Peronismo, campo y poder

La conflictiva relación del peronismo con el campo comenzó un acercamiento bajo la impronta del mítico grupo que lideró Armando Palau y que tuvo en Felipe Solá su hijo dilecto. Fue en el gobierno de Juan Perón que se introdujo en el país la soja que el kirchnerismo hoy dice combatir.

Buenos Aires, lapolíticaonline, 01/07/08, 16:19

Soy peronista, nada de lo humano me es ajeno”,

Cristian Cangenova, un amigo.



Armando Palau, peronista de Carlos Tejedor que en 1974, siendo Subsecretario de Agricultura en la gestión de Horacio Giberti trajo en un avión Hércules del Ejército Argentino la variedad de soja de los Estados Unidos que cambiaría la historia de la agricultura argentina, vivió con una obsesión: reconciliar al peronismo con el campo.

 

Hasta pegarse un tiro en la garganta, Palau juntaba a sus discípulos para discutir y pensar estrategias de acceso al poder. Para él, la Argentina estaba llamada a ser un gran proveedor mundial de alimentos, pero ese destino sólo podría ser sustentable a largo plazo si lo alcanzaba un gobierno peronista –es decir, popular-, para evitar el enfrentamiento ideológico y consolidar un modelo altamente productivo y de avanzada tecnológica, pero con democracia y justicia social.

 

“El campo no son los pitucos de la Sociedad Rural”, le decía a la dirigencia peronista, que lo escuchaba sin demasiado interés. “Esa es la caricatura de lo que pasa en el campo real”, insistía. Y contaba que “Perón me dijo que se equivocó cuando quiso decirle al campo qué producir y cómo, y después buscó enmendar esos errores llevando nuevas tecnologías, pero murió enseguida”. Era muy respetado, pero hablaba de campo. Ergo, un marginal del poder.

 

La dictadura se llevó a algunos de los mejores discípulos que tuvo Palau, pero una vez pasado lo peor de los secuestros, volvió a juntar en su casa a los jóvenes agrónomos y veterinarios con quienes pasaba horas discutiendo de política, peronismo y campo. Ejercía una enorme influencia sobre ellos. Era muy difícil sorprenderlo con alguna innovación técnica. Estaba siempre muy informado y le interesaban tanto las internas del poder como los novedosos sistemas de ensilados que empezaban a hacerse en el Corn Belt.

 

Los discípulos

 

Hasta su casa iban Martín Piñeyro, Héctor Ordoñez, Rafael Delpech, Héctor Huergo, Felipe Solá, Bernardo Cané, Adolfo Boverini y Félix Cirio, entre otros. Todos habían estudiado juntos, en la UBA. Se recibieron a finales de los 60 o a principios de los 70. En el gobierno de Perón estuvieron en lugares de modesta relevancia (como Solá, que fue secretario privado de Jorge Taiana padre o Huergo, que fue jefe de prensa de Giberti), pero lo más importante es que, con sus más y sus menos, siguieron juntos durante los años de plomo.

 

Tenían tiempo, claro. Y una formidable vocación por hacer realidad la Argentina verde, justa y competitiva de la que hablaba Palau. Se pasaron larguísimas tardes discutiendo acerca de la relación del campo con el peronismo, y se propusieron saldar ese fenomenal malentendido tendiendo puentes, por un lado, pero también formándose para conducir la política del Estado hacia el sector, cuando el peronismo volviera al poder.

 

Aunque nunca lo dijo, Solá fue el preferido de Palau. Felipe se torturaba pensando que su delfín sería Piñeyro, porque una vez lo había recomendado para un cargo que después lo catapultó para conducir el Instituto Interamericano de Cooperación Agrícola (IICA) desde San José, Costa Rica. Pero sabía perfectamente que la llama política flameaba en la ambición del joven Solá como en ningún otro de los cuadros que lo frecuentaban. Y así se lo hizo saber a Antonio Cafiero, quien confió en el olfato de Palau, y llevó al joven agrónomo de 34 años como Ministro de Agricultura del gobierno de la provincia de Buenos Aires que la renovación peronista ganó en 1987.

 

Dos años después, Felipe se lanzó a la conquista de la Secretaría de Agricultura de Carlos Menem, y lo logró, a pesar de que los “pitucos” de la Sociedad Rural mandaron a decir que no se podía elegir a un “montonero”. “Id y evangelizad en esas comarcas bárbaras”, fue la despedida que Cafiero le hizo a Solá al partir. Y los cuadros técnicos mejor formados y de mayor compromiso político que tuvo el peronismo para desarrollar políticas agropecuarias, fueron al gobierno menemista a desplegar sus capacidades.

