Ahora el desafío es para la oposición
Elisa Carrió actualizó el viejo debate político entre lo deseable y lo posible, al proponer la derogación de las retenciones móviles. Esa posición complica los intentos por acordar un proyecto “por consenso” que incluya a sectores del oficialismo. Tolerancia represiva y política testimonial.
Buenos Aires, lapolíticaonline, 23/06/08, 13:21
Es muy probable que Elisa Carrió haya percibido en toda su profundidad lo que está a punto de acontecer: El sistema se prepara para engullir la protesta agraria y metabolizarla mediante algunas concesiones, que regresen la estabilidad al modelo, o más precisamente, la ilusión de la estabilidad.
El sociólogo alemán Herbert Marcuse, uno de los ideólogos de ese marxismo libertario que desarrolló la Escuela de Frankfurt, descubrió hace ya muchos años la capacidad que desarrolló este capitalismo tardío que vivimos, para neutralizar las contradicciones que genera el sistema, mediante concesiones que atemperen sus inequidades más flagrantes.
Habló Marcuse de la “tolerancia represiva”, esto es un dispositivo que permite incorporar parte de las demandas de los sectores que eventualmente lideren una protesta, de manera de aplacar sus reclamos y evitar que se produzcan cambios estructurales. El pensador tenía en la mira el “exitoso” ensayo que concretó el capitalismo con el Estado de bienestar, que le permitió superar la crisis de legitimidad que le había provocado la gran depresión.
Un mecanismo clásico de “neutralización” en este sentido, consiste en exigir a aquellos que reclaman un cambio, que se involucren en los carriles institucionales, que presenten sus “propuestas”, que convenzan a los legisladores, en definitiva, que cooperen. Esto es la “solución” desde adentro del sistema.
En otras ocasiones el poder apela a dispositivos más radicales y simplemente excluye. Define un “afuera” de la sociedad y deposita allí a los que reclaman un cambio que se considera irrealizable.
Afuera
Con el traslado de la problemática del campo al Congreso, la oposición se enfrenta así ante el dilema de quedar “afuera” de la discusión real, pontificando desde una torre de marfil. O al menos, esa será la imagen que rápidamente se buscará instalar desde el poder.
Ese es el riego que enfrenta la Coalición Cívica, con la decisión que tomó Elisa Carrió, que reclamó la derogación lisa y llana de las retenciones móviles y acusó de “ambigua” la postura de los diputados macristas y peronistas disidentes. Es verdad, nadie podrá acusarla de traicionar el reclamo agrario.
Pero el riesgo es otro. No será desde esa posición como se arribará a una “solución” del problema. Esto es, en los términos actuales, un proyecto que sintetice parte de los reclamos del agro y conserve algunas de las exigencias del gobierno.
Es posible que el giro intransigente de Carrió sea visto por alugos como un retroceso en el arduo trabajo político que viene desarrollando la líder de la Coalición para presentarse como una alternativa de gobierno, por ejemplo, incorporando figuras como Alfonso Prat-Gay, Enrique Olivera y Patricia Bullrich. O mediante los trabajos de seducción que lleva adelante sobre Ricardo López Murphy.
Es una cuestión cultural compleja que excede este artículo, analizar porque en la Argentina algunos sectores asocian gobernabilidad con posiciones de centro o centro derecha.
Adentro
Sin embargo, en los sectores de la oposición que gustan presentarse como “racionales”, o al menos como exponentes de una idea realista sobre el poder, también enfrentan riesgos.
Estos sectores, como bien advierte Carrió pueden quedar empantanados en una “trampa” del kirchnerismo. Esto es, inmersos en una negociación que lentamente distorsione los reclamos neurálgicos del campo.
Se enfrentarían así al final del camino y luego de haber acompañado durante más de 100 días la protesta agraria, al incómodo expediente de ser cómplices ante la mirada de los sectores rurales, de una nueva defraudación a sus expectativas.
Ni siquiera les quedaría entonces la esperanza, a la que parece apuntar la intransigencia de Carrió, de convertir la frustración del campo en votos propios en las legislativas del año próximo.
Es por eso tan interesante la situación actual. La intransigencia de Carrió, su aparente idealismo, puede ocultar un realismo político incluso más profundo que el de aquellos que se imaginan pragmáticos.
Si se concede que sobre la protesta agraria se ha montando una revitalizada oposición que intuye un kirchnerismo debilitado, lo importante en este sentido es que estrategia garantiza capitalizar el descontento y al mismo tiempo mostrarse como alternativa seria de gobierno, con la vista fija en las elecciones del 2009 y el 2011.
Se cruzan entonces aquí, posicionamientos políticos, reclamos sectoriales y más de fondo, una nueva vuelta de tuerca del sistema para domesticar a quienes lo desafiaron.
Proponer una receta, una “solución”, sería desde la perspectiva antes mencionada, contribuir a consolidar una estructura que se intuye demasiado cargada de injusticias. Es en lo indeterminado, en lo abierto, que surge el espacio para que nazca lo nuevo.
Pero claro, la vida cotidiana con sus cacerolas, góndolas vacías y surtidores sin combustible, presionan para una rápida “normalización” que permita dejar la crisis atrás.
Después de todo, no son precisamente revolucionarios marxistas los que lideraron el reclamo. Sin embargo, una relectura de la historia económica contemporánea podría haber ahorrado no pocos disgustos al kirchnerismo. Se sabe que las principales revueltas que enfrentó el capitalismo, se dispararon cuando quienes detentaban el poder, perdieron de vista el límite a partir del cual la presión se volvió intolerable.













