Gobierno09.05.2017
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Los pactos de La Moncloa, el mejor espejo donde Argentina debiera mirarse
Por Juan Eduardo Barrera
Macri tiene la oportunidad histórica de convocar a un pacto económico, político y social para una Argentina moderna como lo hizo España 40 años atrás.

A pesar de los 40 años que las separan, las situaciones socio-económicas y políticas de la España de entonces y la Argentina de hoy presentan una gran correlación o paralelismo que hace que recobre plena vigencia conceptual el espíritu e incluso, el contenido de aquellos pactos fundacionales de la España moderna. Espíritu de grandeza de la clase política para poner el bienestar de los ciudadanos por encima de sus propias apetencias personales de corto plazo. Y contenido realista y responsable para consensuar un conjunto de Políticas de Estado que permitan imaginar hoy como podría ser la Argentina del 2030 y aseguren una transición ordenada y productiva hacia esa meta.

Hablamos de pactos en plural porque en realidad los pactos fueron dos. El Pacto Económico, que era lo que en aquel momento se llamaba Programa de Estabilización Económica (casi un plan de ajuste). Y luego el Pacto Político que ratificaba el compromiso de todas las fuerzas de respetar el pacto económico, con el coste político que ello implicaba y explicitaba, a través de una serie de Políticas de Estado debidamente consensuadas, el gran proyecto político que no era otro que el de volver a ser Europa.

Y decimos que fueron pactos fundacionales porque ordenaron económica y políticamente una transición que se presentaba por demás compleja entre la durísima y prolongada dictadura de Franco y la incipiente democracia; sentaron las bases económicas de la España moderna; promovieron la Constitución del 78 y aseguraron el ingreso futuro de España en la entonces Comunidad Económica Europea (CEE).

Las semejanzas circunstanciales, de las cuales se puede aprender y aprovechar, son muchas y muy evidentes. En efecto, la España del 77 presentaba, entre otros muchos, los siguientes problemas críticos:

• Una profunda grieta social producto de una Guerra Civil seguida de 40 años de durísima dictadura.

• Partidos políticos en formación y con débil legitimización democrática por la ausencia de elecciones previas.

• Un fuerte proceso inflacionario, producto de la segunda crisis del petróleo y de un Estado burocrático muy sobredimensionado, que obligaba a continuas devaluaciones de la peseta y exacerbaba la puja distributiva con paros y frecuentes movilizaciones sociales.

• Fuerte atraso en las condiciones de vida comparado con sus vecinos europeos, persistentes problemas de desempleo y gran regresividad impositiva.

• Considerable aislamiento internacional, producto de muchos años de dictadura y viejas simpatías por los países del Eje en la Segunda Guerra Mundial, y

• Un partido político nuevo en el poder, la UCD de Adolfo Suárez, creado ad-hoc para la ocasión, sin experiencia previa ni de política ni de gestión y con minoría parlamentaria.

Adolfo Suárez intentó en sus primeros meses de gestión, de forma unilateral y nada pactista, de tratar de ordenar la transición mediante el llamado "Plan de Urgencia Económica del Gobierno". Pero la dura realidad económica y la continua agitación social que ponía en peligro la incipiente democracia le hizo comprender rápidamente que su proyecto de modernización solo sería posible con el concurso de todas las fuerzas políticas, que compartirían así los costes, pero también los beneficios de una transición ordenada y exitosa.

Para graficar esos posibles beneficios, Suárez solía decir que "España era como un viejo palacio lleno de blasones y títulos nobiliarios con reminiscencias de tiempos mejores pero que en la realidad era prácticamente inhabitable porque nada funcionaba bien, se cortaba la luz, no había calefacción, ni agua caliente y los techos estaban llenos de goteras". Por tanto, pedía tiempo y comprensión para poder abocarse a estas tareas practicas e ineludibles sin tener que estar pendiente de la competencia electoral y la lucha por el poder. Si le dejaban trabajar tranquilo, al final de esa legislatura los próximos habitantes del palacio, que ganaran las próximas elecciones, se encontrarían con un lugar realmente habitable. De allí, que a su equipo de gestión se le conociera vulgarmente hablando como los "fontaneros/plomeros" de Suárez.

La Argentina de hoy se parece mucho a ese espacio común que ilustraba Suárez donde nada funcionaba como debía, cada vez más incómodo para muchos argentinos horrorizados por tanta pobreza en un país supuestamente rico, hastiados de tanto desorden y crispación en un país supuestamente educado y desilusionados por un futuro venturoso que nunca llega y que imaginan como muy problemático, en el mejor de los casos.

El Presidente Macri, que como Suáez comparte el hecho de no venir de la política partidaria tradicional, liderar un partido nuevo y estar en minoría parlamentaria, tiene ahora la oportunidad histórica de aprender de él y de entender que, como a España a nuestro País tampoco lo arregla una persona sola. Y tratar con visión e inteligencia, de hacer de la debilidad virtud, convocando para ello a toda la dirigencia del País a consensuar un conjunto de Políticas de Estado que se conviertan en los pilares sobre los que se construya la Argentina moderna.