 

Los noventa

 

Es difícil entender desde hoy la década del 90. Más sencillo es estigmatizarla. Si se comparan los funcionarios actuales con los de esa época, definitivamente el menemismo arrasa en cuanto capacidad técnica, audacia política y vocación de consensos. Lástima que el marco fue la eliminación de cualquier recurso de política monetaria (por el dogma de la convertibilidad), la venta de todos los activos empresarios del Estados como esquema excluyente para resolver los déficit presupuestarios y, ya al final, los negocios como única política.

 

Pero aún en condiciones macroeconómicas adversas, la gestión de Solá y su equipo es memorable. No sólo terminó con la aftosa y aprobó la soja RR, sino que desplegó programas sociales para mitigar las dramáticas consecuencias de la convertibilidad en el campo, como el Programa Social Agropecuario o el Programa de Reconversión Productiva del Pequeño y Mediano Empresario Rural, o Cambio Rural.

 

Desde el Programa de Promoción de Alimentos en el Exterior (PROMEX), hasta el Instituto Nacional de Semillas (INASE), pasando por los prolegómenos de un Instituto de Promoción de la Carne también en el exterior, la ley de Denominación de Origen que dio nacimiento al trabajo del Cordero Patagónico, qué no hizo Solá para poner un Estado activo para desarrollar las capacidad productivas del campo argentino.

 

La demolición

 

Todo o casi todo lo fueron destrozando sus sucesores. Un Jefe de Gabinete como fue Christian Colombo un día dijo en conferencia de prensa que como se imponía una reforma del Estado y había 80 organismos que tenían responsabilidades superpuestas, había que eliminarlos a todos. Sólo tuvo tiempo con uno, el INASE, el único que funcionaba sin recursos del Estado porque se autofinanciaba con las regalías de las semillas. Un Ministro de Economía como José Luis Machinea dejó de enviar el presupuesto para la lucha contra la aftosa, un secretario de Agricultura como Antonio Berongharay no supo defenderlo y la aftosa volvió a la Argentina.

 

Y así fue todo. Lo de Duhalde fue un gobierno de emergencia. No hubo prácticamente Secretaría de Agricultura. La devaluación hizo el trabajo importante. Después vino Kirchner. Y tampoco hubo Secretaría de Agricultura. Peor. Como dice Eduardo Buzzi, cada vez que se metieron fue para complicarla.

 

Y hoy estamos aquí. En 1993, cuando la Federación Agraria conducida por Humberto Volando hacía fenomenales tractorazos en la Plaza de Mayo contra la política menemista hacia el campo, que disolvió la Junta Nacional de Granos y la Junta Nacional de Carnes, nadie podía imaginar que se iba a rememorar con nostalgia esa gestión en Agricultura.

 

Solá padeció tanto la marginalidad en el poder durante los años a cargo de los bellísimos edificios de Paseo Colón, que cuando llegó a gobernador de Buenos Aires, se olvidó del sector. No volvió a atender a sus referentes y se desentendió de su cultura, que tanto calaba en los dichos de campo que repetía y en la música que escuchaba. Y sólo se quedó con lo “pituco” del asunto. Partidos de polo, por ejemplo, en lugar de partidos de pato, que es el deporte de los chacareros junto con las carreras de auto.

 

Peronismo y campo

 

Pero esta nota no era para hablar de Solá, sino del peronismo y el campo. Ni Menem cuando fue presidente, ni Duhalde que sí comprendía en cambio la necesidad de un “modelo productivo”, ni Kirchner desde que fue Presidente pusieron energía en comprender el proceso que Huergo llamó “la segunda revolución de las pampas”, el modelo ultracompetitivo de producción de alimentos de la Argentina.

 

Nadie interesado en el ejercicio del poder se pudo detener a mirar el sistema de redes en clúster productivos que es imitado en el mundo, porque allí no había votos. Es verdad que en los últimos años empezó a haber negocios e interés de invertir. Pero ni así. El campo argentino llegó a la admiración mundial, sin que nadie en la Argentina le prestara atención. Y hasta llegó a pagar 35 por ciento de retenciones sin que nadie escuchara una queja.

 

Pero no era porque no las tuviera. Los chacareros estaban produciendo y no tenían tiempo de hacerse oir. Ahora está visto. Y se ven cantidad de cosas. Como que de verdad es eso de que el motor de la economía argentina arranca en el campo. Y ahora que las nuevas mayorías también nacerán tranqueras adentro, el peronismo se avivó. Y un peronismo nuevo buscará liderarlas.

