inflación18.04.2018
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Frente a las expectativas, el gran vencedor siempre es la realidad
Por Manuel Adorni
Luego de dos años de metas de inflación incumplidas, los datos del primer trimestre arrinconan las posibilidades de cumplir la de 2018.

Sin duda, una de las preocupaciones más grandes del Gobierno son los inaceptables niveles de inflación, dando cuenta de que la batalla contra el aumento constante de los precios está aún muy lejos de ganarse.

Las historia de desamores entre los datos de la realidad y las expectativas comienzan allá por mediados del año 2015 cuando el futuro presidente de todos los argentinos minimizaba en diversas declaraciones públicas la fortaleza de la inflación a punto tal de considerarla uno de los objetivos más fáciles de cumplir. En caso de ganar las elecciones de octubre de ese año, la pulverización del aumento de precios que venía sufriendo la economía argentina desde el año 2002 seríará pidamente lograda por su equipo económico.

La historia continuó en enero de 2016, cuando en plena conferencia de prensa y luego del levantamiento del cancerígeno cepo cambiario, quien fuera en aquel momento el encargado de encauzar el completo desaguisado que transitaba la economía argentina, anunciaba que la inflación para todo 2016 sería de un 25%. Lo cierto es que nuevamente los hechos pusieron a las expectativas muy por detrás de la realidad: la inflación en el 2016 rozó el 40%, más de 15 puntos por encima de lo anunciado doce meses antes.

El traspié durante el año 2017 no sería muy diferente a los dos primeros tropezones: las metas de inflación por parte del oficialismo se situaron en el 17% y, a medida que corría el año, el propio Gobierno tuvo que rectificarse y declaró que esa meta era meramente "indicativa" y que la inflación para todo el año rondaría el 20%. Una vez más la realidad: el año 2017 culminó con un nivel de inflación en torno al 24,8%.

Para este año, la inflación prometida por los altos funcionarios ha sido de 15%, y como si fuese hecho a propósito, una vez más la realidad los dejó en falso: el primer trimestre del año la inflación superó cómoda el 6%, proyectando que la meta autoimpuesta por el Gobierno se superaría entre los meses de septiembre y octubre, dando por resultado una inflación esperada en torno al 20%. Está claro que si se toman siempre los mismos caminos, el destino será también siempre el mismo.

La laxitud en el manejo de la Política Monetaria y el elevado déficit fiscal que tiene como lastre la economía argentina son algunos de los enemigos principales con los que convive la economía nacional y que no le permiten mostrar grandes avances en su lucha antiinflacionaria. La política monetaria dio muestras (especialmente desde el último 28 de diciembre cuando el Banco Central aceptó que se corrigiera su meta de inflación en virtud de las necesidades políticas) de la falta de jerarquía e independencia de la que dispone la autoridad monetaria para generar la confianza suficiente que necesita el mercado. Pocos son los que aún creen en que el Banco Central tendrá la independencia suficiente para reposicionarse detrás del manejo correcto de las variables monetarias y no volver a ser manoseado por la casta política.

Por otro lado, el déficit fiscal. Ese verdugo que nadie quiere tener consigo pero que nadie se anima a aniquilar antes de que sea demasiado tarde. El Estado Nacional gasta algo más de $600.000 millones extra por año por encima de sus posibilidades y, en el mientras tanto, demanda más y más emisión de deuda, lo que retrasa el tipo de cambio, empeorando nuestro nivel de endeudamiento y distorsionando las variables macroeconómicas. Y consiguientemente, también exige más y más emisiones de pesos por parte del Banco Central en virtud de poder cubrir sus gastos corrientes.

Así y todo, las promesas por parte del equipo económico siguen más vigentes que nunca: se renueva el compromiso y se espera terminar con la inflación -o al menos que ésta se sitúe por debajo de los de dos dígitos- para el año 2019. En paralelo, los esfuerzos del Gobierno seguirán para que en los próximos cinco años la brecha entre gastos e ingresos públicos se achique hasta eliminar el déficit fiscal y con ello llevar a la Argentina a ser de una vez por todas, un país que deje de depender del crédito que le otorgue el mundo para cumplir con sus obligaciones.

Promesas, expectativas o realidades, lo cierto es que dentro del desequilibrio macroeconómico que existe en la Argentina, solo podemos bregar porque las expectativas de una vez por todas dejen de ser simplemente un acto de fe y se conviertan en resultados concretos, para tener una Argentina con crecimiento, empleo y menores niveles de pobreza; pero, por sobre todo, un país de realidades. 

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Dicen aquellos que están al tanto del chusmerío que viene del pretérito pasado, que los ángeles del Señor mientras éste estaba modelando una región donde introducía todas las riquezas naturales posibles a las cuáles podía acceder el ser humano y a la que denominó Argentina, se quejaron de su exultante magnificencia y su despliegue hacia aquellos futuros habitantes que disfrutarían de sus bienes terrenales, y a los cuáles Dios, nuestro Señor, repondió: No os preocupeis hijos míos. ¡ Ahora pondré a los argentinos! Y sólo le faltó agregar, especialmente, a los empresarios argentinos. Aúllan y despotrican como chanchos en el chiquero porque según ellos, desde 1810 a la fecha, no se han dado las condiciones para que la economía arranque. Y es algo que realmente no alcanzo a entender a pesar de que poseeo un coeficiente intelectual promedio: Existen en el exterior alrededor de cuatrocientos cincuenta mil millones de dólares de argentinos que los hicieron acá, siempre en las condiciones inestables del mercado, y se los llevaron a allá y en un país donde, siempre, las reglas de juego del mercado impuestas por papá estado no eran lo suficientemente claras para que pudieran reinvertir sus ganancias. ¡ Vamos! Terminemos con dicha falsedad. En Dinamarca y la confluencia de países nórdicos como Suecia, Noruega, Finlandia, el estado les retiene entre el 48 % y 55 % de sus ganancias a los empresarios y éste con el porcentaje restante, amplía su empresa y vive como un rey. Es un problema de conciencia social-cultural. Ahora, imaginen a los ratones empresarios nativos en situaciones similares y en dónde viven evadiendo por todos lados. Argentina nunca podrá salir del marasmo económico-social que venimos arrastrando, porque su oligarquía dominante no tiene noción de país, de nación, de patria. Sólo, podría decirse, que representan a una chusma de ratas apátridas, una manga de cipayos, al estilo Jauretche, que vive gimoteando por la teta del estado. Ahora les van a perdonar impuestos a las ganacias y el pago de IVA para que inviertan. Ya lo decía nuestro mayor poeta y filósofo por antonomasia, Enrique Santos Discépolo, -Discepolín- en la letra del tango Cambalache allá por 1934...el que no llora no mama y que no afana es un gil. Parece ser, sin dudas, que éste es el leiv motiv de los empresarios que supimos conseguir y merecer. Lmqlrmpp.