos jóvenes lucharon en ese tiempo. La autonomía universitaria, el cogobierno, la extensión universitaria, los concursos docentes, la libertad de cátedra, entre otras grandes conquistas, sentaron las bases de las universidades modernas.

No fue este el caso de la gratuidad universitaria, conquista que no fue efectiva hasta el decreto 29.337, firmado y promulgado por el presidente Juan Domingo Perón el 22 de noviembre de 1949. Con esta ley se suprimieron los aranceles y se garantizó el verdadero acceso de los hijos de sectores populares a la universidad pública.

''La única actitud silenciosa, que cabe en un instituto de ciencia, es el del que escucha una verdad o la del que experimenta para creerla o comprobarla'' reza una de las líneas del brillante documento redactado por Deodoro Roca, quien no se atribuyó la autoría, tal vez en otro gesto que realza la firmeza de la construcción colectiva que encabezaban en aquel entonces los reformistas cordobeses.

No debe dejarse librado al azar el análisis de esas palabras, que denotan un trasfondo importante, para entender a la impartición de la educación tan apegada al clero en esos años. El leit motiv de la Reforma, fue sin duda alguna, el de casi todas las revoluciones: discutir el poder que otro u otros ejercían de forma hegemónica y sin sustento legítimo. El arcaico autoritarismo, del clero y también de ''la casta de profesores'' -como la definieron en el Manifiesto- y las características coloniales, elitistas y clericales que seguía manteniendo la UNC a doscientos años de su fundación, es lo que discutieron fervientemente los militantes de la Federación Universitaria de Córdoba y lo que claramente fue el germen de la democratización posterior de las universidades, con su propia complejidad, con órganos colegiados y compuestos por varios claustros representativos y electos por sufragio directo.

A un siglo de este gran suceso y a casi 70 años del complemento fundamental que se realizó desde el peronismo en la conducción del Estado para la configuración actual de la universidad, es preciso rendir homenaje a todos aquellos quienes lucharon por una universidad pública, abierta, gratuita, de ingreso irrestricto y cercana a su comunidad; y también llamar a los estudiantes de esta centuria a planificar las reformas que necesita actualmente la educación superior. La nueva universidad que debemos construir de cara al futuro requiere entender las graves falencias que arrastra este sistema que hoy se ha vuelto también anacrónico y que debemos adaptar a una nueva sociedad y prepararlo para la generación que viene.

Es necesario repensar la universidad por el rol que debe tener en relación con su propia comunidad, con la formación de profesionales comprometidos con la sociedad, con el apuntalamiento de las carreras que son estratégicas para el proyecto nacional a mediano y largo plazo. Debemos, sin lugar a dudas, diseñar un nuevo sistema de becas estímulo para seguir involucrando a quienes provienen de hogares populares en la educación superior: así contribuiremos a la movilidad social ascendente de esas familias y también a formar profesionales que el país necesita de forma urgente.

La nueva universidad debe involucrarse de forma apremiante en la lucha contra la deserción: no podemos permitir que aproximadamente el 50% de los jóvenes del Conurbano, provengan del sector socioeconómico que sea, abandonen los estudios entre el primer y segundo año de la carrera.

Hoy la comunidad estudiantil se debe el análisis de una nueva reforma y la construcción de nuevos principios. El contexto es lógicamente diferente al de aquel entonces, cuando solo existían cinco universidades en todo el país (todas públicas). Hoy existen 55 universidades nacionales (sin tener en cuenta una gran suma de universidades privadas), al menos una de ellas en cada provincia y 26 de ellas están en la Provincia y la Ciudad de Buenos Aires, donde se concentra la mayor densidad poblacional y también los mayores índices de desigualdad.

Aun así se puede observar en las estadísticas que proporcionó el Observatorio Educativo de la Universidad Pedagógica Nacional que, efectivamente, los ciudadanos provenientes de los sectores más populares si acceden a la universidad. Pero no se necesitan muchas estadísticas para saber que son quienes más sufren el desafío de sostenerse el tiempo que demanda el cursado de una carrera universitaria, por lo que claramente protagonizan los índices de deserción, al no poder afrontar los gastos propios que rodean a la educación superior.

Sin dudas, si hoy nos planteáramos una nueva reforma, deberíamos enfocarnos en ello y encontrar respuestas a estos interrogantes: ¿Para qué queremos una universidad pública cogobernada si en ella solo se van a recibir los que pueden pagar la matrícula de una universidad privada gerenciada? ¿Tener un sistema universitario excluyente de cara a los sectores populares no es contrario al espíritu de la Reforma de 1918? ¿No desarrollar políticas que complementen la supresión de aranceles para realzar la gratuidad es por una cuestión de recursos escasos o por una convicción ideológica? ¿Es democrático que el claustro docente siempre tenga garantizada mayor representación que la de los estudiantes en los órganos de cogobierno?

El desafío de la investigación y la producción de contenidos también es terreno a abordar por parte de la gran mayoría de las casas de estudio, donde existe un gran déficit en esta materia; sin mencionar que en buena parte de ellas todavía, al día de hoy, algunos preceptos de la Reforma del 18, como las cátedras paralelas, no se han hecho realidad efectiva.

Sin dudas, es hora de una nueva reforma que empiece por pulir los principios centenarios que aún no se efectivizaron y que diseñe y ponga en práctica los nuevos. Nuestro país, en una apremiante situación, debe dirigir sus esfuerzos en promover las carreras estratégicas para el proyecto nacional, y de manera urgente articular las medidas necesarias para que, realmente, los más humildes de nuestro país puedan permanecer en la universidad y graduarse.

El contexto actual nos obliga a pensar a la universidad como un sujeto social, con verdadero poder de transformación, y combustible de la movilidad social ascendente, y no solo ya a través de la vieja dicótoma espacio clerical-espacio científico. El hecho de poner a las ciencias al servicio de la comunidad, y no solo mediante publicaciones o escritos de divulgación científica, será provechoso para aumentar su matricula y convertir a las universidades publicas en motores del desarrollo nacional.

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