Peronismo, campo y poder

La conflictiva relación del peronismo con el campo comenzó un acercamiento bajo la impronta del mítico grupo que lideró Armando Palau y que tuvo en Felipe Solá su hijo dilecto. Fue en el gobierno de Juan Perón que se introdujo en el país la soja que el kirchnerismo hoy dice combatir.

Por Silvia Mercado

| 16:19

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Felipe Solá.

Soy peronista, nada de lo humano me es ajeno”,

Cristian Cangenova, un amigo.



Armando Palau, peronista de Carlos Tejedor que en 1974, siendo Subsecretario de Agricultura en la gestión de Horacio Giberti trajo en un avión Hércules del Ejército Argentino la variedad de soja de los Estados Unidos que cambiaría la historia de la agricultura argentina, vivió con una obsesión: reconciliar al peronismo con el campo.

 

Hasta pegarse un tiro en la garganta, Palau juntaba a sus discípulos para discutir y pensar estrategias de acceso al poder. Para él, la Argentina estaba llamada a ser un gran proveedor mundial de alimentos, pero ese destino sólo podría ser sustentable a largo plazo si lo alcanzaba un gobierno peronista –es decir, popular-, para evitar el enfrentamiento ideológico y consolidar un modelo altamente productivo y de avanzada tecnológica, pero con democracia y justicia social.

 

“El campo no son los pitucos de la Sociedad Rural”, le decía a la dirigencia peronista, que lo escuchaba sin demasiado interés. “Esa es la caricatura de lo que pasa en el campo real”, insistía. Y contaba que “Perón me dijo que se equivocó cuando quiso decirle al campo qué producir y cómo, y después buscó enmendar esos errores llevando nuevas tecnologías, pero murió enseguida”. Era muy respetado, pero hablaba de campo. Ergo, un marginal del poder.

 

La dictadura se llevó a algunos de los mejores discípulos que tuvo Palau, pero una vez pasado lo peor de los secuestros, volvió a juntar en su casa a los jóvenes agrónomos y veterinarios con quienes pasaba horas discutiendo de política, peronismo y campo. Ejercía una enorme influencia sobre ellos. Era muy difícil sorprenderlo con alguna innovación técnica. Estaba siempre muy informado y le interesaban tanto las internas del poder como los novedosos sistemas de ensilados que empezaban a hacerse en el Corn Belt.

 

Los discípulos

 

Hasta su casa iban Martín Piñeyro, Héctor Ordoñez, Rafael Delpech, Héctor Huergo, Felipe Solá, Bernardo Cané, Adolfo Boverini y Félix Cirio, entre otros. Todos habían estudiado juntos, en la UBA. Se recibieron a finales de los 60 o a principios de los 70. En el gobierno de Perón estuvieron en lugares de modesta relevancia (como Solá, que fue secretario privado de Jorge Taiana padre o Huergo, que fue jefe de prensa de Giberti), pero lo más importante es que, con sus más y sus menos, siguieron juntos durante los años de plomo.

 

Tenían tiempo, claro. Y una formidable vocación por hacer realidad la Argentina verde, justa y competitiva de la que hablaba Palau. Se pasaron larguísimas tardes discutiendo acerca de la relación del campo con el peronismo, y se propusieron saldar ese fenomenal malentendido tendiendo puentes, por un lado, pero también formándose para conducir la política del Estado hacia el sector, cuando el peronismo volviera al poder.

 

Aunque nunca lo dijo, Solá fue el preferido de Palau. Felipe se torturaba pensando que su delfín sería Piñeyro, porque una vez lo había recomendado para un cargo que después lo catapultó para conducir el Instituto Interamericano de Cooperación Agrícola (IICA) desde San José, Costa Rica. Pero sabía perfectamente que la llama política flameaba en la ambición del joven Solá como en ningún otro de los cuadros que lo frecuentaban. Y así se lo hizo saber a Antonio Cafiero, quien confió en el olfato de Palau, y llevó al joven agrónomo de 34 años como Ministro de Agricultura del gobierno de la provincia de Buenos Aires que la renovación peronista ganó en 1987.

 

Dos años después, Felipe se lanzó a la conquista de la Secretaría de Agricultura de Carlos Menem, y lo logró, a pesar de que los “pitucos” de la Sociedad Rural mandaron a decir que no se podía elegir a un “montonero”. “Id y evangelizad en esas comarcas bárbaras”, fue la despedida que Cafiero le hizo a Solá al partir. Y los cuadros técnicos mejor formados y de mayor compromiso político que tuvo el peronismo para desarrollar políticas agropecuarias, fueron al gobierno menemista a desplegar sus capacidades.