Acordar esas Políticas no debería ser una tarea excesivamente compleja. Existen ya numerosas propuestas y valiosísimas aportaciones de muchas usinas de pensamiento locales que facilitarían enormemente ese trabajo. No faltan las ideas ni las propuestas sobre lo que debería hacerse, lo que puede faltar en todo caso es la generosidad personal, la voluntad política y el coraje cívico para hacerlo.

La dirigencia local también tiene mucho para aprender de los políticos españoles que acompañaron a Suarez en la etapa de la transición. Todos y cada uno debieron sacrificar expectativas de corto plazo y pagar sus correspondientes costes políticos. Fraga Iribarne, máximo dirigente de la derecha postfranquista, tuvo que asumir la legalización del Partido Comunista (PCE), su tradicional enemigo político, y entre otras cosas, desdecirse de aquella famosa frase "la calle es mía" pronunciada en la última etapa del régimen asumiendo que la calle ya había sido ganada definitivamente por la democracia. Santiago Carrillo, figura clave durante la etapa de la resistencia al franquismo, tuvo que resignarse a un papel casi secundario y ceder gran parte del espacio de centro-izquierda y el protagonismo político al PSOE de Felipe González, el político más popular de aquel momento. Felipe, a su vez, tuvo que renunciar al marxismo y resignarse a esperar a la siguiente legislatura para acceder al poder y desdecirse de su cerrada negativa inicial a que España ingresara a la OTAN, para terminar, haciendo una muy activa campaña a favor del Sí en el correspondiente referéndum pocos meses después.

El espectacular desarrollo económico y social de la España moderna prueba que el esfuerzo de toda aquella dirigencia valió la pena. El premio mayor fue el ingreso de España en la Comunidad Económica Europea (CEE) en el '86 y con ello el acceso a los fondos europeos FEDER que en la práctica fueron equiparable al Plan Marshall que los americanos habían denegado años antes a España por su apoyo a los países del Eje.

La generosidad política de Adolfo Suárez y el trabajo fundacional, serio y meticuloso de sus fontaneros en los primeros 4 años de la democracia española le siguen siendo reconocidos por toda la sociedad aun hoy, 40 años después. En efecto, una encuesta de Metroscopia publicada el pasado domingo 9 de abril en el diario El País revelaba que Adolfo Suárez seguía siendo el político más valorado de la transición española por el conjunto de la sociedad, incluso por jóvenes que no llegaron conocerlo en actividad, y por encima aun del más carismático Felipe González que gobernó durante 12 años seguidos y lideró el ingreso de España a la OTAN y la CEE.

Argentina necesita ahora más que nunca de la generosidad y grandeza de su dirigencia política y social para consensuar unos Pactos de Estado al estilo de los de La Moncloa, que complementen la transición iniciada por Raúl Alfonsín en el '83 y creen unas bases sólidas sobre las cuales proyectar la Argentina moderna e inclusiva que ha probado ser tan esquiva hasta ahora. ¿Estará la dirigencia política argentina a la altura que los tiempos reclaman? ¿Dará el Presidente Macri el primer paso? Ojalá así sea.   

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Mi Dios! Otra zoncera... Las recetas importadas de los "intelectuales" argentinos. Amoldar la cabeza al sombrero! (diría Jauretche). Como bien dice Mario C. Disparate por donde se lo mire... La realidad que vivió España y su supuesto (y volatil) progreso poco tuvo que ver con el pacto, sino que se explica más bien por los millones de euros que recibió el país luego de su entrada a la CEE. Los millones que debieron poner sus vecinos más poderosos como Alemania y Francia para levantar un país decadente...Lo inflaron con aire, o euros, para después explotar y caer en la decadencia actual.
En fin, en realidad lo que pretenden con este "pacto" es nada más darle vida al ajuste, porque los muchachos que pregonan el mismo ya se van dando cuenta que con Macri sólo el ajuste no tiene mucho futuro.
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Muy anacrónica la nota. No veo ninguna similitud entre aquella época de España y el gobierno de Macri y sus circunstancias. España necesitaba salir de la inflación para iniciar su entrada a la Unión Europea, necesitaba democratizarse por lo mismo. Todavía no había caído el muro de Berlín. Todo es tan diferente. Nosotros no venimos de una guerra civil. Ya pasaron casi 35 años de la dictadura militar.... Me parece un disparate
4
El Pacto de la Moncloa y el gobierno del ¿socialista? Felipe Gonzalez fueron el caballo de Troya del ingreso del neoliberalismo a España.
3
Macri no puede CONVOCAR nada. Es un BRUTO, termina en cana antes de 2020.
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Excelente trabajo periodístico.
1
EL PACTO DE LA MONCLOA LO IBA PONER EN PRACTICA ALFONSIN Y LE DIJERON DE TODO