 

Los noventa

 

Es difícil entender desde hoy la década del 90. Más sencillo es estigmatizarla. Si se comparan los funcionarios actuales con los de esa época, definitivamente el menemismo arrasa en cuanto capacidad técnica, audacia política y vocación de consensos. Lástima que el marco fue la eliminación de cualquier recurso de política monetaria (por el dogma de la convertibilidad), la venta de todos los activos empresarios del Estados como esquema excluyente para resolver los déficit presupuestarios y, ya al final, los negocios como única política.

 

Pero aún en condiciones macroeconómicas adversas, la gestión de Solá y su equipo es memorable. No sólo terminó con la aftosa y aprobó la soja RR, sino que desplegó programas sociales para mitigar las dramáticas consecuencias de la convertibilidad en el campo, como el Programa Social Agropecuario o el Programa de Reconversión Productiva del Pequeño y Mediano Empresario Rural, o Cambio Rural.

 

Desde el Programa de Promoción de Alimentos en el Exterior (PROMEX), hasta el Instituto Nacional de Semillas (INASE), pasando por los prolegómenos de un Instituto de Promoción de la Carne también en el exterior, la ley de Denominación de Origen que dio nacimiento al trabajo del Cordero Patagónico, qué no hizo Solá para poner un Estado activo para desarrollar las capacidad productivas del campo argentino.

 

La demolición

 

Todo o casi todo lo fueron destrozando sus sucesores. Un Jefe de Gabinete como fue Christian Colombo un día dijo en conferencia de prensa que como se imponía una reforma del Estado y había 80 organismos que tenían responsabilidades superpuestas, había que eliminarlos a todos. Sólo tuvo tiempo con uno, el INASE, el único que funcionaba sin recursos del Estado porque se autofinanciaba con las regalías de las semillas. Un Ministro de Economía como José Luis Machinea dejó de enviar el presupuesto para la lucha contra la aftosa, un secretario de Agricultura como Antonio Berongharay no supo defenderlo y la aftosa volvió a la Argentina.

 

Y así fue todo. Lo de Duhalde fue un gobierno de emergencia. No hubo prácticamente Secretaría de Agricultura. La devaluación hizo el trabajo importante. Después vino Kirchner. Y tampoco hubo Secretaría de Agricultura. Peor. Como dice Eduardo Buzzi, cada vez que se metieron fue para complicarla.

 

Y hoy estamos aquí. En 1993, cuando la Federación Agraria conducida por Humberto Volando hacía fenomenales tractorazos en la Plaza de Mayo contra la política menemista hacia el campo, que disolvió la Junta Nacional de Granos y la Junta Nacional de Carnes, nadie podía imaginar que se iba a rememorar con nostalgia esa gestión en Agricultura.

 

Solá padeció tanto la marginalidad en el poder durante los años a cargo de los bellísimos edificios de Paseo Colón, que cuando llegó a gobernador de Buenos Aires, se olvidó del sector. No volvió a atender a sus referentes y se desentendió de su cultura, que tanto calaba en los dichos de campo que repetía y en la música que escuchaba. Y sólo se quedó con lo “pituco” del asunto. Partidos de polo, por ejemplo, en lugar de partidos de pato, que es el deporte de los chacareros junto con las carreras de auto.

 

Peronismo y campo

 

Pero esta nota no era para hablar de Solá, sino del peronismo y el campo. Ni Menem cuando fue presidente, ni Duhalde que sí comprendía en cambio la necesidad de un “modelo productivo”, ni Kirchner desde que fue Presidente pusieron energía en comprender el proceso que Huergo llamó “la segunda revolución de las pampas”, el modelo ultracompetitivo de producción de alimentos de la Argentina.

 

Nadie interesado en el ejercicio del poder se pudo detener a mirar el sistema de redes en clúster productivos que es imitado en el mundo, porque allí no había votos. Es verdad que en los últimos años empezó a haber negocios e interés de invertir. Pero ni así. El campo argentino llegó a la admiración mundial, sin que nadie en la Argentina le prestara atención. Y hasta llegó a pagar 35 por ciento de retenciones sin que nadie escuchara una queja.

 

Pero no era porque no las tuviera. Los chacareros estaban produciendo y no tenían tiempo de hacerse oir. Ahora está visto. Y se ven cantidad de cosas. Como que de verdad es eso de que el motor de la economía argentina arranca en el campo. Y ahora que las nuevas mayorías también nacerán tranqueras adentro, el peronismo se avivó. Y un peronismo nuevo buscará liderarlas.






Comentarios

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  • martes, 08-07-08 18:51h

    Estoy con Cristina y soy peronista. quiero compartir con estas lineas.

    Perón habla al campo

    25 de octubre de 1973

    Señores:

    En primer término, tengo el placer de saludarlos y agradecerles la amabilidad que han tenido de llegar a esta casa. Es indudable que, después de haberlos escuchado en una rápida exposición de motivos y de consecuencias, debo manifestarles la inmensa satisfacción que experimento al comprobar que los distintos sectores del agro argentino están en una coincidencia absoluta, porque solamente la coincidencia puede llevarnos a un fin constructivo.

    Hace veintiséis años me hice cargo del Gobierno de la República. Era mi primer Gobierno. En ese momento, la producción agropecuaria era buena y el único recurso de la República. La industria estaba, en cambio, bastante atrasada; los alfileres que consumían nuestras modistas eran importados de Francia. Fue necesario, por una razón de equilibrio en la producción y en la demografía del país, dedicarnos a industrializarlo. Entonces nos lanzamos a la industrialización con toda nuestra decisión y nuestro esfuerzo. Las consecuencias fueron que en 1955 el país estaba fabricando sus barcos, sus camiones, sus automóviles, etc.; es decir que grandes posibilidades de desarrollo industrial se habían producido en toda la República. Esto era una cosa indispensable, porque el agro estaba entonces en la tarea de producir para importar manufacturas, perdiendo nuestra mano de obra y comprando caro lo fabricado afuera y, algunas veces, con nuestra propia materia prima.

    En un país como la República Argentina, que tenía entonces más o menos cinco millones de habitantes en el campo y el resto en las ciudades y pueblos, era imperativa la industrialización. Porque, en el fondo, nuestro problema no es que nos gusta ser industriales; son las necesidades las que lo imponen. Si nosotros no industrializábamos el país, millones de habitantes que vivían en los pueblos y ciudades estaban pesando sobre las espaldas de los productores agropecuarios. Ellos eran los que pagaban todo.

    Recuerdo que en ese entonces me contaba un galense, de esos que tenemos en el Chubut, que en su pueblo había un reloj con cuatro caras, que giraba y que a cada cuarto del día aparecía una figura. Primero aparecía el pastor, y decía: 'Yo cuido vuestras almas'. Giraba otras seis horas y aparecía el abogado, que decía: 'Yo cuido vuestros derechos'. Giraba otras seis horas más y aparecía el gobernante, diciendo: 'Yo gobierno para una vida ordenada'. Y daba otra vuelta y aparecía el agricultor, que decía: 'Yo soy el que pago a los otros tres'.

    Esto era lo que ocurría en esa época en la República Argentina. Si no se hubiera producido el desarrollo industrial, se podía seguir pensando que el agro argentino estaba sosteniendo al resto del país.

    De manera que la industrialización se imponía por una razón demográfica más que de ninguna otra naturaleza. No podíamos seguir en ese desequilibrio en la producción con respecto a la demografía nacional. Eso impuso necesariamente la industrialización.

    Desde entonces hasta ahora, la industria argentina se ha desarrollado suficientemente, y los pueblos y ciudades pueden sostenerse con su propio trabajo, sin estar pesando sobre las espaldas de los productores agropecuarios. Es decir, el país, en medio de toda su desorganización, tiene en estos momentos un equilibrio entre el campo y la ciudad, que es indispensable para los países en desarrollo.

    Frente a esto, nosotros pensamos que el mundo actual está desalentando el desarrollo tecnológico. Lo está desalentando porque con eso se están destruyendo las fuentes naturales de subsistencia de la Tierra, especialmente materia prima y comida. Está convirtiendo la Tierra en basurales, basurales de plásticos por ahora, pero basurales al fin ...

    A los ríos los está transformando en cloacas. Ya en la mayor parte del mundo no quedan aguas potables en sus cursos. Eso nos está ocurriendo aquí, en un país que tiene tres millones de kilómetros cuadrados y no alcanza a tener veinticinco millones de habitantes. ¡Cómo será en Europa, y especialmente en los países de intensa superpoblación!

    Los bosques los estamos talando, es decir, suprimiendo las grandes fábricas de oxígeno que la Tierra tiene; y como si eso fuera poco, estamos cubriendo el mar con una capa de aceite que no permite la liberación de oxígeno.

    El hombre está abocado a un problema pavoroso y a corto plazo. En la materia prima, se cuenta por decenios el agotamiento. Estados Unidos se quedará sin petróleo en pocos años y en un tiempo más se quedará sin hierro. Eso en un país de amplio desarrollo. Imaginen Europa, que ya no tiene prácticamente nada de esto.

    Es un mundo que se va quedando sin tierra, sin agua potable, sin oxígeno, es decir, sin aire.

    En el momento actual, el mundo, ya superpoblado, tiene 3500 millones de habitantes. iQué será en el año 2000, con siete u cocho mil millones de habitantes!

    En este mundo de 3500 millones de habitantes, la mitad está hambrienta. En granos, Europa no cubre sino el 69 por ciento de sus necesidades. El mundo entero se está quedando sin proteínas; y sin proteínas el hombre no puede vivir, como no puede vivir sin oxígeno, sin agua o sin tierra.

    Este es un problema que hay que pensarlo. Solamente las grandes zonas de reserva del mundo tienen todavía en sus manos las posibilidades de sacarle a la tierra la alimentación necesaria para este mundo superpoblado y la materia prima para este mundo superindustrializado.

    Nosotros constituimos una de esas grandes reservas; ellos son los ricos del pasado. Si sabemos proceder, seremos nosotros los ricos del futuro, porque tenemos lo esencial en nuestras reservas, mientras que ellos han consumido las suyas hasta agotarlas totalmente.

    Frente a este cuadro, y desarrollados en lo necesario tecnológicamente, debemos dedicarnos a la gran producción de granos y de proteínas, que es de lo que más está hambriento el mundo actual.

    Sería demasiado redundante quizá seguir insistiendo en esto, pero lo que ocurre para nosotros, como posibles grandes productores, es que existe un inmenso mundo de consumidores y los productores vamos siendo cada día menos. Aprovechemos este momento para afirmar una grandeza que es notable, porque se la hace con el trabajo honesto de todos los días.

    En nuestra República, desde que comenzamos a pensar en la necesidad de dejarnos de pelear por pequeñeces y empezamos a pensar que todos tenemos un destino común, como el país también lo tiene, debemos despreciar esas insignificancias para dedicamos a lo fundamental, que es engrandecer el país, enriquecerlo y hacer un pueblo digno y feliz.

    En este empeño, que ha sido siempre nuestra orientación política, el 18 de noviembre de 1972 pensamos que podíamos llegar al Gobierno y establecer un pacto con todas las fuerzas políticas, superando esas diferencias que el país había heredado.

    Hablo muchas veces de una comunidad organizada. Hablemos de una comunidad organizada no solo en lo político, sino sobre las grandes fuerzas de la producción y del progreso, que es el único desarrollo al que debemos aspirar.

    Por eso hicimos el pacto político que anuló, diremos así, las controversias políticas; que poco después, el 7 de diciembre, hizo posible una inteligencia a base de coincidencias mínimas, la que dio lugar, desde el 25 de mayo en adelante, a aspirar a esa comunidad organizada que comienza con el primer pacto entre los empresarios, los trabajadores y el Estado, que a su vez hizo posible un equilibrio más estable en la permanente lucha que se libra por los beneficios, ya que nadie trabaja con fines de beneficencia, sino de legítimo provecho.

    Después de eso, hemos seguido trabajando para crear una comunidad organizada sobre la fuerza constructiva, no en la destructiva, como pudo haber sido en otro tiempo.

    El acuerdo de ustedes o del agro con el Estado y con el resto de las fuerzas económicas completa este cuadro y completa esta comunidad organizada por la cual nosotros hemos venido luchando y con la que hemos soñado muchos años. Esta es la verdadera organización porque es la constructiva, porque es la productiva, la permanente, ya que los hombres no tienen ni amigos ni enemigos permanentes, sino intereses permanentes. Pongámonos de acuerdo y unamos esos intereses, y la amistad podrá ser más permanente de lo que nosotros mismos soñamos.

    Nuestra política, desde hace ya treinta años, se ha fundado, precisamente, en un equilibrio entre las fuerzas de la producción y, dentro de ellas, en un equilibrio entre los empresarios y los trabajadores. Este equilibrio, hasta 1955, fue del 47% de beneficio para el trabajador y, el resto del beneficio, para el capital o la empresa. En este momento, esos índices han variado: hemos caído en los beneficios de los trabajadores al 33% y el resto es provecho empresarial. Tenemos que restablecer el equilibrio. Ese equilibrio se puede restablecer con facilidad si aumentamos la producción y también las ventas. Aun el mismo empresario del comercio minorista, que funda su deseo en aumentar el precio unitario de su propia mercadería, comete un grave error, porque jamás, por el aumento de los precios unitarios -hecho que provoca una inflación que es terrible para todos y más con un pueblo sin poder adquisitivo-, podrá tener un gran porvenir.

    El secreto está en mantener ese perfecto equilibrio del ciclo económico de la producción, es decir: la producción, la transformación, la distribución y el consumo cada uno de estos cuatro factores es un factor de riqueza.

    Algunos creen que se pueden enriquecer haciendo economías y suprimiendo el consumo. No, ese no es el camino. El camino es contar con una masa popular con alto poder adquisitivo, que aumente el consumo. Entonces, la ganancia no va a estar sobre el precio unitario, pero se va a decuplicar por el aumento, diríamos así, de la masa de las ventas. No hay que especular con lo pequeño, sino buscar lo grande. Es el volumen de ventas el que va a dar la gran ganancia, y no el precio unitario de las mercaderías, busquemos el resultado en lo grande. No nos dediquemos a lo pequeño.

    En la producción ocurre exactamente lo mismo como se acaba de decir aquí: debemos alcanzar los márgenes de producción que la Argentina puede ofrecer. El agro argentino está explotado en un bajo porcentaje; esos índices pueden aumentar setenta veces.

    Pongámonos en la empresa de realizarlo. Para eso necesitamos que se cumplan dos circunstancias. Primera, desarrollar una tecnología suficiente para sacarle a la tierra todo el producto que ella pueda dar, sin tener tierras desocupadas o cotos de caza, como todavía existen en la República Argentina. Ese es un lujo que no puede darse ya ningún país en el mundo. Segunda, utilicemos esa tierra para la producción ganadera (poner en contexto). La República Argentina tiene 58 ó 60 millones de vacas, cuando podría tener doscientos millones; y ovejas, en la misma proporción. Pongámonos a cumplir esos programas.

    Todos esos acuerdos, si el Gobierno y las fuerzas de la producción trabajan unidos y organizados, podrán alcanzar irremisiblemente esos objetivos. Los planes que ha esbozado el Ministerio de Economía tienen esa aspiración. Cada uno de ustedes tiene una misión que cumplir. Cada argentino, en la ciudad o en el campo, tendrá una misión que realizar; el trabajo nuestro está en crear esos objetivos e impartir esa misión, para que un pueblo organizado y decidido las realice. Entonces, no tendremos nada de qué arrepentimos en el futuro.

    Tales deben ser nuestros objetivos y nuestras esperanzas. Esperanzas que ustedes tienen que realizar en el sector agropecuario y que otros realizarán en otros sectores, tratando de que lo negativo sea lo mínimo.

    El sector bancario también tiene en el agro una función que nosotros le habíamos asignado con preferencia ya en el segundo gobierno justicialista.

    El agro debe estar dotado de suficiente crédito para poder trabajar. En esto, no todo es la buena voluntad y la decisión. También son los medios. Un sistema bancario bien trazado y bien orientado debe ser el apoyo más consistente para el agro. Vale decir que la tierra ha de trabajarse, como la industria ha de realizar o transformar.

    Las instituciones bancarias han sido creadas para eso, y para eso deben ser utilizadas. En tal sentido, también el Ministerio de Economía está decidido a dar un apoyo financiero suficiente, a fin de que el agro pueda desenvolver sus funciones en las mejores condiciones.

    Creo que, si cumplen los planes que hemos trazado y si se mantienen las organizaciones y compromisos que se han establecido entre las fuerzas del trabajo y el Gobierno, se puede alcanzar una etapa altamente constructiva, echando así las bases de una grandeza con la que todos soñamos por la que todos debemos hacer un esfuerzo en la medida que a cada le corresponda.

    Finalmente, señores, les agradezco muchísimo; me siento inmensamente feliz de poder contemplar estos acuerdos, que son la base de realización y sin los cuales no podría llegarse a un trabajo organizado una comunidad que quiere triunfar.-

    Fuente:

    PERÓN, Juan D.: Obras completas, tomo 24 (1) , Buenos Aires, Docencia, pp. 101-103.

    VC

  • martes, 01-07-08 19:15h

    ...EL PUEBLO PARISINO que quedó desilusionado ante la primera ejecución con guillotina por lo breve del espectáculo, consideró más adelante que era muy lenta, dado el elevado número de ejecuciones que se realizaban a diario. Hay informes de la policía de París de febrero de 1794 en que se indica que el pueblo "desearía ver acelerar el sistema" y que por lo menos se corten 50 cabezas diarias. Se piensa para ello mejorar el sistema colocando varias guillotinas en batería funcionando simultáneamente. Así lo piden oficialmente varios distritos parisinos en 1794. O bien construir una guillotina con cinco ventanas o cepos. La idea no cayó en saco roto y en Burdeos se construyó una guillotina de cuatro agujeros para ir decapitando de cuatro en cuatro a los condenados. Y aún se pidió otra que decapitase de nueve en nueve...

    edealta

  • martes, 01-07-08 17:03h

    Una nota de opinión publicada en noviembre pasado en el diario ABC de Madrid, referente editorial de la derecha española, da cuenta de lo que piensan en ese país sobre la relación del presidente Kirchner con la titular de Madres de Plaza de Mayo.

    El autor de la nota, A. Ussía, no hace una crítica de quienes reivindican la defensa de los derechos humanos sino puntualmente da una visión sobre Hebe de Bonafini.
    A seguir, reproducimos la nota:

    QUIZÁ el ser más miserable y repugnante de cuantos van y vienen por el mundo a costa de los muertos, sea Hebe de Bonafini, la gorda que domina un sector de las «Madres de la Plaza de Mayo».

    Este movimiento surgió de una idea noble y respetable. Muchas de las madres que perdieron a sus hijos se unieron para denunciar aquellas muertes.

    Al cabo de los años, las «Madres de la Plaza de Mayo» iniciaron su disgregación. Algunas, cansadas de luchar por un imposible -la recuperación de sus hijos-, y otras muchas, hartas del protagonismo y el sesgo que daba a su noble asociación Hebe de Bonafini.

    Esta incendiaria cotorra se mueve por el rencor. Para mí, que un rencor social previo a la propia Dictadura Argentina.

    Es una mala persona, y con su pañuelo anudado a la cabeza ha viajado por todo el mundo sembrando odios y venganzas. Lo ha hecho amparada por la Izquierda más tonta y extrema, que ya recela de su figura. Y a todo plan, en hoteles de lujo y volando en primera clase, como buena revolucionaria de bote.
    En España fue agasajada y mimada en varias ocasiones, y no se le concedió un premio importante porque los bobos políticamente correctos estaban entusiasmados con Rigoberta Menchú, la santita guatemalteca.

    De un tiempo a esta parte, Hebe de Bonafini se ha convertido en la gran defensora de Batasuna y la ETA. Buena noticia para la ciudadanía.

    Ahora ha vuelto a la palestra enviando un mensaje de solidaridad a los presos de la banda terrorista, en el que les recuerda «que las Madres de la Plaza de Mayo peleamos y nos solidarizamos con los presos políticos vascos y que nunca estaremos con los asesinos, los torturadores y los fascistas».

    Además de perversa y loca, esta gorda es gilipollas de nacimiento.

    Resulta cansador explicar a esta resentida que en un Estado de Derecho los presos políticos no existen. Están en la cárcel por asesinar, secuestrar y torturar. Y que el uso del término «fascista» para definir a quienes defienden la libertad y la vida de todos y respetan las leyes, es ya una costumbre idiota.

    Se le podría responder que los fascistas son aquellos que ella ampara con su delirio, pero caeríamos en el juego del error semántico y conceptual que tantos resultados ha dado a los asesinos con la colaboración de la necedad. No son fascistas, sino estalinistas, aunque se muevan protegidos por un sistema fascista -la revolución de la burguesía-, que acude a misa todos los días y establece diferencias entre los grupos sanguíneos, los cráneos y demás requisitos de pureza de raza entre unos y otros.

    Pero Hebe de Bonafini no cesa, y su actividad, molesta e hiriente para las personas decentes, puede resultar altamente beneficiosa por su esquizofrenia progresiva. Tener como aliada a Bonafini es lastre de difícil superación.

    Nadie, con una inteligencia y sensibilidad medianamente normales en el mundo, toma en serio a esta chupona de su propia sangre, que ha hecho del cadáver de su hijo, su pasaporte, su agencia de viajes, su negocio y su forma de vivir.
    A estas alturas de nuestra tragedia, del dolor, de las lágrimas, con mil muertos asesinados de disparos en la nuca y explosiones de bombas, con la desesperanza y la amargura de las familias de los inocentes masacrados, con la opinión internacional ya, al fin, convencida de que la ETA es simplemente terrorista y Batasuna es la ETA, con decenas de tumbas de cadáveres de niños destrozados por el gélido odio del terror, no es tolerable que venga la gorda y nos abra, aún más, nuestras heridas.

    Cállese la cerda y no se mueva de su corralito

    madre de playa de marzo

    madre de playa de marzo

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